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Cinefórum CCXXI: «El carnaval de las tinieblas»

Hubo un tiempo en el que Disney no era sinónimo de cine inofensivo para todos los públicos. Más por desorientación que por un plan maestro, la compañía de ratón cabezón experimentó desde finales de los setenta y buena parte de los ochenta una odisea tan interesante en lo artístico como desastrosa en lo económico. Fallecido Walt y reventado el paradigma del cine palomitero por Spielberg y Lucas, Disney buscó su sitio intentando hacer del cine infantil un contenedor suficientemente grande con el que acoger a toda la familia. Fracasó, pero en su camino dejó una retahíla de obras de culto en las que lo fantástico y lo oscuro se tragaban sin disimulo cualquier atisbo de buenismo con proyección mercadoténica. El carnaval de las tinieblas (1983) es una muestra perfecta de ello.

Titulada en el original Something Wicked This Way Comes (literalmente, algo maligno se acerca), la cinta de Jack Clayton es una adaptación de la novela homónima de Ray Bradbury, autor que, como el director de nuestro anterior cinefórum, proyecta su sombra de forma reiterada sobre nuestra revista. El propio escritor norteamericano se encargó del libreto de un proyecto generoso desde el punto de vista económico (diecinueve millones de dólares) pero un poco desnortado artísticamente, como atestigua el hecho de que Disney, en aras de encontrar un tono más luminoso y accesible, ordenase grabar escenas adicionales acabado el rodaje y sustituyese la partitura original de Georges Delerne por una nueva de James Horner. No obstante, la fuerza y profundidad del relato y la solvencia de la dirección sostienen una película que es inevitable contemplar como una hermosa rareza dentro del cine de terror de su época.

Porque sí, pese a llevar la firma de Disney, la historia de Bradbury es un cuento de terror en el que, de hecho, quedan inscritos varios motivos destinados a convertirse en canónicos del género. Es más, su argumento podría haber sido firmado por el mismísimo Stephen King (si no fuese porque, en realidad, es King quien bebe declaradamente de Bradbury): a una pequeña localidad americana llega una feria ambulante dirigida por el misterioso señor Dark (Jonathan Pryce), quien no tardará en realizar los sueños de los lugareños a cambio de un precio muy especial; pero Will Halloway (Vidal Peterson) y Jim Nightshade (Shawn Carson), dos amigos que están a punto de convertirse en adolescentes, descubrirán su terrible secreto y lucharán, junto al padre de uno de ellos, el bibliotecario interpretado por Jason Robards, para evitar que el mal se apodere de su pueblo. Como vemos, en El carnaval de las tinieblas está La tienda de King, pero también El cuerpo o It, y en las sombras de esa feria maldita pueden vislumbrarse terrores tan vigentes como los del Carnivale de HBO, el American Horror Story: Freak Show de Ryan Murphy o la tercera temporada de la Sabrina de Netflix.

el carnaval de las tinieblasBajo el pulso cinematográfico de Clayton, director ducho en las narraciones de terror infantiles, la cinta se despliega con sutilidad y lirismo como un canto extraño a los miedos infantiles, a la amistad y al siempre conflictivo paso de la niñez a la adolescencia, a esa pérdida de la inocencia que en el fantástico más oscuro se proyecta de forma natural con el telón de fondo de la lucha entre el bien y el mal. Es precisamente su tono pausado y sugerente y la evidente dimensión poética de sus imágenes, lo que hizo de El carnaval de las tinieblas una incomprendida de su tiempo. El fracaso comercial fue de tal calibre que en España se estrenó directamente en vídeo. Sin embargo, su anacronismo de entonces la convierte, hoy, en una obra tan atemporal como su original literario.

Marcos García Guerrero
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