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Cinefórum CCCIV: «Berberian Sound Studio»

De un clásico italiano que gira en torno al cine dentro del cine, saltamos a una película que se ambienta, también, en el mundo del celuloide italiano; más concretamente en la producción de una película, aunque dentro de un tono y registros completamente distintos. En cierto modo, Berberian Sound Studio se puede leer como un homanaje al giallo (género o modo al que ya hemos prestado atención en nuestro cinefórum y revista). O quizás es todo lo contrario: una disección despiadada del mismo.

Peter Strickland es un director peculiar con tendencia a la experimentación formal, en el marco de una carrera en la que normalmente escribe, además, sus propios guiones. Desde su primer largo, Katalin Varga (2009), que ganó el Oso de Plata por su diseño de sonido, hasta la reciente Flux Gourmet (2022), que gira en torno a unos artistas conceptuales, el sonido (particularmente los sonidos del cine) parecen haber sido un interés común en todos los proyectos del cineasta. Berberian Sound Studio es un ejemplo muy depurado de dicho interés.

Gilderoy (Toby Jones) es un ingeniero de sonido británico, apocado y reprimido, que llega a los estudios Berberian que dan título a la película, en la Italia de los años 70. Llega a ellos para trabajar en una película de terror, The Equestrian Vortex. Solitario, aislado por las barreras idiomáticas (la mayoría de los diálogos son en italiano), la película gira en torno a un cierto fetichismo con el sonido y con el medio analógico de registro. Las cintas, los sonidos aislados de unas imágenes que nunca vemos (el único fragmento que se nos presenta de la película son sus magníficos títulos de crédito), sirven como conexión entra la ficción y la realidad, límites que se desdibujan constantemente con un inteligente uso de recursos narrativos y formales. Seguimos a los expertos en foley y al mismo Gilderoy destrozando verduras; vemos el rostro aislado de las actrices doblando a las múltiples víctimas del sangriento argumento en la cabina de grabación. Solo las cartas de su madre, que poco a poco van tomando un tono extraño, siguen conectando al protagonista con su vida anterior.

Sin una gota de sangre, sin un monstruo ni un asesino de negros guantes (aunque como nota visual, los técnicos sí que aparecen a veces vistiendo esa prenda icónica), la película crea un desasosiego creciente, una escalada de ruido que poco a poco se adueña de su historia, mientras las escenas del film dentro del film van volviéndose más y más sangrientas. No hay casi argumento que seguir: no hay grandes eventos externos ni un giro que lo resuelva todo de una forma lineal. Incluso cuando la película parece dirigirse a dicho clímax, este se nos escapa y disuelve. Es una muestra del talento de su director, y de un magnífico Toby Jones, que la película funcione más allá del puro experimento.

Berberian Sound Studio
Illuminations Films, Warp X

Los escenarios del estudio, sus pasillos casi burocráticos (que por momentos recuerdan a un hospital), sus salas de grabación, sus cabinas claustrofóbicas, el cartel luminoso de silencio que se adueña regularmente de la pantalla, crean una ambiente extraño en el que nunca se ve la luz del sol. Los escasos personajes parecen encerrados y enfrascados en tareas y conversaciones que apenas entendemos (aún más si se ve sin subtítulos, lo que incluye los diálogos sin traducir, en italiano). El productor de la cinta ficticia, Francesco (Cosimo Fusco) y el director, Giancarlo Santini (Antonio Mancino), actúan como pequeños tiranos, pasando de la amabilidad a la amenaza y de la simpatía a un lado oscuro del que las actrices, especialmente Silvia (Fatma Mohamed, actriz recurrente en la filmografía del director), son las víctimas predilectas.

Berberian Sound Studio es una película rara, depositaria de un terror (si se puede calificar así) en el que no pasa nada, pero que fascina por sus formas y, a veces, también por su impenetrabilidad.

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