Il bomber de Cerdeña: Gigi Riva y el Cagliari

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Pocas veces la historia de un club está tan ligada a la de un futbolista. A sus altos y sus bajos, a su esplendor y desgracia. El relato del Cagliari campeón es el de Gigi Riva y viceversa. Riva fue el pulso del Cagliari durante una década. Cuando sufrió la última y definitiva lesión de su carrera, el Cagliari fue quien notó el dolor.

Riva llegó a Cerdeña desde la Lombardía, fichado del Legnano donde militaba en la Serie C de 1962, casi una década desde su último descenso desde la B. Un equipo modesto de un fútbol lejano. Era un zurdo demoledor, técnico y potente, que atacaba el área desde el ala que determinaba el número 11 de su camiseta.

Apenas un año en Legnano le sirvió para llamar la atención de un club de una categoría superior. Torino, Milan, Varese… recuerda Riva en una vieja entrevista. Pero no Cagliari. Nada tan lejano, tan extraño. No ha cumplido veinte años, pero ese mismo curso del 1962-63 es el jugador bandera a través del cual el Cagliari es campeón de la B y logra el primer ascenso a la serie A de su historia.

La primera vez de otras primeras veces gloriosas. Seco y adusto, fibroso y valiente, Riva tenía un carácter lacónico que parecía corresponderse al que será su país de adopción y el equipo de su vida. En un campo de hierba quemada por el sol encontró su lugar en el mundo. La pregunta, temporada tras temporada, será siempre la misma: ¿Cuándo volverá Riva? La respuesta, la misma también: nunca.

Gianni Brera, el legendario pope del periodismo deportivo italiano, lo bautiza como Rombo di Tuono, el rugido del trueno. Arturo Silvestri, un exjugador de largo recorrido en los cuarenta y cincuenta, entre Pisa y Milán, traslada a Riva desde el extremo izquierdo hasta la punta del ataque. Todavía no conoce los rudimentos del centro delantero, pero su instinto natural es asombroso.

Un séptimo y un undécimo puesto, el año de su primera lesión grave: una pierna rota en un choque brutal contra Américo Lopes, el portero de la selección portuguesa durante la aciaga clasificación para el Mundial de 1966 en Inglaterra. Son lugares de tranquilidad, donde un equipo nuevo se hace a la categoría sin sufrimientos. En las siguientes dos temporadas Riva convierte casi cuarenta goles, proclamándose Capocannonieri en la 1966-67 y aupando al equipo a dos sextos puestos consecutivos.

El Inter de Milán, el equipo del cual Riva era tifoso, había dominado el Calcio durante la primera mitad de los sesenta. Era el conjunto de Helenio Herrera, el brujo de los banquillos que ganó allí tres ligas y dos Copas de Europa consecutivas. Era el Inter de Luis Suárez y Giacinto Facchetti, un carrilero de casi metro noventa que levitaba sobre el césped, elegante y señorial. El Inter de Guarnieri y Corso, del brasileño Jair y de Sandro Mazzola. Un equipo para la historia, y contra la historia pocas veces se puede competir.

Solo el Bolonia, un clásico del fútbol de los veinte y treinta, había logrado oponérsele en 1963-64, el último Scudetto de su historia, bajo el liderazgo del centrocampista Giacomo Bulgarelli. Pero en la segunda mitad el trono quedó libre y la liga se movió de forma inusitada. Fue la Juve la primera en romper el dominio Interista por solo un punto en la 66-67.

Allí despuntaba un jovencísimo Franco Causio escudado por ChinesinhoDel Sol, pero todavía faltarán años para la eclosión juventinista como gran escuadra dominante. Eso será en los setenta y ochenta. Luego el Milan, de nuevo entrenado por el legendario Nereo Rocco, que lideraba Il bambino d’oro, Gianni Rivera. El fantasista original fue el único que discutió con Riva por la categoría de mejor jugador italiano de su tiempo y cuya rivalidad se extendió a esa selección italiana siempre convulsa y escindida entre sus talentos.

En Cagliari ya no está Silvestri, fichado en el 66 por el Milan, sustituido en el banquillo por el querido Manlio Scopigno, un jugador y entrenador de y del Rieti, que se había hecho un nombre en Serie A con el Vicenza y que un año antes, en el 65, había dejado segundo al Bolonia. Estará en el club hasta el 72, con un extraño hito en la 67-68 donde ficha por el Inter pero no llega a entrenarlo, siendo su albor sustituir a Helenio Herrara si este fallase en sus compromisos entre el club y la selección italiana. Será el uruguayo Ettore Puricelli el interino del banquillo sardo durante un año, tras el cual se irá, curiosamente a Vicenza.

Il Filosofo, como le habían bautizado, era un personaje singular en el fútbol italiano del periodo. Con problemas con el alcohol y un desprecio notable por la autoridad, era muy querido por los jugadores, a quien solía dejar perplejos con su comportamiento, su tendencia a bromear, su relajación ante el mundo. Fue, también, un técnico distinto.

Sin miedo pese a entrenar siempre a modestos, con gusto por reinventar jugadores, como hizo con el brasileño Nene de Carvalho, el único extranjero del equipo llegado a través de la Juve en el 63. Un delantero fallido que se transformó en el motor del equipo en el centro del campo. Y a su alrededor, movimiento, siempre movimiento. Domenghini, un volante con facilidad para golear, y Greatti, ocupaban los interiores mientras Cera sujetaba la estructura. Había llegado desde Verona en el 63, era compacto, inteligente y laborioso. El molde de muchos medios italianos. Hacer lo inesperado: aparecer donde no se supone que se deba aparecer. Sergio Gori  batallaba los centrales para que Riva asaltase todos los huecos. Y necesitaba poco porque remataba todo con su zurda tronante. Era tan temible que obligaba a las defensas a retroceder. Entonces, fusilaba desde fuera del área. Abajo, a la base de los palos. Antes de Gori, había formado una dupla formidable junto a Roberto Boninsegna, una de las mejores de la historia del Calcio, pero el Inter decidió recuperar al que ya había sido su atacante y a cambio llegaron desde los neroazzurri los mencionados Sergio Gori y Angelo Domenghini.

Al año siguiente el Inter volvió a por Riva, pero este había cambiado definitivamente de colores. La actitud de los tifosi sardos le conmovió y decidió, tal vez definitivamente, quedarse en la isla. En aquella isla y aquel equipo que la Italia continental, en especial su parte Norte, despreciaba: un país de bandidos y pastores.

Tomasini, traído del Brescia en el 68 y Niccolai, uno de los jugadores más apreciados por la afición y también favorito de Scopigno, eran los centrales. Martiradonna y Zignoli, desde Bari, los laterales. El gran fichaje es el portero internacional Enrico Albertosi, ya entonces histórico de la Fiore para los cuales había ganado dos Copas de Italia y un Copa Mitropa en el 66 frente a los checos del Jednota Trenčín.

La Fiorentina había surgido en los sesenta como el equipo en rebeldía frente a los grandes y a finales de la década terminaría por establecer una feroz rivalidad con el Cagliari, el más inesperado de los aspirantes. Después de unos años instalados entre los cinco primeros de la Liga, asaltan el título definitivamente en 1968-69, el segundo de su historia tras el de la 55-56, en plena era dorada del club, cuando fueron cuatro veces subcampeones del Scudetto liderados por Giuseppe Chiappella, capitán y rotundo defensor, el centrocampista Alberto Orzan o los delanteros Julinho y Miguel Montuori, un rosarino nacionalizado italiano.

Una década y pico más tarde sus mejores argumentos eran el mediapunta Giancarlo De Sisti, el genial delantero brasileño Amarildo, sustituto de Pelé en el Mundial del 62 o el extremo Luciano Chiarugi. En el banquillo un nombre más ligado a Nápoles, el argentino Bruno Pesaloa, antiguo jugador napolitano en los cincuenta. Con su célebre abrigo a cuestas y su aspecto de extra de una película de mafiosos, Pesaloa era un entrenador de la vieja escuela que hacía de la astucia estilo. Compartía con Scopigno la intuición y la capacidad para interpretar al jugador, para tenerlo cerca y crear un ambiente relajado y familiar.

En el verano del 68, Riva alcanza la gloria con Italia en la final del Europeo que se juega en Roma. Unos días antes una moneda al aire había decido el empate a 0 frente a la Unión Soviética, partido en el cual salió lesionado Gianni Rivera. Albertosi, Cera, Gori, Niccolai y Domenghini presentes y futuros compañeros en el Cagliari acompañan a Riva con la camisola azzurra en esta Eurocopa y en el Mundial del 70, donde Italia nada podrá hacer frente al esplendor brasileño.

En Roma se enfrentarán a Yugoslavia, un equipo temible con jugadores como el central del Hajduk Split Dragan Holcer, el lateral del FK Sarajevo Mirsad Fazlagić, los centrocampistas del Estrella Roja Jovan Aćimović y Miroslav Pavlović y otro jugador de los belgradenses, el imparable extremo Dragan Džajić, el mejor balcánico de su época y uno de los mejores de todos los tiempos.

Un 1-1 consumió partido y prórroga y obligó al replay dos días más tarde, el 10 de junio. Riva, que no había jugado la final original debido a su estado físico, sería titular en esta ahora finalísima junto a Mazzola, también suplente en aquella. Al minuto 12, Gigi Riva se hacía grande también con Italia y desencasquillaba el partido tras interceptar un mal disparo de Domenghini. Controla, fija los ojos en el balón y en un gesto característico funde giro y golpeo. Raso, el balón es un proyectil.

El juventino Pietro Anastasi marcaba el segundo antes de la media parte y aseguraba el título italiano. Treinta años habían pasado desde el Mundial de Francia. Riva iba a ser elegido Balón de plata, por detrás de Rivera y con el subcampeonato liguero y su nuevo capocannonieri firmaba la mejor temporada de su vida. Hasta el momento.

La siguiente temporada sería la definitiva. El rival fue el Inter de otro HH, el paraguayo Heriberto Herrera, entrenador catenaccista que había pasado con éxito por la Juve en la segunda mitad de la década de los sesenta y desembarcaba en Milán para darle una prórroga a un equipo envejecido pero todavía poderoso. El Cagliari se encargó de aplazarla durante un año, conquistando un título novel como no se veía desde la Roma en 1941 o la propia Fiorentina en el 55. Un ganador único, nuevo.

En cierto modo abrió un camino que sería con grandes dificultades transitado unos años después por un Lazio, mítico y singular a su manera, que ejerció de cuña durante el asfixiante dominio de la Juventus en los setenta (al arrebatarles el Scudetto de la 1973-74) y después por los grandes rebeldes de los ochenta, la década más apasionante y movida del Calcio entre la segunda liga de la Roma en la 82-83 y la única de la Sampdoria en la 90-91. Entre medias, el Nápoles de Maradona y el prodigioso Hellas Verona, la hazaña que guarda más paralelismo con la del Cagliari.

Riva fue de nuevo fundamental con sus más de veinte goles y su rechazo a la Juventus, que lo persiguió como solo persiguen aquellos que piensan que el dinero lo puede comprar todo. No había dinero que le sacase de aquella isla que le había hecho hombre y futbolista. En su contrato una cláusula de calidad: toda negociación, todo traspaso, le debía de ser consultado. Así se garantizaba que el equipo no pudiese venderlo ni queriendo.

De esta manera, el Cagliari sale disparado hacia el Scudetto. Riva está encendido. Explica Pietro Pianta, antiguo compañero de Riva que en el 70 paraba para el Vicenza en el programa de la RAI Sfida: «Se lo decía a mis compañeros. Estaros atentos, porque para él, el balón es siempre jugable. No penséis que no va a probar, porque siempre prueba». Ese año, en Vicenza, hizo uno de los goles más impresionantes de su carrera, convirtiendo un balón al bulto en una inverosímil tijera a la escuadra. Siempre. Siempre probar.

Una derrota contra el Inter a falta de tres minutos pone la liga en dudas. Tomasini se lesiona de gravedad y Scopigno se pelea con un linier en Palermo y termina por ser sancionado por seis meses. Los poderes del Norte se notan, es la queja de los sardos. Bandidos y pastores, dicen. La Juve se sitúa a solo dos puntos antes de jugar en Turín un partido donde Niccolai vuelve a marcarse un gol en propia puerta, algo por lo cual era célebre. Riva (siempre), iguala, pero un arbitraje escandaloso de Concetto Lo Bello, el más famoso árbitro de su época, desequilibra el partido al más puro estilo juventino. Dispuesto a arreglarlo pita otro penal de similar factura a favor del Cagliari que Riva marca. «¿Y si lo llego a  fallar?», pregunta.«Se repite», contesta Lo Bello.

Año glorioso. Una liga única, un Balón de bronce superado por Bobby Moore y Gerd Müller y una final de Copa del Mundo, una derrota con anestesia marcada por un partido de leyenda frente a Alemania (el hombro de Beckenbauer, el empate, la prórroga, otro empate, gol de Riva, gol de Müller, ¡Gol de Rivera! 3-4. El partido del siglo) completan un ciclo glorioso, inolvidable. El año siguiente prometía por igual. Riva está en estado de gracia. Pleno. Un partido frente al Inter será su obra maestra. Dos goles que son definición de su estilo llevan a Brera a rebautizarlo como el mito que ya es.

Entonces: otra lesión durísima, de nuevo una pierna rota, de nuevo con la selección. Esta vez frente a Austria tras una entrada asesina de Norbert Hof, que corta en seco la temporada en curso y la aventura europea del Cagliari. Había eliminado al Saint-Étienne en primera ronda y vencido en Cerdeña al Atlético de Madrid en el partido de ida de la segunda. Pero Riva ya no está para la vuelta y una actuación superlativa de Luis Aragonés conduce a un rotundo 3-0. Magullado, cansado, el Cagliari se descuelga hasta la séptima posición. Ya no puede frenar al Inter.

El declive físico de Riva es la tranquila decadencia del Cagliari. Según el jugador envejece, lo hace el equipo. La presidencia le presiona, busca una venta, pero no es posible. Los destinos del club y el futbolista son uno y el mismo. Su ciclo vital depende uno del otro. No es una caída estrepitosa, simplemente el Cagliari se va apagando al ritmo vital de sus mejores jugadores, quienes van despidiéndose año a año del equipo hasta que solo quedan Nené y Riva.

Hasta la temporada 1974-75 el Cagliari permanece entre los diez primeros en una vejez llena de dignidad. Cuando Riva se lesiona de nuevo, la última, la definitiva, en el 76, el Cagliari morirá con él en un descenso que sabía a adiós a una época, a toda una historia.

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