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Cinefórum LXXXIII – «Norma Rae»

Toda acción tiene su reacción, y si bien es cierto que Estados Unidos se ha convertido en un referente del capitalismo más salvaje, no es menos cierto que en algunos momentos también ha representado la lucha más encarnizada por la defensa de los derechos y la dignidad de los trabajadores. Baste recordar que el 1 de Mayo, día internacional de los trabajadores, homenajea a los mártires de Chicago, aquellos sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados por participar en las huelgas impulsadas para demandar la jornada laboral de 8 horas. Esta semana viajamos desde el Turín de finales del XIX hasta el sector textil de Carolina del Norte de los años 70, en busca de otra muestra de cine social inspirado en la lucha de los trabajadores.

Norma Rae (Martin Ritt, 1979) es una rara avis dentro del cine comercial norteamericano, por la claridad con la que relata un conflicto sindical en el seno de una gran empresa y la importancia de las mujeres y su implicación dentro del movimiento que genera. Es, además, una película amable en la forma, pero corrosiva en el fondo: a pesar de no recrearse en escenas duras (más bien todo lo contrario, está grabada como si de un drama costumbrista se tratara), los diálogos y la trama muestran la dureza y la exigencia que supuso para los protagonistas mejorar sus condiciones laborales. Es algo que puede apreciarse cuando Norma Rae tiene que contarles a sus hijos todas las miserias de su vida pasada para que no tengan que oírlas a través de unos extraños cuya única intención es desacreditar a su madre. Si no puedes atacar el mensaje, desacredita a la persona que lo promulga. Regla básica de la propaganda.

Del mismo modo, nos encontramos con una narración totalmente entregada a la historia, sin ningún sello de autor reconocible: una grabación totalmente aséptica que no encuentra ataduras emocionales con ningún personaje y parece no involucrarse con los hechos que acontecen. Es una forma de narrar una historia basada en hechos reales que quizá no necesita que nadie nos posicione en un lado u otro. A pesar de ello, el ritmo de la película es impecable, y los ciento trece minutos de película fluyen de forma sosegada pero imparable. Lamentablemente, además, todo lo que nos cuenta la película está de rabiosa actualidad: los problemas que los trabajadores de una fábrica textil tenían hace cuarenta años siguen resultando vigentes en una sociedad como la actual.

Lo mismo ocurre con la mayoría de los males que aquejaban por entonces, y aquejan, al movimiento obrero: aquí encontramos obreros abducidos que miran con recelo cualquier protesta que aspire a mejorar sus condiciones de vida; la dificultad de los sindicatos para llegar hasta los trabajadores más humildes; las artimañas de la patronal para enfrentar a los trabajadores entre sí; la conveniencia entre poder económico y poder político; el conservadurismo de una Iglesia que no quiere perder su estatus… En Norma Rae encontramos, en definitiva, un canto al feminismo pero también a los sin nombre y sus dificultades. Algo a lo que otros pusieron mejores palabras que nosotros, como hizo Bobby Sands en El ritmo del tiempo:

Hay algo interno en cada hombre,
¿sabes lo que es, amigo mío?
Ha soportado los golpes de un millón de años,
Y lo hará hasta el final […].
Se encuentra en cada rayo de esperanza,
no conoce límites ni espacio.
Ha crecido en rojo y negro y blanco,
está ahí en todas las razas.

Se encuentra en los corazones de los héroes muertos,
grita a los ojos de los tiranos,
ha llegado a la cumbre de las montañas,
atraviesa ardiente los cielos.

Ilumina la oscuridad de esta celda de prisión,
atruena su fuerza,
es el pensamiento indescriptible, mi amigo,
ese pensamiento que dice: ¡Tengo razón!

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