Arte y Letras

Miscelánea lovecraftiana y cthuloidea: «Estrellas oscuras» de Lonnie Nadler y Jenna Cha

Existe un mundo lovecraftiano más allá de Lovecraft. Siempre ha existido. Ya nos lo dijo Rafael Llopis en 1969, cuando, con la primera edición del seminal Los mitos de Cthulhu de Alianza, abrió el camino al horror cósmico en España. En esa catedral cthuloidea se hablaba ya de los precursores, que además siempre han sido fáciles de localizar gracias a los ensayos del propio autor de Providence, que entre otras cosas nos legó su monumental El horror sobrenatural en la literatura. Allí tenemos una buena lista de autores a los que acudir para ir construyendo un nuevo terror que se escape del mero mimetismo a lo lovecraftiano.

Ese profundo pozo del que beber es al que acuden Lonnie Nadler y Jenna Cha en Estrellas oscuras, una miniserie de cómics originalmente publicada en los Estados Unidos por Vault y traída a España por Editorial Hidra como un tomo único. En ella se habla del viaje iniciático y liberador de una joven, Eulaine Dubois, en el Canadá de 1887, huyendo de su familia, que pretende casarla con un cazador al que no conoce. En su huida aceptará un encargo ocasional en el que debe entregar una caja en un lejano pueblo, llamado simplemente El Pueblo del Norte del Bosque, que se encuentra más allá del Cinturón Verde.

La acción se sitúa en las cercanías del Lago Hudson, con referencias a lugares reales como Rat Portage. Este lugar, llamado actualmente Kenora, es clave para poder ir construyendo la red de referencias que siempre tejen las obras lovecraftianas. En Estrellas oscuras se sitúa como el origen de unos personajes claves en la parte central de la trama, pero también como la referencia geográfica más cercana a la casa de la protagonista y uno de los lugares de paso de un secundario clave. El secreto está en que aparece también como referencia geográfica en en uno de los relatos de mayor importancia dentro de la configuración de los Mitos de Cthluhu: El Wendigo, de Algernon Blackwood.

Este escritor inglés tuvo una vida tan inabarcable como las historias que contaba. Hijo del encargado de una oficina postal, viajó por Canadá y por los Estados Unidos en su juventud, fue granjero, director de un hotel, periodista, profesor de violín… Y también miembro de la Orden Hermética de la Aurora Dorada y, por lo tanto, un ávido estudiante del budismo y el ocultismo. Nacido en 1869, no sería hasta su vuelta al Reino Unido cuando empezó a escribir ficción, debutando en 1906, a la edad de treinta y siete años, con The Empty House and Other Ghost Stories, su primera recopilación de relatos de terror. Le seguirían muchas otras, además de varias novelas, tanto infantiles como para adultos, y una buena cantidad de obras de teatro. Moriría en 1951, a los ochenta y dos años, habiendo sobrevivido a Lovecraft doce años y pudiendo ver como su Wendigo se convertía en el Ithaqua de August Derleth en 1941.

Su literatura de terror se centraba en buscar el sentimiento de asombro más que el susto. Ya en El Wendigo se puede ver como los sucesos, pese a ser terribles e impactantes, se narran de una forma que abre puertas a otro mundo que no comprendemos. La historia de unos cazadores diletantes procedentes de Escocia, que parten de Rat Portage en busca de alces acompañados de unos guías nativos, se termina convirtiendo para uno de los extranjeros en un viaje al terror y lo incomprensible en un estudio del horror que producen las grandes extensiones vacías del norte de Cánada, esos bosques sin fin azotados por el frío viento del norte.

En Estrellas oscuras el pequeño pueblo al que acude Eulaine no tiene nombre, pero su tienda se denomina Blackwood’s General Store. Así, todo indica que en la escritura llena de facetas de Lonnie Nadler vamos a pasearnos por la geografía mental de Algernon Blackwood, al tiempo que veremos como ese mundo se va enriqueciendo con más referencias. De este modo, Eulaine lee La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe antes de que estalle la acción, ayudando a establecer la idea de que estamos ante la historia de un viaje, de un descubrimiento constante y enloquecido.

Otro aspecto muy importante para entender la manera en que Nadler y Cha van construyendo la historia de Estrellas oscuras es su idea de que estamos ante los escritos de la protagonista del relato, que nos va narrando sus peripecias desde el futuro, con esa prosa que solamente funciona cuando el terror se apropia de ella, permitiendo jugar con la psicología interna de la narradora y, por qué negarlo, también con el engaño al propio lector. Una estrategia que a su cumbre en el centro de la narrativa, cuando Eulaine encuentra el diario que ha dejado atrás su precursor en la historia, el inspector de la H. B. Company Arthur Janner.

La Hudson’s Bay Company fue, durante aproximadamente dos siglos, la concesionaria y el poder monopolista en un territorio que actualmente ocuparía toda la región de Manitoba en Canadá, así como parte de las de Saskatchewan, Alberta, Nunavut, Ontario y Quebec y algunas regiones de Minnesota, Dakota del Norte, Montana y Dakota del Sur. Todo ese territorio ya no pertenecía a la corona británica en 1887, cuando nuestra historia tiene lugar, pero a pesar de ello aquí se percibe el poder decreciente de la H. B. C., así como la novedad que suponen el nuevo gobierno y la nueva capital en Ottawa.

Ese inspector, Arthur Janner, debe precisamente estudiar el estado de los asentamientos de la compañía, que está estudiando si debe abandonar definitivamente el negocio de las pieles para centrarse en otras empresas más beneficiosas. Por eso se pasea por unos territorios casi salvajes en los que todavía podría encontrarse con historias de una lejana ciudad en el norte, un lugar que nadie visita desde hace años pero que supuestamente prospera gracias a la abundancia de la caza en la región. Estamos ante una de esas últimas fronteras sobre las que se edificó gran parte del terror de finales del siglo XIX y principios del XX, como lo fue la Antártida para H. P. Lovecraft en En las montañas de la locura.

El hecho de que se reproduzcan varias páginas del diario de Jenner, con una narrativa propia que ilumina a la del cómic pero, al mismo tiempo, es independiente del mismo, nos recuerda recursos empleados por Alan Moore y Jacen Burrows en su obra Providence, también relacionada con los Mitos de Cthulhu. Se trata de una elección arriesgada y que puede romper el ritmo de la narrativa, pero que funciona gracias a que evoca la literatura que el cómic trata de emular o, al menos, referenciar.

Ya hemos indicado que la historia se construye como un viaje iniciático, un rito de madurez que tiene todo tipo de referencias. Así, nos encontramos con una visión bastante positiva de los seres de los Mitos, aunque sea aprovechando que se representan como mestizos. Esto tiene más sentido de lo que parece si reflexionamos en torno a la problemática de los métis en Canadá, esos nativos que tienen sangre tanto de las primeras naciones como de europeos y a los que, de hecho, pertenece la protagonista de Estrellas oscuras. De este modo, podemos ver como los Mitos siguen creciendo, que se pueden dar adaptaciones que pueden resultar extrañas dentro de su ortodoxia más firme, pero que adquieren todo el sentido con el transcurrir del tiempo.

No es menos curioso el episodio de los tramperos en la abandonada cabaña del Cinturón Verde. Aquí estamos ante un momento que nos recuerda a los apartes narrativos de obras como Apocalypse Now Redux (id., 2001), con esa familia francesa que subsiste en una plantación en mitad de la nada. También se permiten los autores meter una pequeña referencia a la mismísima Caperucita Roja, jugando con la aparición del trampero en mitad de la nieve y la respuesta de Eulaine. En todo caso, es cierto que se trata de un encuentro que no aporta tanto como otros a la trama y que, sin embargo, debe ser visto como importante en el desarrollo de la protagonista, puesto que debe abandonar a su paquete y enfrentarse al hecho de que la humanidad puede ser tan aterradora y demencial como este.

También se une a la mezcla de referencias el tramo final, en el que conoceremos El Pueblo del Norte del Bosque. Aquí podemos aprovechar el tuit del propio escritor en el que define la obra como «un viaje de folk horror cósmico». Y es que algo de folk horror hay, efectivamente, en ese pueblo aparentemente feliz que realiza extraños rituales y que parece existir fuera de nuestra dimensión. Por momentos, nos vemos trasladados a imágenes dignas de El hombre de mimbre (The Wicker Man, 1973) o la más reciente Midsommar (id., 2019), en una muestra más del rico maridaje que puede darse entre el horror cósmico y el folk horror.

Gráficamente, el trabajo de Jenna Cha resulta tan efectivo como interesante a lo largo de todo el relato. Apenas hemos tratado los momentos más psicodélicos del relato, aquellos en los que la narración deja lugar al lucimiento visual, con un notable éxito en el intento de representar en las páginas lo inimaginable. El dibujo de Jenna Cha recuerda aquí también, y no es casualidad, al de Jacen Burrows en la ya mentada Providence. Como este, no busca resultar bonito sino efectivo; y lo consigue en todo momento.

Mención especial merecen también los momentos de soledad y de silencio en los que la dibujante pretende transmitirnos la grandeza de la naturaleza, su vasta existencia. En este sentido, es de gran ayuda el color de Brad Simpson, que consigue una paleta apagada y terrosa que transmite perfectamente el frío del norte. Estrellas oscuras no busca en casi ningún momento epatarnos, pero a menudo consigue que nos tengamos que detener en alguna página para disfrutar de sus resultados y, sobre todo, de las soluciones narrativas que encuentra.

Estrellas oscurasEstamos ante una obra que, en definitiva, busca expandir el espacio del terror a base de unificar diferentes corrientes. Partiendo del horror cósmico se tienden puentes hacia la narrativa de la supervivencia, hasta el punto de que podemos vislumbrar una influencia de El renacido (The Revenant, 2015) en algunos momentos; pero también hacia el folk horror y la revisión de las fábulas clásicas. Todo ello está aquí bien mezclado para crear una nueva narración que permita que el terror se vaya reconstruyendo y no pierda su vigencia. Tal vez no estemos ante una obra maestra, porque en ocasiones se acusa una pérdida de ritmo y el final resulta difuso y apresurado. Es algo que podemos achacar a una ambición que impide al conjunto engarzar la multitud de elementos a la perfección, pero encuentra un camino a seguir de cara al futuro; una manera de entender el terror que solo podemos esperar que sea explorada a conciencia. Su capacidad para aunar las diferentes influencias y erigir un nuevo edificio que nos cobije solo podrá darnos futuras alegrías.

Ismael Rodríguez Gómez

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