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Disparando a matar al mensajero – 30 de noviembre

En la guerra de Gaza están muriendo más periodistas que en todas las guerras y conflictos del mundo juntos. Los están matando las bombas israelíes: 57, según el Comité para la Protección de Periodistas, que incluye a los cuatro libaneses caídos en la frontera de su país con Israel. Al primer periodista libanés lo mataron después de hacer una larga emisgión en directo. Se llamaba Issam Abdallah y tenía una amplia experiencia en cubrir situaciones violentas y extremas. Por eso iba con casco, chaleco, todas las señales posibles en su vehículo, y además una acreditación de Reuters, la mayor agencia del planeta. Israel le disparó dos obuses para matarlo.

En el Líbano hay un Sindicato Alternativo de Periodistas porque el oficial no hace caso al oficio y mira para otro lado cuando los matan, como a Issam. O a los tres periodistas de la televisión Al-Mayadeen, también asesinados desde el lado israelí de la frontera con premeditación y alevosía: estaban en el punto exacto desde el que otros compañeros habían estado emitiendo: agencias y medios internacionales y locales. Todos sabían quiénes eran, no se podían confundir con milicianos de Hezbollah, y por eso mismo los mataron. «Era la mejor de su generación y es un crimen de guerra», dice una amiga de Fatah, que tenía 25 años y murió por algo más que un pedazo de tierra.

A los periodistas los asesinan por informar. Ocurre en Gaza a niveles de masacre, y en el Líbano con una impunidad que sólo se puede combatir por carta. Eso me dice el abogado Farouk el-Moghraby, que subraya que ni el gobierno, ni la fiscalía, ni el ejército del Líbano protegen a los periodistas. Y recuerda que tampoco serviría de nada procesar a Netanyahu, porque los dos países son enemigos. De ahí que escriba cartas: a la ONU, a la Corte Penal Internacional, con la esperanza de que algún país active una orden judicial que ponga fin a los crímenes impunes. «Ningún poder es para siempre», dice también la periodista Elsy Mojarrej. La esperanza es patrimonio de la derrota.

En Beirut hay apagones todas las noches a las nueve. Son breves, si hay suerte de contar con un generador. Son comunes en Hamra, popular barrio de la capital libanesa donde no parece que el país tenga gobierno provisional ni cientos de miles de pobres. «Todos los libaneses somos millonarios», me dice Sahar, porque las libras libanesas valen tan poco que en un bolsillo cualquiera se cargan millones. Con eso pagan las familias de mujeres veladas, o liberadas, de jóvenes con el pelo rapado y tupé. El generador les permite ver Al-Yazira y otras teles que les cuentan su verdad. Creen en el periodismo si les libera del talón de hierro y les da la oportunidad de levantar los ojos.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3.

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