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Cinefórum CXI: La última noche de Boris Grushenko

Difícil tarea la de continuar una obra maestra del humor británico más inteligente como A vida o muerte. Por eso, por lo arduo de la empresa, cruzamos el Atlántico para pedir ayuda a uno de los mejores representantes de la comedia anglosajona contemporánea, y lo hacemos además aprovechando la interesante premisa de una muerte que se resiste a llegar por más que la fatalidad del destino haya dictado su sentencia. Hablamos de Love and death (1975) de Woody Allen, que en España, por eso de traducir de aquella manera los palabros en inglés ya mucho antes de la existencia de Google Translate, conocemos como La última noche de Boris Grushenko.

Rodada en la explosión de deslumbrante frescura que fueron los años setenta del pasado siglo para el director neoyorkino, a medias entre sus primeras y desternillantes cintas (Toma el dinero y corre, Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar…) y su consagración como cineasta total (Annie Hall, Manhattan), y aún lejos de la fábrica de insípidos churros en los que se ha convertido su filmografía en los últimos tiempos, la quinta película de Woody Allen es el epítome perfecto del satírico cine de los comienzos de su carrera.

Boris Grushenko es un joven ruso que se ve obligado a acudir a la guerra contra la Francia napoleónica. Por supuesto, eso es lo último que desea el alter ego de Allen (anacrónicas gafas incluidas); no solo porque se define como un pacifista convencido, sino porque además es un cobarde patológico obsesionado con la muerte y con el amor de su prima Sonia (Diane Keaton), a la que teme no volver a ver. Sin embargo, el campo de batalla le convertirá en héroe de guerra involuntario, lo que cambiará su vida para siempre.

Con un ritmo frenético (especialmente durante la primera mitad de la cinta) sustentando en diálogos irresistibles y sketches tronchantes, y plagada de referencias culturales cruzadas, La última noche de Boris Grushenko trasciende su aparente espíritu de película menor para convertirse en el mejor testimonio de lo que ha hecho grande a Woody Allen: su capacidad para exponer, a modo de cínica psicoterapia, las vicisitudes existencialistas del ser humano bajo el prisma de lo absurdo.

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