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Miscelánea lovecraftiana y cthuloidea: «Un castillo alucinante» (Castle Freak, 1995)

A menudo, las adaptaciones lovecraftianas al cine han llegado por caminos sinuosos, por casualidades o, incluso, basándose en engaños. Es famoso que, en El palacio de los espíritus (The Haunted Palace, 1963) el listo de Roger Corman tomó la historia de El caso de Charles Dexter Ward, pero le puso el título de un poema de Edgar Allan Poe y lo metió en medio de su adaptación del texto. Aún más aleatoria es la historia de Un castillo alucinante (Stuart Gordon’s Castle Freak, 1995), un producto realmente barato que nos habla del escaso interés que despertaban los delirios cthuloideos en el cine a mediados de los noventa del siglo pasado.

A Stuart Gordon ya lo conocen todos los aficionados lovecraftianos. A él le debemos tanto Re-Animator (id., 1985) como Re-Sonator (From Beyond, 1986), dos de los acercamientos más conseguidos al universo de Lovecraft. También Dagon: La secta del mar (2001), por si acaso alguien se cree que todo el monte es orégano. Bien, pues el bueno de Gordon estaba un día en la oficina del productor Charles Band y vio un póster con una especie de Cuasimodo encadenado, recibiendo latigazos de una mujer. En letras grandes, podía leerse: Castle Freak. Le preguntó a Band por él y la respuesta fue que… bueno, había un castillo y había un monstruo, pero no tenían guion ni proyecto ni nada. Si lo quería, era suyo, siempre que mantuviese el monstruo y el castillo. Stuart Gordon estaba preparando Space Truckers: Transporte espacial (Space Truckers, 1996) y aceptó hacer la película por cuatro duros a cambio de poder elegir él mismo a los actores y tomar las decisiones sobre el corte final.

De ahí terminó saliendo una adaptación muy poco fiel de El extraño (The Outsider), un relato menor dentro de la obra de Lovecraft del que el propio autor renegaba en su madurez creativa por ser un ejemplo perfecto de su etapa de imitación de Poe. En él, un personaje cuenta en primera persona su salida de un lóbrego castillo; su periplo a través de un inacabable bosque sin cielo, único lugar que ha conocido en su existencia, trepando hasta la torre más alta que puede ver. Todo para descubrir que, en realidad, acaba de salir del subsuelo, introduciéndose en un castillo en el que hay una fiesta. La gente se horroriza y, ante un espejo, el protagonista descubre que es un monstruo. Entonces, huye de vuelta a la oscuridad… y fin.

El extraño es un relato corto que se ventila en apenas siete páginas. Sacar de ahí una película, como se puede entender, no es fácil. Calificar Un castillo alucinante de adaptación es, por tanto, muy generoso. De la historia de Lovecraft, se recogen el juego de los espejos, la idea de la cripta y poco más; sin embargo, hay que reconocer que existe un acercamiento al mundo del autor estadounidense en la concepción de la obra y que este incluye reminiscencias de obras del autor de Providence como Arthur Jermyn y otras narraciones centradas en la herencia y los terrores familiares.

Así, en la película, la trama reposa sobre el heredero de la fortuna de una rica mujer italiana que ha muerto repentinamente. A la anciana, la conocemos torturando al monstruo del que nos advierte el título original (Castle Freak). Pronto descubriremos que este es, en realidad, su propio hijo: le maltrató y desfiguró desde su nacimiento, tras ser abandonada por su marido (padre también del protagonista), que además escapó con su hermana pequeña.

Es fácil percibir el gusto por el culebrón que existe en el fondo de la trama. No obstante, no hay que olvidar que a menudo este tipo de historias esconde reflexiones más profundas. Las grandes sagas familiares, tan del gusto de la literatura popular y romántica, camuflan muchas veces un discurso muy clasista; perpetúan ideas conservadoras. La mera existencia de familias especiales se enfrenta a una concepción liberadora de la sociedad en la que todos puedan llegar a desarrollar su potencial sin importar su origen. Lovecraft, a estas alturas ya lo sabemos, era reaccionario incluso para su propio tiempo; no extraña demasiado, por lo tanto, su obsesión con la pureza de sangre y la herencia.

La película añade otra capa al drama familiar del protagonista: un accidente de tráfico causado por su padre, borracho al volante. En el suceso, el hijo pequeño del conductor resultó muerto y, su hija mayor, quedó ciega. Tras semejante trauma, no sorprende que el protagonista esté en crisis con su mujer y, en general, bastante desquiciado; algo exacerbado por los sucesos que tendrán lugar en el castillo Reilly, donde finalmente conocerá a su torturado medio hermano.

Un castillo alucinante

La película, en lo formal, trata de recuperar tics del cine de terror gótico italiano de los años sesenta y setenta. Se rodó en un castillo propiedad de Charles Band, en el que el propio Gordon ya había grabado unos años antes El pozo y el péndulo (The Pit and the Pendulum, 1993), aprovechando el decorado para darle al conjunto una cierta verosimilitud. En ese sentido, es notable como la realidad de la localización se convierte, al mismo tiempo, en una limitación y una virtud: lastra la libertad visual del director, pero, por otra parte, ancla la historia en el mundo real, ayudando a que todo resulte más mundano y aterrador.

Hemos comentado antes que una de las condiciones para hacerse cargo del proyecto por parte del director fue tener el control del reparto, algo que se tradujo en la presencia de dos figuras que son básicas para el cine lovecraftiano moderno. Como protagonista tenemos, cómo no, a Jeffrey Combs. Su rostro fue el de Herbert West en Re-Animator y sus secuelas; protagonizó Re-Sonator y tiene el honor de haber participado, en al menos, ocho adaptaciones de Lovecraft. Además, ha interpretado varios papeles en la franquicia de Star Trek. En el papel de su mujer encontramos a otra leyenda del cine de terror de los 80 y 90 como es Barbara Crampton. También está presente en Re-Animator y Re-Sonator y participó en el culebrón The Young and the Restless (id., 1973-), en que ha tenido apariciones en doce años diferentes.

Más curioso es el caso del resto de protagonistas. Ninguno de ellos ha llegado a tener una carrera notable salvo el italiano Luca Zingaretti, que aquí tenía un pequeño papel como agente de la policía y acabaría triunfando cuatro años más tarde interpretando al comisario Montalbano en, hasta la fecha, 37 películas para televisión. Sorprende también que la intérprete de la hija de la pareja, la actriz Jessica Dollarhide, desapareciese por completo del mundo del cine. Teniendo en cuenta que las cintas de terror solían ser una plataforma perfecta para lanzar una carrera, es extraño que una actriz llegara a ser el centro del póster de alguna de ellas y luego no siguiese en el negocio.

Un castillo alucinante es una película que sirve como estudio del estado del cine de terror en los estertores del sistema de producción de cintas directas para video que colapsó a lo largo de los años noventa. Los pequeños productores independientes que se aprovechaban de un mercado en alza fueron construyendo su propio ecosistema, en el que la capacidad de producir rápidamente lo era todo y la película podía construirse sobre la excusa más peregrina sin que eso tuviese por qué influir para nada en su distribución.

En el caso que nos ocupa, lo que vendía la película estaba claro: un monstruo en un castillo, algo que, por cierto, se perdía en la traducción del título. La razón de la existencia de la película se resume, al menos comercialmente,  en el maquillaje del monstruo. El resultado es más asqueroso que terrorífico: la obsesión sexual del torturado sirve al director como excusa para recrearse en alguna escena particularmente desagradable, mientras incluye algunos pechos y jovencitas en sujetador, como era menester por aquellos tiempos.

Existe, de hecho, cierta desconexión entre las dos bases de la película. Por un lado, tenemos una narración que se centra en la tragedia familiar, en la herencia y en una pareja que ha perdido toda conexión entre ellos. Por otro, un monstruo demente y desfigurado que asesina y acosa sexualmente con un toque casi festivo. De ese tipo de contradicciones pueden nacer grandes películas, cuando los dos componentes se mezclan y construyen un todo coherente; por desgracia para nosotros, Un castillo alucinante no lo consigue. Se queda en la superficie de sus propios temas y solamente se salva por su sinceridad. Porque sabe que la historia no debe alargarse en exceso.

Un castillo alucinante es una cinta muy menor, pero que sirve para poner en perspectiva lo que le sucedió a la ficción lovecraftiana en los años noventa. Aún no había llegado la reivindicación de los Mitos y, salvo Carpenter con En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994), siempre a contracorriente y entendiendo aquello de lo que hablaba, los delirios del de Providence parecían condenados a subproductos que utilizaban su nombre como reclamo comercial sin profundizar en sus temas. Esperaba en un purgatorio construido con cintas que no hacían honor a sus orígenes.

Ismael Rodríguez Gómez

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