Divulgación

La Revolución rusa y la historiografía occidental

La importancia de la Revolución rusa en la historia del siglo XX es, con total seguridad, mucho más conocida que su influencia sobre la historiografía. No obstante, es probable que el campo de batalla ideológico sea incluso más fuerte (o, si se quiere, más puro) en este ámbito. En primer lugar, porque es mucho más teórico; después y muy especialmente, porque es, en definitiva, el marco sobre el que se construye la elaboración histórica.

Así pues, en este artículo centraremos la atención en torno a esa cuestión, mucho más de fondo (y, por tanto, más discreta) como es la ideología; en muchas de las acepciones del término además. Una pugna abierta en este elevado plano que derivó, a partir de 1917, entre los regímenes liberal-representativos y sus alternativas (concretadas) por controlar el campo de la historia.

Lo primero que habría que apuntar es que cuanto más invisible resulte la ideología proyectada, más refinada y exitosa indica que es. Una mirada rápida hacia la interpretación que de la Revolución francesa se realizó durante su bicentenario, en 1989, nos dará una serie de pistas al respecto. En medio de la exaltación liberal que decretó el fin de la historia, François Furet o Bernard-Henri Lévy, entre otros, releyeron aquel acontecimiento que trajo de vuelta la democracia a Europa en términos de condena a la radicalidad y violencia revolucionarias. O sea, en clave de lo que podríamos enunciar como «revolución sin revolución», sacándole 1793 al conjunto del proceso abierto en 1789. Y el razonamiento se antojaba entonces inobjetable: 1917 había sido impugnado, sepultado por la historia, probando así que no había sido más que una anomalía en una linealidad histórica claramente reconocible en la fórmula 1789-1989.

Obviamente, tan sólo fue necesario dejar correr un poco el tiempo para comprobar que pecaron de optimistas, queriendo establecer una lectura estática y nada dinámica de los procesos históricos. Para contrariedad suya, la realidad, al menos en lo que a los asuntos de los seres humanos respecta, siempre es terca. Simplemente (y aunque tampoco se repita), la historia no se detiene. Pero veamos a continuación algunos de los rasgos más destacables de esa interpretación liberal conservadora de la historia contemporánea a través del condicionante 1917.

La construcción de tres categorías monolíticas

Que fascismo y comunismo no son equiparables no debiera ser algo digno de subrayar (y, de hecho, es tan sintomática como lastimera la obligación de haber de hacerlo), pero en la difuminación de esta divisoria reside precisamente gran parte de la motivación y la trascendencia de la historiografía occidental del período de entreguerras. Recientemente, fueron señaladas en esta misma revista parte de las consecuencias que en la actualidad está teniendo el triunfo de tales planteamientos, cuyo éxito más claro es la quiebra del consenso antifascista («la tolerancia no se puede extender hacia quien quiere acabar con ella», se apuntaba con acierto). Sin embargo, las secuelas de esta equiparación no se limitan a los entes comparados, como veremos a continuación. No perdamos de vista que observar el final de una línea (por incipiente que éste sea) permite seguir, siquiera mínimamente, la dirección que originariamente llevaba el trazo.

A decir verdad, antes de que tal discurso fuera consagrado, en pleno vórtice de entreguerras, nos encontramos con algunos liberales demócratas (adjetivación necesaria, puesto que, a diferencia de como consideraba George H. Sabine, liberalismo y democracia no son ni han sido nunca sinónimos) que plantearon la necesidad de adaptar a los regímenes liberal-representativos algunas de las experiencias que se estaban llevando a cabo en la nueva Rusia para evitar, precisamente, que sus sociedades cayeran en la tentación fascista. Autores como Silvio Trentin o Harold Laski abogaron por el reparto más igualitario de la opulencia que habían creado las sociedades capitalistas. A la misma conclusión llegó, en realidad, un economista mucho más afamado que los autores antedichos. John Maynard Keynes, en su importante Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, propugnó también orientar la economía en un sentido mucho más redistributivo, rompiendo de una vez por todas con los obsoletos parámetros liberales que la Gran Guerra había acabado de echar por tierra. En el prefacio de esta obra, el mismo Keynes reconocía incluso no estar «diciendo nada nuevo». Sin embargo, fue Laski quien llevó un paso más allá esta aproximación entre las esferas económicas para acercar las intelectuales, señalando no sólo las diferencias entre fascismo y comunismo sino los puntos de contacto entre el último con el liberalismo. En última instancia, todo entreguerras podría reducirse a la concreción del campo antifascista por un lado y fascista por el otro, o lo que es lo mismo, al democrático y al contrario a la democracia. Pero sigamos.

De la lastimera equiparación habitual entre fascismo y comunismo surge en medio de la elaboración histórica, inevitablemente, una contraposición: los sistemas parlamentaristas. Es aquí donde la comparación trasgrede con mucho sus propias fronteras. Y conviene entender que para que este tipo de analogías se filtren en el imaginario colectivo es aconsejable que sean lo más gruesas posible. De aquí se sigue que hemos vuelto todos ellos categorías monolíticas, esto es, un fascismo, un comunismo y una democracia. Que no se acostumbre a realizar distinción alguna entre los sistemas representativos de antes y después de 1945, cuando, en rigor, poseen diferencias tan sobresalientes como para marcar una falla colosal, es quizás la prueba más evidente de todo esto. Las implicaciones que ha tenido en el devenir de nuestras sociedades políticas, a la vista está hoy, han sido graves. Tanto que el discurso político puede permitirse disociar democracia de derechos sociales y vincularla, sin más, a su pura forma jurídica, basada en rasgos característicos como la pluralidad de partidos y medios de comunicación, la separación de poderes más o menos acentuada, o las libertades civiles más o menos restringidas.

Apuntado todo esto, pasemos a observar dos de los marcos interpretativos que más éxito han tenido, de los que se deslinda la inequívoca (y sobre todo unívoca) vía democrática, opuesta a los dos presupuestos que acabamos de ver.

De la guerra civil europea a las tres erres

De entrada, el término de guerra civil europea ha sido empleado por autores muy diversos, también de izquierdas. Sin embargo, aquí interesa subrayar la interpretación desarrollada por dos tan destacados (y diferentes) como Ernst Nolte o Enzo Traverso, cuyas interpretaciones, a pesar de ser sensiblemente dispares entre sí, poseen sobresalientes puntos de coincidencia. Y ambas resultan grandemente ilustrativas de lo que se está aquí intentando exponer.

El punto nodal siempre es, de un modo u otro, la Revolución rusa, aunque en Nolte quizá más que en ningún otro autor. Como deja entender ya desde el mismo título de su La guerra civil europea, 1917-1945, el marco comenzaría no con el conflicto iniciado en 1914, sino con los acontecimientos rusos. Sin embargo, como destaca Luciano Canfora, Nolte emplea un subterfugio: invierte el orden y trata, en primer lugar, la toma del poder de los bolcheviques para, a continuación, hacerlo de la crisis de 1914 y del surgimiento del espartaquismo en Alemania. Por supuesto, este autor indica algunas distancias que separan al comunismo del nazismo, pero eso no le hace alejarse de su intención primera, señalando que poseen más puntos de contacto que de separación. En realidad, es un lugar no poco común. En su Dictadura totalitaria y autocracia, Zbigniew Brzezinski y Carl J. Friedrich ya habían perfilado una teoría del régimen totalitario que, de hecho, se ajustaba mejor al régimen soviético que al nazismo. Por su parte, Juan J. Linz, en su muy referencial La quiebra de las democracias, llega a apuntar cosas en un sentido similar. Por ejemplo, que «el sistema nazi e incluso la dominación fascista [sic] en Italia» pueden considerarse «como un totalitarismo que no llegó a realizarse plenamente», para, a continuación, poner a Cuba como ejemplo de régimen totalitario (p.19).

El punto de vista de Traverso es notablemente distinto. La primera cosa a destacar es quizás lo actual que resulta su enfoque, escéptico y distante ante los binomios entre contrarios. Sensu stricto, es posmoderno (tal vez, en quiebra tras la crisis de 2008). El autor italiano encuentra, de este modo, un amplio confort en una tercera vía que, alejada de las que le antecedieron, es fácilmente aceptada por el esquema dominante. De entrada, para él, tanto fascismo como comunismo son proyectos «totalitarios» y, como tales, los dispone sobre un mismo plano; en consonancia con esto, condena la violencia tanto fascista como antifascista, realizando un alegato en favor de aquellos que, como Cesare Pavese, bien porque no tuvieron el valor de tomar las armas por ninguno de los dos bandos (fue lo que le ocurrió a Pavese, que era antifascista) bien porque optaron (si es que tal cosa era posible entonces) por la indiferencia, se mantuvieron al margen de la guerra mundial. En opinión del ensayista italiano, aquellos que permanecieron en la «zona gris» (es la expresión que emplea) ejemplificaron «los valores incomparablemente más nobles del humanismo» (A sangre y fuego. De la guerra civil europea, p.11).

Mucho menos conocida que la propuesta de la guerra civil europea es la teoría de las tres erres. Sin embargo, quizás sintetice mejor que ninguna otra la interpretación dominante, que como no se tardará en comprobar, impregna los ejemplos anteriores. Y se sabe que es dominante, entre otras cosas, porque constituye (en los términos más estrictamente gramscianos) un sentido común. Muy posiblemente, muchos de cuantos lean esto comprobarán que tienen interiorizada esta interpretación a pesar de no haber oído nunca hablar de ella o, más aún, tener un escaso o hasta nulo interés por la historia.

Dicha teoría parte de una división tripartita de extremos y centro que, enfocado desde los parámetros tan (al menos en apariencia) sólidamente establecidos en nuestras sociedades políticas, casi pareciera natural. Esto debiera poner a cualquiera en alerta. Revolución, Reforma, Reacción, este es además el orden correcto porque, para mayor escarnio, la tercera es condición sine qua non de la primera. Así, si no existiera la situación revolucionaria, no se desencadenaría la reaccionaria. Desde este punto de vista, el fascismo sería la consecuencia de la posibilidad comunista, tal y como creyeron los teóricos de la Komintern durante los años veinte (algo, por cierto, considerado como un error de análisis por los historiadores de la denominada Revolución conservadora). En torno a esto coinciden algunos autores de la guerra civil europea, como es el caso de Nolte. Ahora bien, ¿qué ejemplifica la «Reforma»? En esencia, la fórmula de esa linealidad histórica conservadora que vimos al comienzo que fue expuesta con el bicentenario de la Gran Revolución. Una vinculación más que intrínseca, necesaria, entre régimen liberal-representativo y la voz democracia. Toda la argumentación de Karl Dietrich Bracher en su muy conocida La era de las ideologías puede sintetizarse en esta idea, columna vertebral de las distintas contribuciones que Linz ha realizado en torno a la problemática. Yéndonos a nuestro país, pueden encontrarse autores tan destacados y relevantes como Santos Juliá, Enrique Moradiellos o Julián Casanova encuadrando sus estudios históricos dentro de este marco interpretativo.

Reconsideraciones

Como espero que haya podido apreciarse, las lecturas al menos dominantes en la historiografía occidental han girado en torno a la idea de la revolución como eje del proceso de entreguerras. Un proceso que, no lo perdamos de vista, estableció las bases fundacionales de nuestras sociedades actuales. La importancia central que posteriormente tuvo, en todo el «corto siglo XX», la Guerra Fría y la disputa con la Unión Soviética, explican por sí solas la relevancia que para la interpretación histórica occidental ha tenido la Revolución rusa.

Ésta fue el eje sobre el que se articuló la lucha ideológica entre los bloques oriental y occidental, finalmente decantada en favor del segundo. En su más honda esencia, era la disputa por el control de la historia, pieza maestra en cualquier batalla por la hegemonía. A ella se debe haber intentado sacarle a 1789 su componente revolucionario, precisamente, porque es el elemento de la discordia en 1917. La primera terminó sancionando el fin de los privilegios de cuna y la igualdad de derechos; la segunda, la igualdad social y la condena de los privilegios de clase. No obstante, la historia no se detiene ni puede finalizarse por antojo. Así, la deriva que han adquirido nuestras sociedades en los últimos tiempos, necesariamente, hará que miremos períodos tan dramáticos y decisivos como lo fue el de entreguerras con otros ojos. Si somos capaces de reconocer en ambas fechas su elemento revolucionario, forzosamente estableceremos un nexo necesario entre ambas. Puede, por tanto, sonar paradójico que el núcleo de la problemática de entreguerras no fuera en realidad la revolución sino la democracia.

Es alrededor de ella que orbita toda la problemática del período. Los sistemas liberales eran, a la altura de 1914, estructuras sostenedoras de sociedades profundamente oligárquicas. Por eso entraron en irreversible crisis a finales de la centuria anterior ante la llegada de la sociedad de masas. Sencillamente, aquellos regímenes liberal-parlamentarios no soportaron la incorporación (en palabras de Hobsbawm) «del hombre -y, obviamente, de la mujer- común en los asuntos del Estado», esto es, la democratización de sus sociedades. La vinculación intrínseca, dentro de los marcos analíticos que hemos visto, de aquellos sistemas con los que surgieron en las postrimerías de 1945 como si fueran la evolución natural de los anteriormente existentes, deforma un proceso verdaderamente muy complejo. Y supone omitir algo tan sobresaliente como que fue precisamente su democratización lo que los acabó quebrando.

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