Cien años de una de las obras más importantes para guitarra del siglo XX

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En 1920 vio la luz una obra de arte que marcó un antes y un después en la historia de la guitarra española. Referenciada por ser un hito en la apertura de este instrumento a las modernas vanguardias del nuevo siglo, Homenaje pour le tombeau de Debussy, de Manuel de Falla, pasa, además, por ser su única obra original para este instrumento. En su centenario, rememoramos esta partitura cargada de simbolismo y evocación; una obra breve y profunda que merece la pena ser escuchada con el corazón tranquilo y los sentidos abiertos. Hacerlo de otra manera sería como pasar de refilón la mirada sobre un cuadro de Monet, como hacen esos agobiados turistas que recorren los museos a contrarreloj.

Aunque parezca mentira, todo empezó por culpa del Kaiser Guillermo II de Alemania. Corría el año 1918, marzo. Mientras el temible Cañón de París aterrorizaba con sus bombas la capital francesa en los últimos meses de la Primera Guerra Mundial, uno de los compositores más relevantes y reconocidos de Europa fallecía a causa de un cáncer colorrectal. Claude Debussy careció, en su inhóspito y desangelado entierro, de los honores públicos que le hubieran sido propios.

Esto propició que posteriormente, ya en tiempos de paz, fueran abundantes los homenajes y las conmemoraciones hacia su figura y su obra. Dos años después, La Revue Musicale, una revista musical parisina, planeó publicar un número especial dedicado a la memoria del compositor. En él se reuniría un conjunto de artículos sobre su persona, así como un suplemento musical formado por obras compuestas ad hoc por creadores de primera línea. Hablamos de Igor Stravinsky, Erik Satie, Maurice Ravel, Bela Bartok, y entre todos ellos, el gaditano Manuel de Falla.

En España, mientras la tensión generada por la guerra del Rif, la conflictividad laboral en grandes ciudades y la inestabilidad política hacían temblar el gobierno conservador de Eduardo Dato, una pléyade de intelectuales se arremolinaba, poco a poco, en lo que serían los cimientos de la generación del 27. Manuel de Falla, ya en edad madura y con reconocida trayectoria, aterrizó en Granada en el verano de 1920. Allí trabó amistad con diferentes personalidades del mundo intelectual, entre los que se encontraba un joven Federico García Lorca con quien, entre otras cosas, desarrollaría un interesantísimo trabajo de etnomusicología en torno al flamenco, que desembocaría en la inauguración en 1922 del Festival del Cante Jondo.

Cuando Falla recibió el encargo de la Revue Musicale, no dudó en matar dos pájaros de un tiro y homenajear al músico impresionista francés fallecido, otrora compañero de andanzas parisinas de juventud, mientras atendía a la vez la recurrente solicitud del afamado guitarrista y compositor Miguel Llobet de componer algo específicamente para su instrumento. Esta circunstancia, le daría pie a fusionar en una breve obra el universo de la música académica y la música popular, la influencia de las sonoridades debussyanas con ritmos y giros melódicos más propios del folclore y del lenguaje guitarrístico.

La obra comienza mezclando un ritmo de habanera en el bajo, con el carácter ostinato, lento, grave y solemne, propio del tombeau, un género musical elegíaco cultivado sobre todo en el Barroco. De esta manera, cual láconica marcha fúnebre, bajamos pulsaciones y nos dejamos llevar mientras aparecen pinceladas contrastantes, rápidas, propias del flamenco, que nos mantienen alerta y que derivan en una suerte de acrobáticas falsetas que bailan en la cuerda floja de una modalidad característica del genio francés.

La marcha fúnebre continúa, pero como diría Dylan Thomas en su famoso poema, Falla no quiere entrar dócilmente en esa buena noche y se enfurece ante la oscuridad con unos giros armónicos que, iluminando el relato, proporcionan una energía renovada a un discurso musical rico en matices, armónicos y coloraturas. En la sección central atisbamos a escuchar al Falla más representativo del nacionalismo musical español, haciendo gala de una paleta de recursos que nos recuerdan a fragmentos de El amor brujo o La vida breve.

Pero el trágico final es ineludible y, como si entráramos en las fases finales del duelo, Falla retoma el motivo inicial desarrollándolo esta vez hacia una aceptación vital en la que vemos brillar la estela de lo que un día fue Claude Debussy. Retazos de su Soirée dans Grenade (Tarde en Granada) o de La puerta del vino (de su segundo libro de preludios para piano), salpican una coda sugestiva, traslúcida, a base de amplios acordes paralelos y de una claridad de líneas que generan una textura verdaderamente impresionista.

Y todo ello para, por fin, poco a poco, con notas largas y elocuentes silencios, apagarse, sutil y elegante.

Homenaje pour le tombeau de Debussy constituye, dentro de la historia del repertorio guitarrístico, una clara ruptura con la tradición romántica anterior. El hecho de que Falla, un compositor de renombre no guitarrista compusiera música específicamente para este instrumento, supuso también un aliciente para otros compositores no guitarristas, nacionales y foráneos, a seguir esa línea e incluir la guitarra clásica como un instrumento a través del cual investigar y desarrollar las tendencias vanguardistas más contemporáneas.

Con la intención de homenajear a su difunto amigo, Manuel de Falla creó una obra cargada de pura evocación, sensorial y metafórica; una obra que invita a la introspección y que lanza un hálito al tiempo en pro de la belleza, convirtiendo, como escribiría Oscar Wilde en su poema en prosa El artista, el «dolor que dura para siempre» en el «placer que se posa un instante».

Disfrútenla.

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