Cinefórum CLXII: Berlín Occidente

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Continuamos nuestro ciclo siguiendo la pista de otra gran diva del cine y sin abandonar, además, la dirección de Billy Wilder. Si anteriormente vimos a una Marilyn radiante en La tentación vive arriba, Wilder nos invita ahora a admirar a una misteriosa y magnética Marlene Dietrich en una época en la que ya era considerada como una de las grandes mujeres del cine.

Berlín Occidente cuenta la historia de un grupo de senadores norteamericanos que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, acude a Berlín para evaluar la cuestionada moral de las tropas estadounidenses. Sospechando que un militar de alta graduación mantiene relaciones con una cabaretera alemana de dudosa reputación ideológica (Dietrich), la senadora Phoebe Frost (Jean Arthur), adalid de la moral y el puritanismo, investigará el caso con la ayuda del capitán John Pringle, sin saber que él es el amante que busca (en todos los sentidos).

Wilder realiza en esta cinta todo un ejercicio de malabarismo formal y estético. Tomando como escenario un Berlín devastado por las terribles atrocidades de la guerra y en el que sus habitantes luchan por sobrevivir entre los escombros y el mercado negro, el director propone una historia que mezcla el enredo amoroso, la trama de suspense, el musical y una muy fina comedia, socarrona por momentos, cargada de un ácido humor negro que sonrojaría a más de un norteamericano de la época. Por otro lado, la película no está exenta de un cierto aire documental, ya que, además de estar rodada en parte en el mismo Berlín, en 1948, Wilder contó con material cedido de la productora Universum Film AG (UFA), emblemáticos estudios cinematográficos alemanes en los que Dietrich había dado sus primeros pasos en el cine sonoro con El ángel azul.

Ese bailar de géneros hace que también el ritmo de la película sea irregular, creando en ciertos momentos un poco de confusión al espectador, sin que ello sea en ningún momento sinónimo de aburrimiento. Por otro lado las intervenciones musicales de Dietrich, tres canciones acompañadas de un piano de exquisito gusto, aderezan con precisión y sin excesos una trama que, aunque algo recargada de ingredientes, deja un buen sabor de boca.

Resulta sorprendente que una película así pudiera hacerse solo tres años después de terminar la guerra y usando además, como telón de fondo, una ciudad destruida que fácilmente aún albergaba muchos muertos bajo sus escombros. Si acaso, la cinta se alzó en su momento como un reconstituyente que distrajo la vista y la mente del dolor sufrido, como un bálsamo que intentó aliviar y mitigar las cicatrices de una sociedad traumatizada por la guerra y que quería mirar hacia adelante. Billy Wilder lo consiguió, construyendo por el camino un relato que se tambalea entre la propaganda gubernamental y un irónico juego de espejos de la moralidad y contradicciones en los que la sociedad norteamericana se podía ver, para bien y para mal, claramente reflejada.

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