Phantasma: Una pesadilla convertida en saga de terror

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Una señal que identifica a los que nos criamos cinematográficamente alquilando cintas Beta y VHS, es la cantidad ingente de películas de bajo presupuesto que conocimos gracias a los anuncios incluídos antes de cada pequeña joya que podíamos ver. Esos tráileres huían muy a menudo de los grandes estrenos, que después de todo ya eran conocidos por el gran público, y se centraban en pequeñas películas que descubrir al espectador; era más fácil encontrarse la última entrega de Karate Kimura que al Karate Kid que copiaba, vaya. Entre esa miríada de películas olvidadas y delirantes todos íbamos eligiendo nuestras favoritas, aquellas que nos dejaban marcados por lo poco que se intuía en el torpe tráiler que nos ofrecían. Yo siempre tuve particular querencia por Phantasma II. El regreso (Phantasm II, 1988); el no haber visto la primera parte ni saber de qué iba aquello no tenía importancia: había una bola plateada que parecía muy peligrosa y un anciano de aspecto amenazante que ponía nervioso a cualquiera.

Por suerte para mi salud mental no vi Phantasma II en aquel entonces. Podría ser que su narrativa deslavazada (hoy tengo el día amable) me hubiese fascinado, pero lo más probable es que me hubiera frustrado y a día de hoy siguiera detestando la película y todo lo que la rodeara. Pero el caso es que en lugar de sufrir semejante choque entonces, mi enfrentamiento a la saga de Phantasma fue muy posterior. Aprovechando que en 2016 llegó a su final tras treinta y siete años y cinco entregas, acerquémonos a lo que significó realmente la obra más famosa de Don Coscarelli.

Un director de culto

En 2002 una película pilló por sorpresa a todo el mundo cinematográfico y se convirtió en la cinta de culto del año: Buba Ho-Tep (id., 2002). Se trataba de un movimiento inteligentemente orquestado con solo treinta y dos copias para todos los Estados Unidos, muchos kilómetros de carretera por parte de los creadores y un Bruce Campbell en estado de gracia y que ya era uno de los actores más queridos por los aficionados al cine de terror de todo el mundo. Poco importaba que la película no fuese gran cosa; para cuando el DVD llegó a los videoclubs cualquiera con un mínimo de interés por la escena del cine de terror estaba esperando verla como agua de mayo.

Los que recuerden aquellos tiempos sabrán que se dijo mucho aquello de que había sido dirigida por un director clásico de terror. Sin embargo, pocos se preocuparían entonces de saber quién era aquel tal Don Coscarelli, más allá de un tipo con un nombre muy curioso que acabó participando, con una entrega muy poco inspirada, en la serie Maestros del horror (Masters of Horror, 2005-07). Algunos, los menos, descubrirían que había estado detrás de El señor de las bestias (The Beastmaster, 1982), mítico y oportunista film ochentero estrenado apenas tres meses después de la película que copiaba, Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982).

No obstante, Don Coscarelli es mucho más que eso: con diecinueve años consiguió que Universal Pictures distribuyese su opera prima, Jim, The World’s Greatest (id., 1975), y además, de momento, ha cerrado su carrera con John muere al final (John Dies at the End, 2012), título que se ha convertido ya en una pequeña obra de culto. Poco importa que su estilo de dirección sea brusco y poco dado a los matices, que el ritmo no vaya con él o que tenga algunos momentos realmente vergonzantes cuando se ocupa del sexo femenino… Don Coscarelli es un rara avis en el mundo del cine actual, un auténtico autor dentro de la serie B que ha impuesto una visión personal y única del medio en casi todo lo que ha tocado. Apenas ha dirigido diez largos en cuarenta y tres años de carrera, de los cuales cuatro pertenecen a la saga de Phantasma, pero puede presumir de firmar al menos tres obras de culto y de haber sido siempre fiel a sus ideas y sus colaboradores, algo que podremos comprobar más adelante.

Phantasma, el inicio de la pesadilla

En inglés, Phantasm es solamente un cultismo que significa fantasma. Una palabra de origen latino (aunque en realidad venga del griego) que hace de contrapeso a variantes más germánicas como ghost o wraith. Sin embargo, aquello debía parecerle algo epatante y misterioso al traductor español que se enfrentó a la película a finales de los años setenta, de ahí que decidiera que era mejor no tocar el título y simplemente castellanizarlo de manera ligera como Phantasma (Phantasm, 1979). Entre nosotros: lo que para los ingleses no deja de ser algo con un ligero toque a pedante, se convirtió en una cima de lo evocativo y fascinante; porque: ¿qué distingue a un phantasma de un fantasma?

El asunto de la traducción del título puede parecer baladí, y seguramente lo sea, pero lo cierto es que apunta hacia el verdadero centro de la película, que no es otro que su extrañeza. Hay que tener en cuenta que Phantasma empezó a gestarse ya en 1977, antes de la explosión del cine de terror como lo entendemos gracias a La noche de Halloween (Halloween, 1978), y en plena explosión del cine de terror independiente estadounidense. Don Coscarelli acababa de estrenar Kenny & Company (id., 1976), una comedia familiar en la que descubrió que el público respondía bien a los sustos que había durante el metraje. El fracaso de taquilla de la misma hizo que se decidiese por hacer una cinta de terror, algo que pensaba que siempre iba a funcionar.

Phantasma es, más que una película, una pesadilla que se nos permite ver en la gran pantalla. Lejos de los intereses más artísticos de David Lynch, el efecto se consigue aquí por la falta de medios unida a la fuerza creativa tras la cámara. Don Coscarelli calculaba el coste de la película en unos trescientos mil dólares, una cantidad ínfima ya por aquel entonces, y que fueron financiados mayormente por su propio padre. El rodaje duró casi un año y en él los actores iban y venían, se rodaba mayormente en fin de semana, no existía ningún control real de los gastos, el propio Coscarelli hacía de cámara y editor y… por no haber, no había ni un guion completo: la propia historia iba mutando según se iba rodando más material. Para cuando llegó la hora de cerrar la producción hasta existían diferentes finales rodados entre los que poder elegir. Coscarelli había conseguido hacer su película, con sus reglas y sus medios, sin apenas injerencia externa.

Según cuenta el propio director, un problema de ese proceso fue el exceso de material, ya que si efectivamene le permitía elegir un final entre varios, también lastraba el proceso de montaje al tener demasiadas escenas de los diferentes personajes. Las primeras pruebas de público fueron un fracaso por la excesiva duración de la cinta, lo que hizo que hubiese que apurar al máximo el metraje y cortar aquellas escenas en las que había demasiada exposición. ¿El resultado? De manera progresiva la narración fue fragmentándose hasta casi desaparecer y convertirse en una sucesión de escenas sugestivas que parecen esconder más de lo que muestran.

La trama de Phantasma es casi imposible de condensar en un párrafo, claro que por suerte tampoco hace falta. Desde el principio entendemos que lo menos importante es saber por qué suceden las cosas, que todo parece guiado por un fatalismo onírico en el que nuestro protagonista, interpretado por el joven A. Michael Baldwin, teme la partida de su hermano mayor al tiempo que cree que el encargado de la funeraria local, el misterioso Hombre Alto, oculta algo. El miedo adolescente a crecer está en el centro de una narrativa tan alucinante como extrañamente efectiva: el joven Mike Pearson no quiere perder a la única figura de referencia que le queda en el mundo, su hermano mayor Jody; le sigue en todo momento, se preocupa por él y no ve más que amenazas para su bienestar.

Phantasma incluye visitas a adivinas con aparentes poderes mágicos, bolas plateadas que vuelan y acaban de manera sanguinolenta con quienes se enfrentan a los designios del Hombre Alto, dedos amputados que se convierten en extraños insectos, y hasta monstruos enanos de oscuro origen. Todo ello en medio de un fantasmagórico escenario de cementerios entre niebla, sombríos bosques, suburbios americanos y un mausoleo de blancas paredes que evoca una pesadilla del autor. La suma de todo lo anterior es un auténtico asalto a los sentidos del espectador, que se ve reforzado por una banda sonora basada en el uso primitivo de sintetizadores en la línea del trabajo de Goblin para Suspiria (id., 1977) o en el Mike Oldfield de Tubular Bells.

Un aspecto central de la película, a la luz de las posteriores entregas, sería la identidad del trío protagonista. Mike, Jody y el mejor amigo de este último, Reggie, serán la fuerza motriz detrás de toda la saga, que ya aquí muestra sus cartas al venir a hablarnos de la familia y los amigos como centro del universo. Da la impresión, eso sí, de que el concepto fue surgiendo en la cabeza de Don Coscarelli un poco sobre la marcha, a juzgar por la poca importancia de Reggie en el principio de la cinta. Será precisamente el personaje interpretado por Reggie Bannister (no parece casualidad que los nombres coincidan) el que termine convertido en el protagonista de la saga, por encima del mismísimo Mike.

Esta cinta es uno de los ejemplos de cine de terror más personales y únicos de los últimos años setenta. Sin duda alguna, ayuda su cualidad fronteriza entre los viejos modos del terror y los impuestos por el éxito de La noche de Halloween. A pesar de que el Hombre Alto tenga importancia en la trama, estamos ante poco más que un macguffin al que da vida el imponente físico de Angus Scrimm, ya que aún no es época de asesinos en serie ni de slashers, lo que permitió el desarrollo de la particular trama de la película.

Es necesario destacar aquí que Phantasma se convirtió en un título de culto desde el principio. Su éxito en taquilla fue notable teniendo en cuenta su bajo coste, y además tuvo el honor de ser una de las principales influencias en el trabajo de un joven director de terror para su obra más famosa: Wes Craven y su Pesadilla en Elm Street (A Nightmare in Elm Street, 1984), película que no se puede entender sin el antecedente de Phantasma, a la que incluso roba el susto final.

Phantasma II. El regreso

Entre Phantasma y su segunda parte pasaron nada menos que nueve años. Por en medio, Don Coscarelli solamente entregó al cine la ya mentada El señor de las bestias. No obstante, la Universal quería una segunda parte de Phantasma para aprovechar el gran retorno comercial que daban las secuelas de películas de terror, y acabaron convenciendo a Coscarelli, que parecía no saber cómo continuar su película, y le dieron un presupuesto de tres millones de dólares. Para la productora eso no era nada (se trataba de la cinta más barata de la década para ellos), pero para la saga de Phantasma significaría la más cara de todas las entregas, el equivalente a un blockbuster en su contexto.

Lo primero que destaca del film es que arranca directamente en el mismo momento en que finaliza la primera entrega. Esto no deja de ser engañoso, al mandarnos casi inmediatamente a siete años en el futuro, cuando un Mike algo crecido consigue salir del manicomio en el que ha estado recluido durante ese tiempo tras los sucesos del final de Phantasma. Su único apoyo en el mundo es Reggie, que pronto verá cómo el mundo que ha construido durante esos años se viene abajo por la acción del Hombre Alto. Ambos héroes deberán viajar buscando a una chica que Mike ha visto en sus sueños y con la que tiene algún tipo de conexión de carácter sobrenatural. Por en medio vivirán aventuras, se enfrentarán a algunas bolas voladoras y podremos disfrutar de los patéticos intentos de ligar de Reggie, convertidos de ahora en adelante en uno de los elementos más característicos de la saga para desgracia del espectador.

Phantasma II sigue teniendo algunos momentos destacables, sobre todo cuando la acción se vuelve más incomprensible y nos recuerda a la cualidad onírica de la primera parte, pero en general se trata de una cinta totalmente olvidable que trata de agrandar la mitología de la primera entrega sin conseguir nada más que dar vueltas sobre ciertas ideas sin acabar de atraparlas. Poco a poco nos vamos encontrando en medio de una película de carretera que abandona los estimulantes escenarios de los suburbios que tan bien le sentaban a su predecesora.

Otro aspecto que hace de esta Phantasma II una rareza dentro de la saga es que no solo se trata de la única cinta donde no aparecen todos los personajes principales, sino que encima a uno le cambian el rostro: el hermano mayor de Mike, Jody, no tiene ninguna aparición en la historia y el chico ve cómo pasa de tener el rostro de A. Michael Baldwin al de James LeGros. Estas ausencias se explican por las obligaciones impuestas por la Universal Pictures a Coscarelli; por una parte le prohibieron las escenas demasiado oníricas y alegóricas, echando de la historia al fallecido hermano mayor, y por otro le obligaron a contratar a un actor de carrera en lugar de a su amigo.

Phantasma II es la más convencional de las cintas de la saga, a pesar de lo cual no deja de ser más extraña, en el mejor sentido, que las diferentes continuaciones de Pesadilla en Elm Street o Viernes 13 que por aquel entonces llenaban las salas de cine. Posiblemente sea, eso sí, la que más fácilmente vaya a decepcionar a cualquier espectador: los fans de la primera entrega la encontrarán adocenada, y los fans del cine de terror más convencional pensaran que el guionista tuvo un mal viaje cuando la escribió.

Phantasma III: El pasaje del terror

Con la tercera cinta se volvió a muchos elementos que habían marcado a la saga en un principio. Para empezar, el traductor español decidió volver por las andadas y pensó que llamarla Phantasma III: El pasaje del terror (Phantasm III: Lord of the Dead, 1994), molaba mucho más que dejar el subtítulo original, algo así como «el señor de los muertos». Por si fuera poca la muestra de creatividad, no esperéis que haya nada parecido a una feria o un parque de atracciones en el metraje: supongo que el encargado de la edición en España había visitado poco antes el parque de atracciones de Madrid, o algo.

Más importante y trascendente, sin embargo, fue la vuelta al reparto de A. Michael Baldwin y Bill Thornbury (los hermanos Mike y Jody respectivamente), y el mantenimiento de Reggie como nuevo protagonista de la función. La película se convierte ya de manera absoluta en una road movie apocalíptica por las ciudades destruidas por el Hombre Alto y sus sirvientes: una sucesión de pueblos muertos que sirven de fondo para unas aventuras desérticas que van pasando de lo terrórifico a lo cómico sin demasiado sentido ni coherencia.

Lo mejor que se puede decir del film es que consigue volver a tener instantes delirantes en los que se puede intuir un auténtico disfrute por parte del director y su equipo. Así, tenemos a un niño aspirante a psicópata asesino que deja al Macauly Culkin de Solo en casa (Home Alone, 1990) a la altura del betún; unos saqueadores de carretera que quedarían perfectos en cualquier subproducto italiano apocalíptico de los años ochenta;, o un par de hermanas negras, de armas tomar, que aparecen para que una de ellas muera en un abrir y cerrar de ojos y la otra sirva para la obligatoria escena de sexo que toda película de serie B debía tener por estas alturas.

Phantasma III podría haber sido un divertimento de gran calado, pero por desgracia Coscarelli no consigue acompañar sus ideas más delirantes de una dirección que resulte al menos ágil. Por eso la cosa no acaba de despegar en ningún momento, y uno va perdiendo todo el interés en lo que le pueda pasar al soso de Mike y sus amigos.

Phantasma IV: Apocalipsis

Tras la anterior entrega era difícil esperar algo de la saga, pero Coscarelli consiguió superarse con la cuarta cinta. Para empezar, decidió que lo suyo era recuperar todo el metraje que pudiese de la primera película (ya hemos comentado que había grabado mucho más material del que llegó a usar) con el que poder rellenar a gusto y alcanzar la duración mínimo para que las distribuidoras a vídeo le aceptaran la película. Para seguir, decidió que Phantasma IV: Apocalipsis (Phantasm IV: Oblivion, 1998) se abriera con uno de los peores inicios del cine a nivel de guion: el villano jefe dejando vivo a uno de los protagonistas para poder «jugar a un juego» con él. Así, tal cual, se soluciona el problema y se da una patada para adelante sin solucionar el conflicto creado.

Reggie sigue siendo el centro de la fiesta, seduciendo de manera más bien extraña a una chica; esta vez el giro es que su ligue tiene esferas mortíferas por pechos… Pero mejor no seguir por ahí y centrarse en que la saga empieza a parecerse en exceso a una suerte de historia escrita por un admirador desnortado de Stephen King. Y es que el protagonista (al menos nominalmente Mike sigue siéndolo), empieza a mostrar poderes psíquicos y enfrentarse al antagonista principal con ellos. Por en medio, tendremos viajes en el tiempo, planes extraños y alguna que otra esfera sanguinolenta.

Para estas alturas, siendo sincero, uno empieza a estar ya cansado del Hombre Alto y sus planes sin mucho sentido ni continuidad. Lo peor que le ha pasado a Phantasma es pasar de una película llena de insinuaciones a una saga llena de sinsentidos. Esta cuarta parte no parece más que los apuntes perdidos de la tercera, con apenas un par de detalles nuevos. Por si fuera poco, uno tiene que hacer el esfuerzo consciente de olvidar a los personajes que se nos han presentado con anterioridad, exceptuando a los cuatro que Coscarelli debe entender como suyos: Mike, Jody, Reggie y el Hombre Alto. Ellos son todo lo que importa, el resto no pasan de elementos sobrantes que no merecen ni siquiera una referencia de pasada.

Como apunte curioso, merece la pena destacar que el mismísimo Roger Avery, colaborador habitual de Quentin Tarantino en los noventa, era un incondicional de la saga de Phantasma y trató de conseguir financiación para hacer una cuarta parte con alto presupuesto que tuviera lugar en un futuro apocalíptico dominado por el Hombre Alto y sus secuaces. Phantasma IV: Apocalipsis sería así, por tanto, el resultado de que esas negociaciones no llegaran a su destino. La curiosidad por lo que pudo ser nunca va a desaparecer, desde luego, pero visto lo visto la verdad es que la cosa no prometía precisamente demasiado.

Phantasma V: Desolación

Tuvieron que pasar nada menos que dieciocho años para que llegara la última entrega de la saga. Phantasma V: Desolación (Phantasm: Ravager, 2016) es la única cinta que no ha sido dirigida por Don Coscarelli, refugiado aquí en sus labores de productor y guionista, dejando el mando de la cámara a su amigo David Hartman, un director primerizo en acción real y curtido en el mundo de la animación televisiva. El resultado no es precisamente el de una mejoría técnica, sino más bien el de un continuismo con lo visto anteriormente.

Phantasma V es una película que, al menos, tiene el encanto de poder verse como un homenaje a Angus Scrimm, el actor que dio vida al Hombre Alto en todas las entregas y que falleció en enero de 2016. Con su muerte se acaba también una saga que su creador no parece ser capaz de concebir sin sus compañeros de viaje, aunque siempre exista el peligro de que alguna productora voraz se lance a continuarla sin atender a aspectos secundarios como la lealtad al equipo creativo. El caso es que hasta nuevo aviso, Phantasma sí que tiene el honor de ser una serie cerrada, algo que muchas otras desearían hace ya tiempo.

La película responde a esa especie de sentido elegíaco, centrando su interés en las experiencias y las memorias de un Reggie que sigue siendo igual de patán cuando tiene que actuar pero que, aquí al menos, puede tener momentos más interesantes cuando se explora su posible demencia. La importancia de la familia y la amistad en la trama se amplifica hasta límites difíciles de entender, y el propio villano de la función se pregunta, al igual que el espectador, a qué viene la obsesión de Reggie con Mike y Jody. La única respuesta es que esto es así y punto, y la verdad es que funciona a su manera, aunque a estas alturas uno ya esté un poco hastiado del asunto.

Reggie vuelve a ligar (esta vez compone una canción y todo), sigue sin quedar muy claro dónde está Mike ni por qué no hace nada, el Hombre Alto pulula tratando de darle algo de gravitas al asunto, y hasta nos vamos a un futuro apocalíptico (que suponemos relacionado con el que Roger Avery trató de crear) en una variación de los habituales viajes al espacio en los que terminan desembocando las sagas de terror que sobreviven durante demasiadas entregas. Eso sí, nada de lo anterior tiene demasiado interés. La película solamente funciona porque les tenemos algo parecido a cariño a los personajes, aunque sea porque llevamos viendo a los actores envejecer con cada entrega.

Phantasma V: Desolación es una cinta directa a vídeo realizada en un momento en el que estas ya van, más bien, directas a alguna plataforma online. Es barata, sus efectos especiales son menos efectivos que los realizados casi cuarenta años antes sin apenas medios, la fotografía es vergonzante, y en general no sabe qué nos quiere contar ni cómo. Es demasiado habitual que todas las sagas de terror acaben con este tipo de entregas, manchones que hacen que uno dude de lo que vio en un principio. Y esta vez no hay excusa posible con la interferencia de los estudios, ya que no estamos en un caso parecido al de cuando se decidió usar el título de Hellraiser para sacar todo tipo de cintas de bajo presupuesto sin relación entre sí; tristemente, todo deriva de la falta de ideas del propio Coscarelli y sus compañeros de viaje.

El cine de terror de culto y las sagas

Es curioso que, en los últimos tiempos, pocos géneros hayan dependido tanto de las sagas como el cine de terror. En ocasiones se ha dicho que la extensión ideal en literatura para el terror es el cuento, la novela para la ciencia ficción y la trilogía para la fantasía. Por supuesto, esta afirmación es una generalización y como tal es errónea por definición, pero oculta una parte de verdad, ya que nos ilumina acerca de que la mayor parte de los clásicos en papel del género tienden a ser obras de escasa extensión y en las que las ideas se sitúan en el centro de la acción, funcionando muchas veces con la búsqueda del giro inesperado.

En su lugar, el cine de terror ha ido construyendo una narración episódica de la que pocas obras se escapan. Ya sea por su propia concepción o por las obligaciones contractuales y los intereses comerciales, son pocos los éxitos del celuloide dedicados al horror que no se han convertido en franquicias más o menos rentables para sus productores. Esa casi eterna sucesión de continuaciones suele tener el efecto de diluir los aciertos originales y terminar dando a luz a hijos bastardos que no hacen más que subrayar los peores aspectos de sus predecesores.

Algo así puede pasar con Phantasma, una saga demasiado larga e inconexa en la que se abandona desde la segunda entrega aquello que hizo que la primera tuviera éxito. Al igual que casi todo el cine de terror de los años setenta en los Estados Unidos, Phantasma funcionaba como un exorcismo de los terrores de una sociedad que no sabía a dónde iba ni cuál era su cometido. En ese sentido, su utilización de los suburbios urbanos, el personaje adolescente con miedo a madurar, la mirada al sexo, etcétera, entroncaba con lo expresado por otros autores coetáneos a Don Coscarelli como John Carpenter, George A. Romero o Tobe Hopper.

No obstante, con el paso de las entregas esos intereses van dejado lugar a una especie de construcción de un universo propio que no sabe marcar sus propias coordenadas y que se va erigiendo a machetazos. El Hombre Alto y su pasado nunca acaban de quedar claros, además de que su trascendencia se nos antoja nula, y en la segunda entrega se crea un pasado traumático para Reggie que luego se olvida de golpe y porrazo… Todo se va mezclando y revolviendo de cualquier manera hasta que el batiburrillo resultante es incomprensible (sin tener siquiera la capacidad de insinuar que marcaba a la primera entrega).

Supongo que este artículo dejará en el lector el mismo regusto que puede dejar en el espectador el ver las películas. A estas alturas ponerse a hablar de los aciertos de Phantasma puede parecer casi un chiste: ya sabemos que nos hemos enfrentado a cuatro películas que no van a ningún lugar; ya conocemos el futuro de los personajes y no nos gusta. Y, sin embargo, el poder casi hipnótico de la primera entrega sigue estando ahí. Phantasma no es un clásico del terror universal, pero tiene algo que pocas películas tienen: un enfermizo ambiente de pesadilla que consigue que sintamos la desorientación de su protagonista. Solamente por eso ya se ha ganado un pequeño lugar de honor en el cine de terror de los años setenta.

Como último apunte, indicaremos que en el año 2016, coincidiendo con el estreno de Phantasma V: Desolación, se produjo también la llegada a algunos cines y la publicación en DVD y BluRay de una versión, remasterizada de manera excepcional por el equipo de Bad Robot, de la primera Phantasm. J. J. Abrams, entre otras muchas cosas, es un admirador de la película y pidió a Coscarelli que le proyectara la primera entrega; cuando el director le dijo que no tenía ninguna copia en buen estado del original cinematográfico, este le ofreció su equipo para realizar un meticuloso y magnífico trabajo de restauración. Por si fuera poco, el origen del nombre de la Capitana Phasma de las últimas entregas de Star Wars hay que buscarlo también en esta saga: la armadura plateada del personaje le recordaba a J. J. Abrams las bolas asesinas de los filmes de Coscarelli. Como pasa con todas las buenas películas de terror, la sombra de Phantasma no parece dejar de crecer nunca.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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