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Crónica de un año atípico

2020 ha sido un año atípico. Seamos suaves y dejémoslo ahí. No vaya a ser que por decir que ha sido una puta mierda, dañemos la sensibilidad de quien sea que esté al mando de este caos y nos venga de vuelta un regalito en forma de hostia. No estamos para jugárnosla. Un año atípico, sí; pero perfecto en cuestiones de reloj. Nunca antes habíamos vivido una situación que, como esta, nos empujase tanto a dedicarnos a nosotros. A descubrir, a volver a cosas cubiertas de polvo y a rehacer aquello a lo que ya habíamos puesto punto y final. Nunca. Durante los meses que duró el encierro (una expresión, por cierto, tan simpática como tétrica) habitamos un mundo en el que la inmediatez y el fervor de la urgencia se rendían ante el aquí y ahora. Un break, nunca antes visto, en el que las prisas eran solo recuerdo y el tiempo era, de alguna manera, un poco más nuestro.

Desde tiempos inmemoriales se dice eso de «hay de todo en la viña del señor». Es evidente que, ante situaciones sobrevenidas como esta, la manera de afrontarlas (o, mejor dicho, de sobrellevarlas) depende de uno mismo y de sus circunstancias. Durante esos ya inolvidables meses que comenzaron allá por marzo, habrá quienes habrán devorado libros, quienes habrán redecorado al detalle cada rincón de la casa, quienes habrán agotado la lista de series recomendadas y quienes habrán descubierto que el sofá no era tan cómodo como pensaban. También quienes habrán aborrecido canciones que consideraban eternas. No todo podía ser bueno, evidentemente. El punto es que, sin excepción, durante ese tiempo nos permitimos el lujo de escuchar un poco más a esa voz que todos tenemos anidada dentro, entre ceja y ceja. Una vez disipado todo el ruido de la obligatoriedad que entraña el exterior, nos quedó la libertad del yo, mí, me, conmigo. Algo que, para los que han sabido (y podido) aprovecharlo ha sido cojonudo.

Es posible que haya quienes no se reconozcan, ni siquiera un poco, en los supuestos anteriores. De nuevo, la vida no es una ciencia exacta. Habrá quienes no se plantean ni de lejos reflexionar sobre lo que, para ellos, ha sido este año; que solo desean cerrar los ojos y abrirlos cuando el carrillón del imponente reloj de la Puerta del Sol esté descendiendo con imponente notoriedad. No será de mi boca de la que salgan absurdas y típicas frases como «después de la tormenta siempre sale el sol» para consolar un año que a todos nos ha venido demasiado grande. Pero, lejos de moralismos, sí romperé una lanza a favor de convertir algo de este año en un recuerdo al que de vez en cuando queramos volver. Porque algo siempre queda. Ese libro que nos quitó el sueño, esa serie que nos dejó del revés, esa canción que terminó por convertirse en una especie de refugio. Algo.

Dicen que el mundo es de los valientes, así que, por practicar eso que algunos llaman romper el hielo y eso otro (tan de madre) de predicar con el ejemplo, seré la primera en dejar por escrito una pequeña muestra de lo que, para mí y en clave de descubrimiento y aprendizaje, ha sido este año.

Prólogos, venid a mí

Por algún motivo que desconozco, nunca he sido demasiado amiga de los prólogos de los libros que leo. Puede que, por capricho del destino o de la más pura casualidad, los prólogos que se han sucedido ante mis ojos desde que dejé de leer a Geronimo Stilton con seis años, se han antojado demasiado pedantes como para no aborrecerlos. Una sucesión de palabras inconexas salidas de la pluma de un sujeto x que, en muchos casos, no había siquiera leído la obra a la cual daba paso. También un espacio en el que muchos otros tipos, encantados de haberse conocido, en un alarde de absurdo narcisismo, vomitaban palabras para vanagloriar su propia persona. Algo todavía peor. Ante eso no hay disimulo posible.

No. Nunca he sido prólogo-friendly. Y, no me pregunten por qué motivo, parece ser que la vida no estaba de acuerdo con mi postura. Todos sabemos que disfruta irrumpiendo sin aviso en nuestra cómoda lista de percepciones y gustos para ponerla patas arriba. Por eso de que, según dicen, nada dura eternamente. Ni los gustos. Por ese motivo la vida vino a cazarme a mí este año. Lo hizo a través de las letras de Elena Medel, que prologan el texto teatral Los amores diversos de Nando López. Comienza así: «Las palabras salvan. Las palabras se engarzan una con otra y otra con la una, y construyen un refugio (las palabras se tocan) y allí, bajo las palabras, entre las palabras, huye de la intemperie quien las pronuncia y quien no las olvida. Las palabras nos duelen. En el centro del pecho, justo donde señalan las enciclopedias que nos late el corazón, lejos de la piel que la costumbre dicta, y nos duelen en la nuca, allá donde nos acariciaron, allá donde reflexionaremos si nos duele, porque duele. Las palabras que escuchamos nos duelen, y las palabras que compartimos nos duelen, y nos duelen también (igual) las palabras que se nos ocurren y que nunca decimos. Sucede todo esto con las palabras. Que las escribimos para que siempre nos acompañen. Que las leemos para estar menos solos».

Después del preámbulo de Medel, que antecede (por cierto) a una auténtica delicia de texto, me reconcilié con los prólogos. Firmé una especie de compromiso con la oportunidad. Entendí que no darla es abandonar antes de empezar. Y eso no está bien. Hemos venido a jugar. Desde entonces, lejos de la expectativa de que todos los prólogos resuenen en mi cabeza de la manera en la que lo hizo Lo que hacen las palabras, reconozco que me he llevado más de una sorpresa.

Nota: Lean los prólogos. En el desordenado y magnífico caos que son los prefacios de los libros, se encuentran auténticas maravillas. No rehúsen la oportunidad de encontrarlas.

Segundas oportunidades sí, cheques en blanco no

Hay quienes dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Una afirmación, cuanto menos atrevida. Básicamente porque generalizar, pocas veces se traduce en acierto. Me atrevería a decir que este año ha sido el año de los prefijos. El de los de repetición concretamente. El año de releer, de rehacer, de revolver. El año, también y pese a los que las contrarían, de dar segundas oportunidades. Por lo menos en mi caso.

No sé si por curiosidad o aburrimiento volví a finales de abril a Música de cañerías de Bukowski. Lo había aparcado a finales del año anterior, poco después de comprarlo y tras leer no más de veinte páginas. Por aquel entonces, no consiguió despertarme absolutamente nada. Sin embargo, con el segundo intento, mi mente confinada disipó ese desapego inicial para dar paso a la adulación más absoluta. Pasear con los ojos por las letras de la obra, fue un baile íntimo de sensaciones y emociones. Uno que nunca antes había experimentado a nivel literario. Fue entonces cuando comprendí que leer es mucho más que una simple actividad mecánica; que implica mucho más que unir letras en la cabeza y sacarlas por la boca convertidas en palabras. Para leer un libro hay que estar preparado. Sí. Lo jodido es que no existe una tabla de ejercicios para llevar a cabo esa preparación, como quien se entrena para correr una maratón. En este caso se está o no. La mayoría de las veces es una cuestión de tiempo. Nuestras apetencias, elecciones y preferencias varían según el momento. Ya sea por el estado anímico, la situación personal o la motivación vital del momento. Sea por lo que sea, el caso es que para cada momento existe un libro que tiende a encajar más que el resto. Porque crea una especie de sintonía con lo que somos al leerlo. Por ese motivo hay libros que (dejando a un lado los motivos relacionados con la propia calidad literaria de los mismos) no se olvidan jamás. Por lo que experimentamos al adentrarnos en sus letras, por lo que cambió en nosotros después de hacerlo.

Es por eso que he decidido abanderar las segundas oportunidades. Porque, a veces, las cosas no están destinadas a ser en un momento determinado pero sí en otros. Porque, de alguna manera, los libros también nos leen a nosotros y saben discernir con acierto cuando es su momento.

Sin embargo, ojo, porque los intentos tampoco deben ser eternos. Hay libros que, sea por el motivo que sea, no encajan en nuestro puzle. Y no pasa absolutamente nada. De hecho, es lo normal. Si todos estuviésemos compuestos de las mismas piezas, seríamos aburridos bancos de peces nadando en círculos, incapaces de explorar otros caminos. No lo duden jamás, la diversidad nos enriquece. Además la vida, señores, es demasiado corta como para detenernos en exceso en cosas que no disfrutamos. Si tras un par de intentos, nada se mueve, quizás sea hora de probar otros vientos.

En relación a este asunto, ocurre (a mi parecer) una cosa horrorosa: la consagración colectiva de ciertos clásicos. Sí. Me refiero a ese selecto grupo de obras erigidas generación tras generación como auténticos prodigios de las que nadie puede dudar. Confieso que es algo que me enfada (y eso que consumo con asiduidad ese tipo de obras). La literatura está para despertarnos algo dentro, para conjurarnos, reflejarnos, acompañarnos y enseñarnos. Para hacernos bailar, disfrutar y sentir. Para viajar. Poco importa el nombre del libro o del autor que consiga hacernos tocar todo eso. El punto es lograrlo. Si, sea por el motivo que sea, una obra considerada un portento universal no lograr despertar nada en nosotros, ¿por qué estamos obligados a perpetuar esa idea de brillantez? En más de una ocasión, gente cercana a mí, cuyas lecturas conozco, ha alabado en público alguno de estos clásicos, soltando las típicas ñoñerías redichas de manual polvoriento. Gente que, evidentemente, ni siquiera había leído las obras en cuestión. No alcanzo a comprender el por qué. Es como si la superioridad de esas obras se tratase de una especie de verdad universal, que debe ser pronunciada incluso por aquellos que no tienen ni idea de qué hablan; desconozco si por algún tipo de presión social hacia aquellos que nadan a contracorriente de los gustos típicos o que ni siquiera nadan o, simplemente, por estupidez. El caso es que ocurre. Abundan aquellos que, por ejemplo, creen que escupir un par de frases sobre uno de esos clasicazos es una buena demostración de intelectualismo. O que piensan que hacerlo les otorga un aire cool capaz de abrir bocas. No sé cuál es el punto, pero sí que esa idea de obligado sentir unánime nos hace más daño que bien. Es triste. Las obras son lo que nos hacen sentir a cada uno de nosotros de manera individual. El valor de un libro no puede ser jamás un patrón común a todos, resumible en un par de conceptos. Eso es solo paja.

Por poner un ejemplo, yo, que tengo a Márquez en un pedestal, no he podido con Cien años de soledad. Lo he intentado en tres ocasiones y no he pasado de la página número cien. La gente me hace sentir como un extraterrestre cuando lo digo. «No he podido terminar Cien años de soledad». Caras de asombro y ojos que se clavan. «Alguien a quien no le guste Cien años de soledad no puede apreciar la buena literatura», he llegado a escuchar en alguna ocasión. De nuevo, he ahí nuestro error: categorizar todo cuanto hacemos. Algo que lejos de favorecernos, nos limita y, en muchas ocasiones, cancela. Nadie es mejor o peor lector por leer según que cosas. Lejos de lo que la costumbre nos ha obligado a creer, los clásicos no son fórmulas maestras capaces de abrirnos a todos como puertas. Son obras que, como todas, pueden gustar y también no hacerlo. La riqueza está precisamente ahí, en que no todo es para todos. Hay cosas que no nos entran y punto. No es un alegato a favor de tachar como malas obras a ciertos clásicos, sino a favor de tener la libertad de poder decir lo que nos gusta y lo que no, en alto, sin condicionantes de ningún tipo.

Al forzarnos a algo solo nos exponemos a rompernos; algo que en este caso se podría producir en la pérdida del interés por la lectura. Hay cosas, repito, que no están destinadas a entrar en ciertos huecos. Leer es algo personal, por eso deberíamos huir de todas esas arquetípicas y aburridas imposiciones. Porque la relación con los libros es íntima, las voces ajenas sobran.

Nota: den segundas oportunidades, a veces solo es cuestión de cambiar la perspectiva; pero jamás otorguen cheques en blanco. La vida es demasiado corta. Lean lo que les apetezca y, si no les gusta, tómense la libertad de decirlo. Sí, aunque forme parte del grupo de los incuestionables. Permítanse el lujo de nadar a contracorriente. Siempre.

resumen 2020

Las recomendaciones para quien las quiera

Es evidente que este año también ha sido, por antonomasia, el año de las recomendaciones. O quizás, mejor dicho, el de comenzar a tachar todos esos puntos pendientes de una lista (más larga que las tablas de Moisés), en la que con cierta desgana convivían todas esas series o películas que en algún momento alguna voz había pronunciado antes de proseguir con un «no te la puedes perder».

Es curioso lo mucho que escuchamos a los demás y lo poco que nos escuchamos a nosotros mismos. La larga lista de material audiovisual consumido durante los meses de confinamiento, es, en último término, una elección de otros. Por lo menos en mi caso. Da para pensar. Puede que nuestro caminar sea demasiado frenético como para reparar en estas cuestiones, pero es algo digno de estudiar. Ese boca a boca en el que, en los últimos tiempos, entra todo cuanto consumimos, ese boom que alcanzan ciertos productos; nos ha empujado irremediablemente a un círculo cerrado en el que casi todos (por no decir todos) nos vemos obligados (sin saberlo) a consumir lo mismo. Una especie de fiebre contagiosa que hace que a todos nos corra por la sangre una sed similar. Ya sea por moda, por la recurrente necesidad de estar conectado a una realidad común a los demás o simplemente porque sí. El caso es que ocurre. Por eso llenamos listas de series y películas recomendadas por ver. Porque, de alguna manera, el respaldo de la colectividad que trae consigo nos convence de que es, en cierto punto, una especie de deber. Que, ojo, no quiere decir que esté mal, pero, a veces, hay que saber apartarse de las carreteras convencionales, transitadas por la multitud, y optar por los caminos de cabras. Alejarse del ruido y explorar nuevas vías. Fue lo que, tras teñir de rojo el eterno repertorio de pendientes y dejar el contador a cero, me enseñó este 2020. Si se tratase de una persona imagino que habría pronunciado algo como: «Déjate de tanta recomendación y descubre tú misma. Ahí fuera hay muchas cosas que merecen la pena». Por poner un poco de fantasía a todo esto, vaya.

Está claro que las recomendaciones deben seguir rondando. Sin ellas, reduciríamos lo que consumimos a pura carcasa conceptual, incapaz de adquirir la dimensión poética que las cosas alcanzan cuando se comparten y se pronuncian en alto. Lo que hace falta es, ni más ni menos que saber escapar de ese círculo de vez en cuando. Explorar, descubrir y transitar nuevos caminos.

Este año, mi particular camino de cabras, mi personal y mayúsculo descubrimiento, ha sido la serie estadounidense The Sinner. Una frenética odisea que me dejó literalmente sin aire. Una de esas maravillas poco comunes (y también poco comerciales).

Nota: consuman series y películas. Llenen listas de recomendaciones y jueguen a tacharlas. Háganlo, pero no se olviden de sí mismos. Apuesten por descubrir, ir y venir. Permítanse ser caminos de cabras.

Nada es eterno

Si algo he aprendido por excelencia este año, es que nada es para siempre; ni siquiera las canciones. Nada. Este año he aborrecido canciones que pensé que jamás podría, que creí que resonarían siempre de la misma manera. Y resultó que no. Otro lección del 2020. Las canciones no son eternas. Ahora sé que nada lo es.

He reflexionado mucho sobre ello y, pensándolo bien, ¿querría alguien realmente que eso fuese así? Este año me ha enseñado que la gracia está en el instante. En eso que se escapa entre los dedos. Intentar conservarlo para siempre es tan utópico como absurdo. Las canciones son instantes. Los que pasamos escuchándolas y a los que volvemos cuando lo hacemos. Las canciones son refugios. Propios, en los que escapamos sin escapar. Y también medicina. Hay canciones capaces de curar. «Vivir sin música sería un error» que diría un tal Nietzsche. Por eso las canciones no pueden ser eternas, porque perderían la esencia circunstancial y momentánea que las caracterizan. Porque, de esa manera, dejarían de ser lo que son.

Con las canciones pasa como con los libros, abrazamos unas u otras dependiendo del momento. Y sentimos esto o lo otro al escucharlas en función de lo mismo. Encontramos sentidos nuevos, a veces. Cambiamos, y la música lo hace con nosotros. Las canciones se suceden, nos aprietan, nos sueltan, vienen y se van. Dan sentido al momento, uno a uno. Por eso no hay ni una sola canción capaz de mantenerse impenetrable en todo momento, capaz de hacernos vibrar siempre con la misma intensidad. Porque las canciones, como nosotros y como todo, dependen de millones de cosas a la vez.

Sí existen las canciones comodín, esas que rotulamos como favoritas, esas a las que volvemos cada cierto tiempo, que tienen algo. Que nos mueven por dentro de una manera especial. Pero no las eternas. Porque en este circo enajenado en el que todo pasa y cambia a un ritmo demasiado frenético, nada lo es. La gracia esta ahí, solo hay que saber buscarla.

Recopilo aquí mi lista de comodines de este 2020. Una por cada mes de este año tan peculiar:

  • High Hopes de Kodaline.
  • My life de Billy Joel.

  • You´re somebody else de Flora Cash.

  • Song to Woody de Bob Dylan.

  • I guess that´s why they call it the blues de Elton John.

  • Summertime de Louis Armstrong y Ella Fitzgerald.

  • Somethin´stupid de Frank y Nancy Sinatra.

  • Saint Dominic´s Preview de Van Morrison.

  • To build a home de The Cinematic Orchestra.

  • Just the two of us de Grover Washington Jr.
  • Ain´t no sunshine de Bill Withers.

  • Angie de The Rolling Stones.

Nota: existen pocas cosas como la música. No existen canciones eternas, pero sí una eternidad de canciones. Escuchen, esto y lo otro, coleccionen momentos con buenas bandas sonoras de fondo; momentos a los que quieran volver el día de mañana. La música nos define, no dejen nunca de escucharla.

2020 ha sido un año atípico. Motivo de más para quedarnos con lo bueno. Para obligarnos a conjurarlo, en un ejercicio de geometría perfecta. Es lo menos que podemos hacer, porque, por encima de todo, estamos aquí para contarlo.

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