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«El caballero verde» y las leyendas que fueran o no reales

Resultaría difícil trazar los caminos de la épica sin una leyenda que desdibuja los límites de lo real y lo relatado como lo es aquella que habla de un rey britano llamado Arturo; un rey valiente y magnánimo seguido de sus honorables caballeros de la mesa redonda, entre los que encontramos a algunos como Lancelot, Percival o el protagonista de una macabra historia navideña, Gawain. Aunque no han sido pocas las adaptaciones cinematográficas que han tratado de versionar o representar en la gran pantalla a estos personajes (puede que ninguno jamás lo hiciera o lo haga como Sean Connery en El primer caballero de 1995), en El caballero verde (2021) de David Lowery encontramos una historia no muy conocida de los poemas épicos, protagonizada, precisamente, por el joven caballero Gawain. Una película que, desde la primera escena, nos deja claro que nos adentramos en un mundo fantástico y retraído a su pasado cuando la voz en off narra, sobre la imagen de un Gawain coronado y ardiendo, una introducción al mundo en verso épico.

De hecho, la fotografía del filme y la representación de Patel son tan abrumadoras que, sumadas a la estética que Lowery arrastra desde A Ghost Story (realista y, en su justa medida, tétrica), hace realmente triste el hecho de que no se haya podido disfrutar esta joya cinematográfica en los cines españoles. Y es que cuando te introduces en el mundo de leyenda de El caballero verde, lo haces en un todo presentado de forma milimétrica, centrado y con unas luces que, aunque anacrónicas (como señalaba Andrew Droz Palermo, director de fotografía de la película), la dotan de un clasicismo y formalismo que casa con el ambiente antiguo y caballeresco mucho mejor que el de otras grandes producciones que lo llenan de pompa y boato.

La estética ha sido lo más destacado de David Lowery desde sus comienzos con películas como En un lugar sin ley (2013), protagonizada por Casey Affleck (actor con el que el director repetiría en otros dos filmes más, la citada A Ghost Story y The Old Man and the Gun). De hecho, en todas estas cintas podemos entrever una apariencia cuidada y delicada, tanto para representar la vida y memoria de un lugar desde la perspectiva de un fantasma, como para hacer una oda a las películas de atracos (acompañados de un espectacular Robert Redford) meticulosamente capturada en una nostálgica película a color de 16 mm. Y, si es cierto que El caballero verde palidece un poco en comparación con sus predecesoras, cuentos más humanos y cercanos, no deja también de enmarcarse en un género del todo separado a lo que habíamos visto antes de la mano del director. Pues si el filme tiene todas las características del poema épico, es posible que esa magnificencia oscura (y propia de la época) no consiga trasladarse del todo en términos de la historia, a pesar de aferrarse con todas sus fuerzas al viaje del héroe y al giro final alternativo que tanto parece abundar en la cinematografía de hoy en día.

Pero puede que lo que realmente más destaque en la película de Lowery sea la forma en que confunde al espectador a la hora de saber si sus elementos fantásticos son reales o soñados. Algo así como en la auténtica leyenda artúrica. En el momento en que Gawain se reta con el Caballero Verde en la cena de navidad, al comienzo de la cinta, esta se convierte en epopeya antes siquiera de que Gawain emprenda su aventura. Es, de hecho, a partir de este momento cuando el joven caballero se introduce en la madriguera del conejo y todo aquello que sucede en las tierras británicas, ya sean gigantes, asaltantes de caminos o casas abandonadas pobladas de fantasmas, está tan distorsionado como un caballero podría relatarlo o como un trovador podría adornarlo. Por su parte, el aura neoclásica destaca con un fuerte arraigo en el pensamiento religioso del medievo, como demuestra el primer plano de la película que, para situar la escena en la navidad cristiana que empapara esa Britania, recrea o simula la marcha a Belén de José y María, seguida del despertar de Gawain a los gritos y ecos de Christ is born!; además de que no es, si no en la elipsis que lleva de una navidad a otra, transcurrido un año, cuando se representa una función infantil que cuenta las aventuras del joven caballero. Lo que nos demuestra de nuevo como Lowery trata de dejar patente la intención que tiene esta historia de saber lo que es.

Como nota y apunte final, cabe decir que puede que el momento en que este límite es más tangible, haciendo realmente dudar al espectador de si la fantasía de la película es real, sea el encuentro de Gawain con los gigantes. Aquel en que estos son la representación de un enorme valle que hace eco de los gritos del caballero. ¿Realmente son los gigantes los que perpetúan la voz de Gawain en sus enormes distancias o es la naturaleza de las montañas? Así, esta, como otras muchas aventuras que recorremos hasta llegar a la Capilla Verde, nos hace dudar de la certeza y lo imaginario en el mito y la épica.

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