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Cinefórum XXIV: Grupo salvaje

Si la semana pasada veíamos una película surcoreana que homenajeaba el spaghetti western de Sergio Leone, esta vez viajamos en el espacio-tiempo para recibir al genuino y original western crepuscular.

En el año 1969, en Parras de la fuente, al noroeste de Durango (México), se gestó uno de los westerns que dividió a la crítica a partes iguales, a imagen y semejanza de su director, Sam Peckinpah. Y es que Grupo Sslvaje puede ser recordada como una película ultraviolenta, escupiendo todos los litros de sangre que durante más de treinta años las vaqueradas se habían olvidado de mostrar. Antes de Tarantino, Peckinpah ya se había encargado de hacer de la violencia un arte, recreándose en las escenas de acción e incorporando técnicas de rodaje hasta entonces prohibidas (como la cámara lenta) para sacar el máximo jugo a la acción desmedida.

Pero no ver más allá de la sangre sería quedarse en la superficie de todo lo que el director quiere contarnos. Grupo salvaje nos muestra el fin de una época, de unas vidas, de unos códigos. Un lejano oeste sin moral, sin romanticismo, sin piedad. Arranca la poesía de los westerns clásicos y traslada la belleza a la violencia, mostrando un panorama más humano, es decir, más cruel, más amoral, más brutal.

El grupo salvaje está liderado por un fantástico William Holden, que, ayudado por su situación personal, con problemas de alcohol y lejos de sus mejores momentos de galán cinematográfico, encarna a la perfección a un viejo pistolero, Pike Bishop, que siente como su tiempo ya ha pasado. El contrapunto a su amargura lo pone Ernest Borgnine, impecable como Dutch, su amigo inseparable. El grupo perseguidor lo lidera Robert Ryan, interpretando a Deke Thornton, un cazarrecompensas que, en el pasado, trabajó con Bishop.

El fin de una época (principios del siglo XX) corre paralelo al de los forajidos, que huyen hacia el sur conscientes de que no tienen cabida en este nuevo mundo que está naciendo. La muerte les espera, pues adaptarse no es una opción. A pesar de la ausencia de moral e ideales del grupo salvaje, Peckinpah se pone en todo momento del lado de estos perdedores, mostrando como asesinos implacables e inmorales a los supuestos representantes de la ley: los hombres del ferrocarril y los cazarrecompensas, personajes totalmente despreciables.

Una película sucia, polvorienta, sudorosa, decadente, pero que supera en belleza a todos esos westerns con sheriffs incorruptibles, grandes ideales y sentimientos puros. Si alguna vez ha querido sentir cómo hubiese sido vivir como forajido durante los últimos estertores del salvaje oeste, no busque sueños; quédese con la realidad incómoda y brutal de Grupo salvaje.

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