Manos Kelly o los Estados Unidos vistos desde España

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Antonio Hernández Palacios es uno de esos extraños autores del noveno arte que realmente pensaban que tenían algo que decir. Para él, sus obras eran fruto de un minucioso trabajo de concepción, respondían a una intención última de carácter normalmente divulgativa, buscaban que la narración sirviese para iluminar al lector y darle claves interpretativas sobre el pasado y el presente. Y pocas títulos nos pueden servir para ilustrar esa dimensión clave del autor como Manos Kelly.

Ya hemos escrito en esta misma revista sobre la consideración general de Antonio Hernández Palacios aprovechando la publicación del volumen Antonio Hernández Palacios. Épica y corazón. Si entonces el acercamiento se basaba, necesariamente, en una mirada general sobre la rica producción del madrileño, ahora podemos centrar nuestra mirada en uno de sus mejores y más alabados trabajos: Manos Kelly. La reedición de Ponent Mon de su maravilloso integral, con alguna novedad inesperada en la manga, es una oportunidad insuperable para acercarse a una obra que sigue vigente a día de hoy.

Una mirada de cómic

Si nos ceñimos a la historia más puramente narrada en las páginas de los cuatro tomos que terminarían dedicándose a Manos Kelly, todo se reduce a las aventuras vividas por un hijo de irlandés y española que termina atrapado en la guerra entre México y los Estados Unidos con la posesión de la República de Texas de fondo. Es tras esa guerra, en 1848, cuando se da el pistoletazo de salida para las peripecias de un hombre cansado que nos presta su mirada para recorrer un oeste americano que busca ser nuevo en cada viñeta.

A pesar de que se realizase mucho más tarde que los tres primeros tomos, en 1981, el integral se abre con un episodio conocido popularmente como La juventud de Manos Kelly. Debido a ese desfase cronológico parece casi impropio hablar de él en este momento, al mostrar una visión de los indios americanos que el propio autor debió ir construyendo de manera progresiva durante la escritura de la misma serie y a lo largo de su trabajo en Mac Coy.

Esta historia suelta, relacionada con los primeros pasos en el oeste americano del protagonista, también nos sirve para descubrir las fuertes influencias del cine en la trama que se nos va a contar. En el fondo, la anécdota no deja de recordarnos a westerns vistos una y mil veces, reverberando en sus imágenes las narraciones de superación de los colonos que se elevaron a los altares en las películas «del oeste» con las que, sin ninguna duda, Hernández Palacios tuvo que disfrutar.

Con el primer volumen de la colección propiamente dicha, aparecido a finales de 1970, entramos de lleno en la que será la inacabada saga que se nos planteó por parte de Hernández Palacios y empezamos a descubrir cuáles serán las señas de identidad de la serie. Por un lado tendremos al personaje de Manos Kelly, un hombre bueno e íntegro atrapado por su entorno, un personaje que se ve capturado por la mirada suplicante de una mujer y desde entonces vive siempre reaccionando a su entorno, convertido en un lienzo perfecto para contar la historia de un oeste vivo. Por otro conoceremos a los secundarios básicos para comprender nuestra historia, tanto a Siglo, un extremeño perdido en el oeste americano, como a Tapida, Nah Lin o el Padre Juan. Finalmente se nos sumergirá en un mundo más cercano a las aventuras fantásticas de la mano de unos indios zuñi que se han desarrollado en un valle aislado de los alrededores, convertidos en buenos cristianos y beneficiados por una mina de oro aparentemente inacabable que solamente ellos conocen. La fantasía y la realidad se dan la mano en los momentos en los que se nos narra el pasado de esa tribu.

Pero también es en este primer tomo donde se establece que el pasado puede y debe ser narrado en las historias de Manos Kelly, dedicándose cuatro páginas a una recreación llena de detalle de la batalla de El Álamo. El estilo minucioso de Hernández Palacios llega al exhibicionismo en estos momentos, incluyendo un plano de El Álamo con indicaciones de los sucesos más importantes de la contienda, para que el lector comprenda que está ante algo bastante parecido a una clase de historia.

El estilo ya está aquí en plenitud, a pesar de que para el autor fuese uno de sus primeros trabajos de verdadera entidad en el mundo del cómic. Nos encontraremos con los puntos fuertes y débiles del autor ya completamente desarrollados: unos rostros realmente inconsistentes, en los cuales cuesta reconocer a algunos personajes en las distancias cortas, unidos a un detallismo preciosista, una narración algo estática por momentos y que se desata cuando menos se espera (con páginas soberbias llenas de sentido artístico y de significado), y por supuesto un color único que confiere una personalidad extraña, casi ultraterrena, a lo narrado.

 

El segundo volumen, La montaña del oro, nos presenta al verdadero villano de la función. El nombre de Moriarty está unido para todos los aficionados a la cultura popular a las aventuras del primer y más grande detective consultor, Sherlock Holmes, pero también servirá para identificar al tormento de Manos Kelly y sus amigos; un consejero de lengua de serpiente convertido en supervillano, y que ejercerá de motor de la acción a partir de ahora, siendo sus maquinaciones y la intención de los protagonistas por capturarle lo que guíe nuestros pasos por la historia. Es aquí donde más se nos contará acerca de los indios y sus costumbres, entremezclando estos detalles etnográficos (mención especial para alguna ilustración soberbia de las tribus) con una huida enfebrecida de los personajes que nos regalarán algún truco tan creativo como difícil de creer.

A pesar de su título, La tumba de oro, el tercer volumen no destaca precisamente por mantener a los protagonistas en un entorno cerrado y claustrofóbico, sino por llevárselos a la lejana California. En este momento la trama parece luchar entre dos corrientes diferentes que tiran de ella en direcciones contrarias. Por un lado están las digresiones históricas sobre la fiebre del oro, las misiones californianas o personajes como Kit Carson; por el otro la narración más convencional de un relato de venganza que se construye sobre el fondo de la historia. Será ésta última tendencia la que termine haciéndose con la narración, mostrando que Hernández Palacios había ido aprendiendo con el transcurso de las páginas a que las acciones de los personajes protagonizasen realmente el relato, dejando los apuntes históricos de lado.

Merece la pena destacar que en este volumen puede encontrarse uno de los mayores ejemplos de la influencia cinematográfica en el transcurso de la serie. El gran silencio (Il grande silenzio, 1968) es una de las mejores películas del western italiano de la historia, y su protagonista parece cobrar vida en las páginas de Hernández Palacios transfigurándose en un Manos Kelly que presta su presencia para que las montañas de California se conviertan en el escenario de la maravillosa cinta de Sergio Corbucci.

La última y tardía entrega que tendría la serie (se publicó en 1984), se llamaría La Guerra Cayuso. Aquí, Manos Kelly está solo, sin sus amigos, enfrascado en una persecución alocada de Moriarty que le lleva a ser un elemento clave en la guerra que da nombre al volumen. Este punto es aprovechado por Hernández Palacios para iluminarnos sobre las causas de la misma y presentar la llegada de los mormones a la región que finalmente ocuparían, con Brigham Young a la cabeza. La nieve y la montaña siguen siendo las protagonistas de una historia que sigue vinculándose con las últimas páginas de la anterior y que de nuevo muestra que el autor había aprendido a dominar el tiempo narrativo, buscando un clímax final que no se ve frenado en ningún momento por las digresiones que anteriormente ilustraban aspectos secundarios de la ambientación.

Finalmente, nunca sabríamos cómo continuó la persecución de Moriarty. La desaparición de la revista que había publicado el último tomo, Rambla, terminó con nuestras esperanzas de que se nos narrara el prometido Encuentro en la alta sierra. Manos Kelly acabó sus andanzas junto a los indios cayuso, atrapado eternamente en una carrera alocada hacia su enemigo mortal, sin saber si finalmente conseguiría acabar con él o no. Tal vez sea lo mejor que pudiese pasar, ya que a pesar de la maestría de Hernández Palacios, es muy probable que ese enfrentamiento estuviese condenado a decepcionarnos. En su lugar, nuestro protagonista se ha quedado congelado en el tiempo, condenado a existir en una infinita cabalgata hacia su destino.

 

La historia y Manos Kelly

Aunque ocurra en pocas ocasiones, a veces los autores deciden dejar por escrito sus intenciones con respecto a su obra. Hernández Palacios lo hizo en el caso de Manos Kelly, dedicando un largo texto, publicado en el anteriormente mentado Antonio Hernández Palacios. Épica y corazón, a expresar su objetivo con la serie. En él descubrimos que el madrileño quería mostrar lo que España había aportado al suroeste de los Estados Unidos, huyendo de patriotismos y chauvinismos, tratando de aportar luz sobre lo sucedido y nuestra herencia más allá del océano.

Es difícil saber si algunos aspectos de su recreación histórica pueden deberse al problema, comentado por el propio autor, de encontrar fuentes para lo que quería contar o a una decisión consciente. Sea como sea, el resultado es que la historicidad de las narraciones se puede considerar bastante variable. Así, se transita entre la fidelidad de episodios como la recreación de la batalla de El Álamo y las libertades cronológicas que se toma en otros momentos. Es lo que pasa en el primer volumen con la figura de Mangas Coloradas, situando el encontronazo del jefe apache con un grupo de mineros blancos antes de 1848, el momento de la acción. Lo cierto es que se duda de que la flagelación de Mangas Coloradas llegase a tener lugar: Gerónimo no la menciona como una posible causa de guerra entre los apaches y el hombre blanco, pero en todo caso se sitúa tradicionalmente en el año de 1851.

Hernández Palacios también decide apostar por las fechas más prontas para el nacimiento de Quanah Parker, cuya presencia en la historia puede ser vista como un guiño a Centauros del desierto (The Searchers, 1956). Además, coloca a Kit Carson en el camino de nuestros héroes o nos sitúa en una cronología difícil de precisar para contar con una aparición de Joaquín Murrieta justo antes del fuego de San Francisco en 1851. Sabiendo que el primer volumen tuvo lugar en 1848, resulta un poco difícil admitir que hayan pasado ya tres años cuando el protagonista llega a la costa oeste. A esta confusión no ayuda el final propuesto para la Guerra Cayuso, que la historia sitúa en 1855 pero aquí claramente debe adelantarse. Para rematar la jugada, la aparición de Brigham Young acaba por causar cierta confusión al parecer que está en plena búsqueda de nuevos territorios para sus colonos, cuando entonces ya llevaba cinco años siendo gobernador de Utah.

Este tipo de decisiones nos devuelve a una cuestión que a menudo se presenta en todo trabajo artístico que se construye contra un fondo histórico concreto: ¿hasta qué punto debe el autor ser preso del pasado? Está claro que para Palacios es más importante contar aquello que le interesa que ser fiel al pie de la letra a la historia. Si es necesario adelantar el fin de una guerra, forzar las fechas o tener un encuentro tan casual como casi imposible, ese será un peaje que pagará gustoso. El relato es lo más importante, lo que nos puede contar sobre el papel de esos personajes en una narración viva de la frontera ameriacana.

En el fondo, y a su propia y singular manera, Hernández Palacios se sumerge en la construcción de un nuevo oeste americano; no el que existió, si no el que se ha imaginado (como ocurriera con el western). A pesar de sus más que loables intenciones, lo que hacía el autor no era contarnos la historia, sino construirla, dando nuevos matices y significados a unos sucesos que ya conocemos por medio de otras narraciones diferentes. No obstante, es de justicia señalar que cuando baja al detalle, salvando el caso de El Álamo, centra su atención en acontecimientos que normalmente pasarían desapercibidos para otros autores. Aunque sea pretencioso, podemos hablar aquí de una historia española de los Estados Unidos de América, algo que sin duda firmaría el guionista y dibujante.

De ediciones y recuperaciones

Ponent Mon publicó por primera vez el integral de Manos Kelly en 2014. Ahora, tres años más tarde, llega una nueva edición que resulta una agradable sorpresa. Por un lado por la necesaria felicidad que debe causar en el aficionado al cómic comprobar la vigencia de la obra, merecedora de que más ejemplares lleguen a las tiendas. Pero sobre todo porque se recupera el color para la segunda de las historias, La montaña del oro, que aparecería en blanco y negro en la primera edición.

De todos modos, hablar de recuperación tal vez sería demasiado valiente, dado que en ningún momento se habla del proceso que se ha seguido en el propio volumen y lo cierto es que al parecer se han perdido los originales coloreados. Sea como fuese, ya se hayan utilizado reproducciones anteriores o se haya dado nuevo color, o una mezcla de ambos procesos, lo cierto es que se agradece el resultado, que aporta una unidad al tomo que solamente se rompe por el blanco y negro de la primera entrega, La juventud de Manos Kelly. Si en el futuro se pudiese recuperar el color para la misma, el efecto sería aún mejor.

Obras como esta Manos Kelly, deberían estar siempre al alcance del aficionado. Al igual que ya sucedía con la recuperación del Bogey de Segura y Sánchez, es una buena noticia que se dé nueva vida a las obras españolas merecedoras de hacerse un lugar en la colección de cómics de cualquier aficionado. Durante demasiados años conseguir leer los cuatro tomos y la historia suelta de Manos Kelly era una misión muy difícil, algo que solamente dependía de la fortuna de conocer a algún afortunado que hubiese tenido acceso a ellos cuando se publicaron. Ahora está al alcance de toda una nueva generación de lectores, además de aquellos que quieran recordar viejas lecturas.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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