(Don´t Fear) The Reaper – Blue Öyster Cult

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Hay canciones que trascienden a sus creadores hasta eclipsarlos por completo. Son canciones inabarcables, eternas, canciones por encima del bien y del mal que hacen del mundo un lugar mejor. Canciones por las que las musas sacrificaron parte de su alma. Canciones en las que vivimos y que son más nuestras que de sus compositores, porque para nosotros siempre han estado ahí y para ellos son un regalo divino inoculado en su interior para compartirlo con el universo. (Don´t Fear) The Reaper es una de ellas, una canción infinita capaz de devorar a uno de los grupos de rock más interesantes de los años setenta.

Porque Blue Öyster Cult (El culto a la ostra azul) fue una de las bandas más extraordinarias de los inicios del rock duro. Rebautizados por la prensa como los «Black Sabbath americanos», el apelativo hacía justicia a medias a un grupo que surgió bajo la estela de los pioneros del género, que en su momento gozó de una fama similar y que se alineó en paralelo a ellos como piedra angular del futuro heavy metal, por más que la memoria haya acabado situándolo en un escalón inferior. Partiendo de coordenadas hard-blues y de una lisérgica psicodelia, Blue Öyster Cult fue construyendo una obra vanguardista con discos arriesgados, directos memorables y un misterioso mundo lírico en el que cabían tanto Patti Smith como Michael Moorcock. En sus letras podíamos encontrar tan pronto ciencia ficción o vampirismo como referencias a lo oculto, a la historia o al misticismo, todo bajo el escrutinio de sus dos grandes demiurgos literarios: Sandy Pearlman y Richard Meltzer. Musicalmente, con los años fueron volviéndose una banda más previsible, acercándose a comienzos de los ochenta a la NWOBHM, para acabar disolviéndose en la indiferencia del insípido AOR. Pero para entonces, ya se habían ganado un hueco en la historia como arquitectos de algunos de los puentes sonoros que llevarían al rock hacia otra dimensión.

La canción por antonomasia de los neoyorkinos (con permiso de Godzilla y Burnin´to You) apareció en el que, por ende, es su disco más conocido, aunque no necesariamente el mejor: Agents of Fortune, de 1976. Compuesta y cantada por el guitarrista Buck Dharma (Donald Brian Roeser), (Don´t Fear) The Reaper se inicia y sostiene sobre un oscuro e hipnótico riff de guitarra (uno de esos que desde que lo escuchas por primera vez se va a vivir para siempre al palacio atemporal de los riffs inmortales) y una preciosa armonía vocal que nos habla del temor más ancestral en el ser humano: el del miedo a la muerte. «No temas a la guadaña» (el segador, la muerte), canta un Buck Dharma que cuando escribió la letra estaba aquejado de una dolencia coronaria que le hizo plantearse su posible deceso prematuro y, en definitiva, la necesidad de asumir la inevitabilidad de la muerte. El halo oscuro del grupo influyó en la recepción de la letra, que fue interpretada como una invitación al suicidio, extremo desmentido reiteradamente por Dharma, para quien la referencia a Romeo y JulietaRomeo and Juliet are together in eternity») era en realidad un canto al amor eterno y a la posibilidad de que dos enamorados se reencontrasen en el más allá. «Es básicamente una canción de amor que imagina que hay algo después de la muerte y que, de vez en cuando, puedes cruzar ese abismo hacia el otro lado».

A hombros de una buena acogida crítica y sobreviviendo a desastrosas presentaciones como la del show televisivo de Merv Griffin, donde el grupo se estrenó en las artes del playback con una versión más corta de la que esperaban, (Don´t Fear) The Reaper alcanzó puestos destacados en los charts anglosajones más importantes. En 1978, su inclusión en la banda sonora de La noche de Halloween de John Carpenter la catapultaría definitivamente al Olimpo de la música popular, potenciando su aureola siniestra y convirtiendo su letra, en el contexto del slasher más popular de la época, en una irónica canción de terror («vamos, cariño, no temas a la muerte… juntos podremos volar»).

Desde la aparición en la cinta de Carpenter hasta nuestros días, es prácticamente imposible rastrear por completo la presencia de esta canción en la cultura popular (películas, series, libros, videojuegos…). Sin embargo, para la historia quedaría el hilarante sketch que Saturday Night Live le dedicó en el año 2000: More Cowbell, «Más cencerro», era el título de la pieza y sería también la exigencia que el productor (un genial Christopher Walken interpretando a «El Bruce Dickinson») le hacía a unos Blue Öyster Cult liderados por Will Ferrell. Tal fue el éxito de la pieza que la expresión «more cowbell» se convirtió en uno de los primeros memes de la historia y ha llegado hasta nuestros días como un chiste popular en la lengua de Shakespeare.

Por supuesto, (Don´t Fear) The Reaper ha sido versionada de todas las maneras y colores. El inventario es casi infinito: desde el sacrilegio de unos Apollo 440 que la intentaron acercar a la electrónica con resultados cacofónicos, hasta el descafeinado punk para todos los públicos de Goo Goo Dolls, pasando por reinterpretaciones más sentidas que originales como las de Dave Matthews Band o My Morning Jacket junto a Wilco. Pero por encima de todos ellas destacan dos: la minimalista versión acústica de Gus Black, incluida por Wes Craven en Scream (1996) como evidente guiño al clásico de Carpenter; y la revisitación en clave de metal gótico de los fineses HIM, teclado y coro femenino incluidos, que para quien esto suscribe se postula directamente como una de las mejores versiones de la historia de la música.

Si tiene razón Buck Dharma, y sería maravilloso que así lo fuera, nunca dejaremos de disfrutar (Don´t Fear) The Reaper; una canción que, en todos los sentidos, está más allá de la vida y de la muerte.

Marcos García Guerrero

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