Cinefórum CXXXVI: El tren

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Si en el anterior cinefórum nos fijábamos en la figura de uno de los grandes artistas de la historia, en esta ocasión recogemos el testigo artístico y volcamos nuestra mirada en el arte en sí y en sus innumerables connotaciones como testimonio inigualable de la cultura y naturaleza humana. El tren (1964) de John Frankenheimer, es nuestro invitado cinematográfico de esta semana.

De las frustraciones de Hitler (dos veces rechazado por la Academia de Bellas Artes de Viena) y de la vinculación nazi entre el discurso estético y el político, surgió en Alemania, ya en tiempos pre-bélicos, el concepto de Arte degenerado (Entartete Kunst), expresión con la que se describía peyorativamente a todo el arte contemporáneo («no alemán, judío o comunista») en contraposición al loable arte «heroico» que vendría a condensar los valores tradicionales del Tercer Reich. Bajo esta premisa, incluso antes de su llegada al poder, el Partido nazi comisionó exposiciones vanguardistas para ridiculizarlas y, una vez a los mandos del Estado, se puso en marcha una omnipotente e inmisericorde máquina propagandística y represiva que hizo cristalizar una pesadilla digna de Ray Bradbury: se quemaron obras, se despidieron a docentes y se sancionó y asesinó a artistas.

Así, no es de extrañar que el camino nazi por Europa viniese acompañado de un saqueo masivo de obras de arte; expolio que, paradógicamente, no trajo tanto hogueras inquisitoriales como manos largas que vieron en el robo del arte incivilizado una fuente infinita de ingresos, a la par que una humillación (otra más) hacia los conquistados. Robándoles a sus Matisse, Picasso o Van Gogh, no solo estaban consiguiendo potenciales fuentes de ingresos, si no que estaban extirpando y menospreciando parte de la identidad cultural de los pueblos invadidos.

Si Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) se articulaba narrativamente en base a la inverosímil premisa (pero comprensible desde el punto de vista emocional) de la búsqueda del único de los cuatro hermanos supervivientes en el campo de batalla europeo, el film de Frankenheimer encuentra su leitmotiv en la intercepción de un tren cargado con obras de arte que, en los últimos coletazos de la presencia nazi en París, el coronel Franz Von Waldheim (Paul Scofield) intenta hacer salir de la ciudad rumbo a Alemania. En este caso, además, la ofensa es doble, porque como sabe el espectador desde la primera escena de la película, Von Waldheim es un enamorado silente de ese arte abominable.

El Tren nos narra la epopeya de varios miembros de la Resistencia francesa (encabezados por el siempre sensacional Burt Lancaster) que están dispuestos a sacrificar su vida en una misión que, a ojos de muchos, puede parecer una insensatez suicida. La caída de las potencias del Eje es inminente y en ese tren, a fin de cuentas, solo viajan unos cuantos lienzos pintados. Sin embargo, y como defiende esclarecedoramente uno de los personajes al comienzo de la película, el robo del patrimonio nacional de Francia es la quintaesencia del oprobio nazi. Atentando contra su arte, se está atacando por última vez a los valores más profundos de su civilización.

Por eso, porque el guion de Franklin Coen y Frank Davis (ganador de un Óscar) consigue posicionar el arte y a sus innumerables connotaciones filosóficas y morales subyacentes como eje vertebrador de las motivaciones de los protagonistas, la premisa evita el peligro de convertirse en el mero Macguffin de un sobresaliente film de acción (que lo es), y acaba convirtiendo a El tren en una metáfora atemporal de la dignidad y de la cultura humana. Porque, como diría Ernst Fischer, no sabemos para qué sirve el arte, pero sí sabemos que es absolutamente necesario; necesario para emocionarnos y necesario para expresarnos y comunicarnos a través de él, convirtiéndose en el desencriptador más certero de los arcanos de nuestra existencia.

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