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Arte sin clase obrera – 14 de diciembre

Cada vez hay menos artistas de clase obrera. La Oficina de Estadística del Reino Unido hace cuentas: la proporción de músicos, escritores y artistas de clase trabajadora ha bajado a la mitad desde los años setenta. Eran el dieciséis por ciento entonces, y son el siete por ciento en la actualidad. Es una caída similar a la de la población general. En 1981, más de un tercio de los británicos se declaraban hijos de la working class. Hoy son un quinto. La investigación constata no solo que los trabajos manuales están en declive, sino que los hijos de trabajadores lo tienen más difícil para cantar, pintar o publicar. El tiempo pasado fue mejor.

«Tenemos que hacer algo más que cursos de acceso», afirma Dave O’Brien, profesor de la universidad de Sheffield, antigua capital industrial hoy reconvertida en ciudad de estudiantes y servicios. Ahí se filmó la tragicomedia The Full Monty: parados convertidos en strippers. Algunos autores temen que la clase obrera quede confinada a expresarse culturalmente en una suerte de porno de la pobreza: ultraviolencia y sexo callejero. Por eso han aparecido festivales como el The Working Class Writers: su directora se ve obligada a recordar que los trabajadores también pueden generar belleza.

«Bajo el merengue sentimental, hay brutalidad», escribe Évelyne Pieiller: ante la desigualdad, denuncia la filósofa francesa, se ha instalado un sentimentalismo paternalista que transforma a los trabajadores pobres en personas vulnerables. Por eso hay que cuidarlos, no emanciparlos. La industria de la cultura aplicará su selección natural: solo se dedicará el que pueda, y cuando se le permita. Gary Oldman, hijo de un marinero de Londres, fue elogiado por su película, Nil by Mouth, retrato de miserias y bellezas de un barrio obrero. No ha vuelto a dirigir: Oldman dice que la industria prefiere Cuatro bodas y un funeral.

Los pueblos tienen el cine y la música que se merecen, diría el filósofo: artefactos culturales que confirman sus anhelos, prejuicios y poderes. Ser working class no entra dentro de las aspiraciones de la posmodernidad. La dialéctica recuerda, sin embargo, que sin la clase obrera no habrían existido George Harrison, Keith Richards o Roger Waters, que fundó Pink Floyd, donde terminaría ingresando David Gilmour, en su caso hijo de profesor de universidad y de editora de la BBC. La armonía de clases duró hasta que la guerra se hizo inevitable y cada uno siguió su camino aferrado a una desesperación silenciosa.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3.

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Víctor García Guerrero
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