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«El año pasado en Marienbad» y una muerte a la francesa

Considerada una de las más perfectas realizaciones de Alain Resnais y una de las películas más importantes de la Rive Gauche, El año pasado en Marienbad (L’Année Derniére à Marienbad, 1961) fue catalogada como obra maestra desde que se proyectó en Venecia en el año 1961. Allí se llevó el León de Oro del festival, además de una nominación a mejor guion en los premios Óscar y otros galardones. Y es que esta película tan puramente metafórica y cuya estructura supuestamente fue inspiración para Origen (2010), de Christopher Nolan (aunque el director dijo que vio la película justo después de haber terminado la suya) se mantiene enigmática hasta su acto final, donde realmente podemos ver la naturaleza de sus personajes principales.

Pero muchas capas componen la película, lo que lleva al espectador, sobre todo en sus primeros veinte minutos, a encontrarse completamente perdido en un barroco hotel. Sin embargo, es imposible quejarse mucho de perderse en un escenario tan bellamente compuesto, con una fotografía que casi podría verse colgada o pintada en sus paredes. De hecho, las varias veces que se detiene la acción (para mayor dramatismo y atemporalidad), se aporta tanta rigidez a la imagen en movimiento que sentimos que el resto de los habitantes del hotel no están ahí, como dice el narrador; que son todo salas y pasillos vacíos, que todas las habitaciones son iguales, salvo la de ella, esa mujer «casada». Delphine Seyrig interpreta a la protagonista, una mujer que parece haber olvidado al hombre que trata de persuadirla para que se fugue con él y que insiste en que ambos se conocieron un año antes en los jardines de Marienbad.

Y es que si algo consigue la película es que tanto el espectador como el narrador terminen olvidándose de los detalles de lo que ocurrió hace un años en aquel lugar… «(…) No, ni siquiera yo lo recuerdo», dice él en una ocasión, a través de la magnífica interpretación de Giorgio Albertazzi.

De esta manera también surge una de las preguntas que nos atropellan durante el visionado de este relato partido: ¿quién es ese hombre? Y, a pesar de que nunca se nos confirma del todo de quién se trata, parece más que evidente que este hombre misterioso no es sino la Muerte, que trata de llevarse a la mujer con él. Pero no es hasta el final cuando se nos revela que la mujer le pide esperar un año (de ahí el título de la película) y él enuncia una de las frases (y escenas) que más convencen de su identidad: «Me pediste que no volviéramos a vernos. Naturalmente, volvimos a vernos. Al día siguiente, o al otro, o al siguiente. Tal vez fuese por casualidad. Te dije que tenías que venir conmigo. Me dijiste que era imposible, naturalmente. Pero sabes que es posible y que ya no puedes hacer otra cosa». Así, la película prácticamente consiste en el acto impasible de este hombre misterioso que trata de hacer recordar a la mujer su promesa de irse con él.

Por otra parte, resulta curioso que el marido de ella (Sacha Pitoëff) parece, en cambio, mantener siempre a raya al desconocido, retándolo a un juego de mesa (esto recuerda a la partida de ajedrez entre el caballero y la Muerte de El séptimo sello -1957-, de Ingmar Bergman) y ganando siempre, a pesar de los reiterados intentos del hombre misterioso por ganarle. Consigue, de esta manera, evitar irse de Marienbad, justo al contrario que su mujer.

El año pasado en MarienbadPuede que sea la música tenebrosa casi constante, la realización meticulosa y calculada de Renais o el montaje, que salta entre un año y otro en ese extraño (casi congelado en el tiempo) hotel, pero hay algo magnético en la película que empuja a todo aquel que la ve a saber si realmente la mujer conseguirá recordar lo que pasó el año anterior en Marienbad y si se irá con el hombre. Por ello, cuando llega el final de la película y todos los invitados, menos ella, están viendo la función que aparece al principio de la historia, imaginamos el desenlace. Más aún cuando, tan francesa y ecléctica, hace acto de presencia esa Muerte de esmoquin, grandilocuente, narradora y ominosa. Se cierra la película entonces con la imponente imagen de todo el hotel y sus jardines, de noche, mientras se oye como «a primera vista parecía imposible perderse en él. A primera vista. Pero, a lo largo de los senderos rectilíneos, entre estatuas inmutables y losas de granito, tú ya estabas perdiéndote para siempre en la noche tranquila, a solas conmigo».

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