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Cinefórum CCLXXXIII: «Tres colores: Azul»

Volvemos a saltar el charco y teñimos el cinefórum de esta semana de un azul francés que sustituye al maravilloso Red con que lo gozamos la jornada anterior. Con Tres colores: Azul cambiamos también de registro para sumergirnos en el mundo interior de una protagonista que navega en la tempestad del dolor mientras trata de encontrar la orilla antes de naufragar definitivamente.

El director polaco Krzystof Kieslowsky dirige este drama de 1994 encabezado por una pletórica Juliette Binoche, bien escoltada por Benoit Régent y un pequeño cameo de Julie Delpy.

Binoche interpreta a Julie Vignon, una mujer que pierde repentinamente a su esposo y su hija en un accidente de tráfico. La travesía por el desierto emocional que supone hacer frente a un hecho traumático como ese, es el argumento de esta historia en la que Kieslowsky nos da una clase magistral sobre recursos de comunicación cinematográfica más allá de la propia dirección de actores. Vignon, vulnerable, reniega de su vida anterior y busca un aislamiento en el que rumiar su pérdida para, poco a poco, reconstruir su existencia y volver a reconocer en el futuro una ilusión y unos objetivos por los que continuar caminando.

Kieslowsky pone su sello casi en cada secuencia, haciendo gala de un marcado estilo en el que se recrea en primeros planos (en donde Binoche brilla con luz propia) y en bodegones cotidianos que evidencian un preciosismo y una búsqueda de la belleza en cada mirada. El ritmo del montaje, con unos característicos fundidos en negro y estratégicos silencios, nos acercan más al dolor de la protagonista y a su proceso de curación.

Tres colores AzulLa forma de gestionar el dolor y encontrar en el arte y la creación un salvavidas para evitar el derrumbamiento nos remite igualmente a otras cintas más recientes como La juventud de Sorrentino o la oscarizada Drive my car, siendo aquí la recuperación de una composición musical inacabada el faro que guíe a Vignon hacia la orilla.

Tres colores: Azul recibió aquel año, 1993, el León de Oro veneciano y el Goya a mejor película de habla no hispana entre otros premios, dando inicio a una trilogía que se completaría al año siguiente, añadiendo  Blanco y Rojo, configurando así, un homenaje a la bandera y al pueblo francés, que tan bien había acogido la obra del director varsoviano.

Kieslowsky no dejó demasiado pronto, en 1996, a causa de un problema cardíaco repentino. Tuvo tiempo a legarnos una forma de mirar a través de la cámara con la que hace el cine, y por ende nuestra vida, más bellos.

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