Cinefórum CLVI: Las normas de la casa de la sidra

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Como en la actual ronda de nuestro cinefórum hemos optado por elegir alguna de nuestras películas favoritas, no debería sorprender a nadie que empiece este artículo afirmando que Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström; 1999) es uno de los últimos grandes títulos del siglo pasado. Más allá del éxito de público y crítica que cosechó en su día y que quedó coronado con dos estatuillas de la Academia (mejor actor secundario para Michael Caine y mejor guion adaptado para John Irving), la verdadera trascendencia de la cinta debe medirse, clasicismo formal aparte, en lo atemporal de sus planteamientos narrativos, invitación a un debate donde ética y moral se dan la mano.

Desde este prisma, el mérito de John Irving es doble: primero, porque la película está basada en su novela homónima; y segundo, porque fue el propio escritor el que adaptó magistralmente para la gran pantalla su dickensiana obra, repleta de personajes, tramas y temas entrelazados que fueron simplificados manteniendo (y en algunos aspectos incluso potenciando) sus principales logros sin alterar la peculiar esencia de la historia.

Así, esta historia nos sitúa en la Nueva Inglaterra de comienzos de los años cuarenta. Homer Wells (Tobey Maguire) es un huérfano que ha vivido siempre en St. Cloud, un orfanato de Maine. Rechazado por diferentes familias adoptivas, el doctor Larch (Michal Caine), director del centro, lo ha criado como a un hijo y le ha enseñado los secretos de la obstetricia con la idea de que sea «útil» y de que, llegado el momento, le sustituya en el cargo. Pero cuando Homer se acerca a la adultez comienza a cuestionar los métodos de su mentor y el destino que ha pensado para él. Homer quiere ver mundo, y el catalizador de ese deseo será la belleza de Candy Kendall (Charlize Theron) y la vitalidad de Wally (Paul Rudd), pareja que acude al orfanato y que le dará la oportunidad de una nueva vida más allá de sus paredes; concretamente en Cabo Kenneth, donde cosechará durante la temporada de manzanas y compartirá vivienda con otros trabajadores.

Desde el punto de vista narrativo, la cuestión del aborto emerge como el elemento vertebrador más evidente de la película: la acción comienza en un orfanato de Maine, último estado norteamericano en legalizar la interrupción del embarazo; tiene como protagonistas centrales a un obstetra que practica abortos ilegales y a su pupilo, quien se niega a realizarlos; y un aborto será el que propicie, tanto el abandono del orfanato por parte de Homer como su posterior regreso. Pero la historia de Irving va más allá: es también un relato de iniciación, un tour de force en el que Homer, como el Odiseo homérico al que homenajea su nombre, forja su educación vital y moral en un viaje de ida y vuelta que le ayuda a alcanzar la identidad que debe situarle en el mundo. Y sobre todo esto sobrevuela el asunto de las normas, claro.

Porque además de las obvias similitudes entre los sucesos que trascurren en Cabo Kenneth y St. Cloud, destaca sobremanera el subtexto que impregna a toda la narración y que ejemplifica, desde el título de la película, el papel colgado con las normas que deben seguir los trabajadores de la casa de la sidra: unas normas que no pueden cumplir porque no saben leer, pero, y sobre todo, porque no están hechas por ellos mismos, por lo que son totalmente inútiles al resultar ajenas a su realidad. Y de eso es precisamente de lo que Irving quiere hablar: de que la realidad nos empuja a menudo a sobrepasar las leyes, normas o costumbres establecidas cuando estas no tienen en cuenta las circunstancias de los afectados; de ahí que sean continuas los reglas infringidas por los protagonistas (desde el aborto hasta la infidelidad, pasando por el asesinato, la drogadicción, la falsificación o la mentira) ante la inevitable complicidad del espectador.

Pero además de los méritos literarios del guion, Lasse Hallström dota a la cinta de una inspiradísima narración visual llena de sugerentes metáforas, y que es enriquecida a su vez por la preciosa fotografía de Oliver Stapleton y la emotiva banda sonora de Rachel Portman. El reparto, por su parte, funciona a todos los niveles, destacando sobre manera un Tobey Maguire que parece haber nacido para hacer del entrañable Homer Wells, y un Michael Caine al que después de verle encarnando al Doctor Larch ya será difícil de separar en nuestro recuerdo de un personaje tan peculiar y entrañable.

Habrá quien, cargado del cinismo casi inevitable de nuestros días, vea hoy en Las normas de la casa de la sidra un ejercicio de buenismo excesivamente melodramático. En ese sentido, hay que entender película y novela como una sentida y honesta puesta al día de la mejor narración dickensiana, aquella que busca a través de los sentimientos despertar nuestra conciencia. ¿O acaso no necesitamos todos sentirnos príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra?

 

Marcos García Guerrero

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