Pablo Batalla: «Existe un falso individualismo que busca la admiración del colectivo: hoy el caminante mira a cámara y sonríe dándole la espalda a la montaña»

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Pablo Batalla Cueto es historiador de formación, periodista y escritor de profesión, y también caminante siempre que puede. Busca en las montañas aquella forma de vida lenta, cada vez más propia de nuestros antepasados que de nosotros mismos. Para pensar en ese cambio, ha publicado con la editorial Trea La virtud en la montaña. Vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista, un ensayo sobre el abrazo del oso que la sociedad que hemos creado da incluso a las cumbres más recónditas.

Tu libro trata, esencialmente, de la evolución que el montañismo y el alpinismo han tenido dentro del marco capitalista. ¿Cuándo comenzó ese proceso de penetración de lo económico en la montaña?

Relación del capitalismo con el montañismo siempre existió, porque, de hecho, es el capitalismo el que posibilita el surgimiento del montañismo tal y como lo conocemos. El alpinismo nace vinculado a una determinada clase que tiene tiempo libre y dinero para viajar, y viaja a los Alpes y a otros lugares. Pero de la misma manera que el capitalismo, las energías que el capitalismo libera, generan el socialismo como una especie de parto, también se crean las condiciones para que ese discurso socialista reivindique que esas condiciones se extiendan y no sean solo para unos pocos.

A partir de ahí, es evidente que el capitalismo tiene fases, que ha ido cambiando. Ahora estamos en una fase de capitalismo neoliberal y de turbocapitalismo; de un capitalismo acelerado vinculado a una serie de cosas, como la estandarización del transporte de mercancías, que ha hecho crecer muchísimo el tráfico internacional.

También cambian las propias clases altas. La vieja aristocracia era una clase opresora con respecto a la cual se establecía toda la lógica de la lucha de clases, pero que tenía una determinada formación, un determinado ethos, una manera de ver el mundo que tenía que ver con el interés por la cultura, con una cierta idea de desprendimiento y de rechazo de la usura y el utilitarismo, etcétera. La burguesía ya es de por sí distinta: toda esa filosofía de el tiempo es oro, el ahorro… Pero, pese a todo, durante mucho tiempo hay una burguesía que tiene interés genuino por el arte y la cultura. Los Rothschild y otros son coleccionistas y mecenas; mecenas sinceros que financian el arte por amor al arte y no con criterios de inversor que espera réditos. La cuestión es que hoy también esa burguesía culta desaparece y la nueva, que rige el mundo, pensemos en un Mark Zuckerberg, es furibundamente utilitarista; ya no deja nada fuera de esa lógica del gastar dos y ganar tres.

Hablas del viejo patriotismo vinculado a aquellas clases altas. Un patriotismo que, por supuesto, defendía sus intereses de clase, pero que prescribía la necesidad de conocer el territorio propio para poder amarlo. ¿Era aquel patriotismo más sincero que el actual?

Yo creo que sí. Se tenía la idea de que para amar la patria había que conocerla, había que explorarla. Unamuno, a quien cito en el libro, decía: «No, no ha sido en libros, no ha sido en literatos, donde he aprendido a querer a mi Patria: ha sido recorriéndola, ha sido visitando devotamente sus rincones». La lógica era buscar la esencia de la patria en los rincones más apartados, en los rincones rurales. Aquella gente, a finales del siglo XIX, principios del XX, no buscaba el paisaje deshabitado, como tendemos a hacer hoy, sino el habitado; se buscaban las montañas y a la gente que vivía en ellas y que, precisamente por vivir más aisladas, eran las personas que, se entendía, habían conservado más prístinamente la esencia nacional. Cito a Maurice Barrès, que se refería a ese paisaje habitado como una especie de depósito histórico de la esencia de la nación, y creía que por mucho que una potencia extranjera conquistase aquellos lugares, no podría arrebatar esa esencia decantada a lo largo de los siglos. Yo creo que ese interés era genuino y que era un interés peligroso, incluso prefascista si quieres, pero que era un interés sincero. Y no, hoy no es así.

Entonces, ¿cuáles son los intereses de las grandes figuras mediáticas del alpinismo actual? En tu libro dedicas todo un capítulo a Kilian Jornet, en el que no pareces encontrar nada sincero…

Kilian Jornet, de todo lo que acabamos de hablar, nada. El mínimo discurso político que tiene es un discurso muy simple, muy poco elaborado: dice que quiere un mundo sin políticos. También tiene un mínimo discurso ecologista, pero es un discurso ecologista falaz. En la práctica, aunque él no lo diga así, es un anarcocapitalista.

Para mí, el momento más representativo de la figura de Jornet sucedió una de las veces que estaba escalando el Mont Blanc, que es una montaña relativamente fácil de subir, pero con un peligro: el tiempo cambia brutalmente rápido. Empiezas a escalar con un día estupendo y te entra el mal tiempo de golpe. Él fue a subirla lo más ligero posible, dentro de su lógica de ascender y descender lo más rápido que pueda; obviamente, cuanto más cargado vas, subes y bajas más lento. Fue en pantalones cortos y con una camisetita. Total, que yendo así, te cambian las condiciones y te joden. A él le pasó con su novia, Emelie Forsberg, y automáticamente llamó nada menos que a la Gendarmería de montaña. Toda una institución del Estado; de ese papá Estado en el que no cree. La épica del Robinsón Crusoe autosuficiente y heroico quedó bastante comprometida.

El fenómeno Jornet, además, crea imitadores, un fenómeno fan de personas que no tienen su nivel físico y mental, pero quieren hacer lo mismo que él: subir y bajar montañas lo más rápido posible, lo más ligero posible. Y ya ha habido casos de gente que ha desaparecido y la encuentran días después al fondo de una grieta, porque resbalaron en el hielo con sus playeros, y aparecen muertos en pantalones cortos. Las autoridades de la zona de Chamonix veían cada vez más casos de este tipo y, después de años cargando contra la filosofía de Jornet, crearon una lista con el equipo que exigen a quienes quieren subir al Mont Blanc. Ahora se inspecciona la mochila de quienes quieren subir. Pues bueno, Jornet se burló de la medida compartiendo una foto que se había hecho en bolas en la cumbre del Mont Blanc haciendo el signo de la victoria, o algo así, y poniendo algo injuriosamente bromista…

No obstante, el montañismo es menos transversal en nuestra sociedad que el running (porque no es lo mismo correr que practicar running), y es aquí donde se perciben más claramente los efectos del consumismo en el deporte.

Sí. En relación con esto hay una reflexión que yo me topé al final del proceso de escritura del libro, y la metí a toda prisa porque me pareció muy interesante: la tesis de David Brooks sobre los bobos, ni hippies ni yuppies, como nueva clase alta del mundo. Él acuña ese término, bobo, como un acrónimo de bohemian bourgeois, bohemio burgués, y explica que en un momento dado hay una clase alta hippie que maneja un discurso de conexión mística con la naturaleza, de desprendimiento, de salir de la lógica utilitarista… Al final, era un discurso muy memo; la crítica que ya conocemos que se hace contra los hippies y que es certera. Pero en algún momento al menos creyeron sinceramente en todo eso. Más adelante aparecen los yuppies, que son eminentemente urbanitas y ferozmente competitivos y desprecian el mundo natural o no les interesa lo más mínimo. Bueno, los bobos, dice Brooks, son una especie de mezcla de esas dos élites anteriores. Recuperan una cierta conexión con la naturaleza, pero sin esa filosofía del desprendimiento que tenían los hippies. Vuelven a ella, acuden a ella, hacen alpinismo y practican deportes de aventura, pero no buscando una conexión mística sino convirtiendo la naturaleza en una carrera de obstáculos que esperan que demuestre que merecen su posición social. Obstáculos artificiales. Si hay una vía fácil y una difícil para subir a una montaña, suben por la difícil, etcétera. Funciona una especie de neodarwinismo social por el cual, si superas esos obstáculos, demuestras que eres mejor que los demás y que mereces la posición alta que ocupas en la jerarquía social.

Eso, por la parte de la élite; pero en una lógica más de andar por casa, creo que la gente que hace running encuentra en ello también una épica; les demuestra que valen. Hay una figura, y con esto no quiero ser cruel y de hecho no lo he metido en el libro porque es solo una intuición que tampoco tengo muy medida y no quería ser ofensivo gratuitamente; pero hay una figura que yo me he ido encontrando y que es una persona con una vida que podríamos considerar anodina, mediocre, y que de repente encuentra en el running la épica vital que le falta. Se construye una identidad en torno al running y sus redes sociales son una alusión constante a eso: a las carreras que hace, a los kilómetros que recorre… Hay todo un mundo de aplicaciones que registran tus rutas y toda una serie de parámetros numéricos: el desnivel que has hecho, los pasos que has dado, las calorías que has gastado, qué se yo. Y la gente comparte esos parámetros con orgullo en sus redes. ¡Mira cuántas calorías he gastado! ¡Mira cuántos kilómetros he corrido! ¡Mira en qué poco tiempo lo hice!

¿Está desplazando ese perfil al del viejo corredor o montañero? ¿Crees que hay personas que han dejado de salir a correr, han dejado de ir de excursión a la montaña, de la misma manera huyen del ambiente que se impone en los gimnasios?

De hecho, el monte se ha convertido o se está convirtiendo en una especie de gimnasio gigante. Hay una religión moderna de la ascesis de la que el gimnasio es el templo, y el monte se está convirtiendo en la versión gigante y al aire libre de ese templo. El montañero que corre desplaza al que anda. La velocidad se impone sobre la no velocidad. Yo tengo experiencias personales de ello: por ejemplo, subiendo por el camino a Vega Urriellu, en los Picos de Europa, por el camino de Collado Vallejo. Es un camino estrecho y con una caída grande a un lado y pared al otro, y un día que estuvimos por allá en verano teníamos que andar apartándonos y parándonos cada dos por tres para que pasara un tipo que iba corriendo. Otra experiencia reciente, esta subiendo a unos montes que se llaman los Fontanes, en el macizo de las Ubiñas, y por los que hay que ascender una canal muy vertical y con mucha piedra suelta que se llama la Canalón del Buey. Hay que subir con mucho cuidado y se recomienda subir con casco para que no te caigan piedras encima. Pues bueno, hace poco, en octubre, estábamos bajando por esa canal y de repente pasan dos tíos, además de cierta edad, unos cincuenta años, vestidos con sus mallas fosforito y tal, que bajan corriendo, soltando unas piedras enormes. Se imponen. Primero ellos y su reto, su desafío, y luego los demás, y si te cae una piedra, te jodes. El running impone su presencia.

Hace poco me contaban miembros del Club Vetusta de Oviedo que en una excursión por Soria habían discutido con unos runners porque resultaba que iban a hacer andando la misma excursión que ellos hacían corriendo. Había una carrera organizada, discutieron y los runners argumentaban: «Oiga, es que nosotros hemos pagado». Su presencia era prioritaria porque habían pagado; porque habían alquilado aquel camino para hacer su carrera. Entre caminantes no hay ese problema. No es exactamente que cuantos más caminantes sea mejor, pero unos caminantes no discuten con otros ni los desplazan porque sientan que el camino les pertenece. El running sí desplaza a los otros.

Yo, personalmente, soy un dominguero del monte: solo me gusta ir cuando hace sol, cuando no hace demasiado frío ni viento y hay suficientes horas de luz. Pero si tuviera que citar qué me anima a madrugar para ir a la montaña, dudaría seriamente entre las vistas y la comida. El disfrute del banquete de la cumbre. Hoy, sin embargo, parece que muchos han pasado del queso y el vino al sobre de gel…

Sobre la primera parte de la pregunta, lo cierto es que el montañero tradicional también prefiere el monte en los días buenos, porque el sol es lo que te posibilita la vista, el disfrute tranquilo de todas las posibilidades que la montaña ofrece. El runner prefiere o no ve con fastidio las condiciones duras porque, como te decía, gusta de ponerse obstáculos. Y mira, a mí una cosa que me gusta del montañismo es que las excursiones de cierta dificultad, efectivamente, te obligan a superar obstáculos. A diferencia de otras actividades en las que te puedes dar la vuelta cuando encuentras uno, aquí tienes que seguir, y eso es una enseñanza vital importante. Una crítica que me hacen a veces cuando digo esto es que con ello me contradigo, porque el runner busca precisamente superar obstáculos. Pero es que una cosa es superar obstáculos y otra ponérselos artificialmente, buscarlos adrede.

En cuanto a la comida, sí, el runner quiere alimentos que le proporcionen el mayor número de nutrientes posible en el menor tiempo posible y le permitan arañar más segundos al cronómetro. No come disfrutando de la comida, sino que se concibe como una máquina que necesita rellenar el depósito. Para ellos, la comida es una función lamentablemente necesaria y procuran cubrirla de manera rápida, barata y efectiva. Usan gominolas como de astronauta, geles y así. Como decía Mumford, vivimos en una civilización de la máquina; el mundo se está convirtiendo en una gigantesca máquina y nosotros, en vez de poner las máquinas a nuestro servicio, nos ponemos al servicio de ellas y, de hecho, nos convertimos en ellas.

Yo, en el libro, dedico un capítulo a la comida y reivindico el disfrute de la comida, que además en el monte es mayor: el esfuerzo te hace disfrutarla más y no solo la disfrutas, sino que hablas de ella, la compartes con los amigos con los que vas y hay un juego de sinestesias entre el disfrute de la vista y el de la comida. Se vuelven paralelos, se aglutinan. Te comes el paisaje y admiras la comida.

A pesar de ello, los geles son, efectivamente, más eficientes ¿No se corre el riesgo con este discurso de despreciar el progreso que nos permite superarnos?

No, claro, yo no soy tecnófobo, ni un amish. Hay avances que están muy bien. El goretex, por ejemplo. Ves unas botas de hace cincuenta años y te entran los siete males: enormemente pesadas, calaban… Y yo no niego el mérito de superarse, sino la necesidad que se ha creado de hacerlo constantemente y también la ideología que ello transmite. El neoliberalismo, en esencia, es la falta de límites. De límites físicos, de la creencia en ellos: el petróleo que se acaba y que utilizamos como si no fuese a acabarse jamás, el planeta que se recalienta y en el que seguimos desempeñando actividades que lo recalientan como si no pasara nada, etcétera. Pero también la falta de límites mentales, vitales; la idea de que si algo puede hacerse, debe hacerse. Todo este montañismo del récord es expresión de eso. Hay carreras particularmente salvajes, de varios días, como la Transpirenaica, en las que los corredores procuran dormir lo menos posible, con casos de algunos que han estado cuarenta y ocho horas corriendo sin hacerlo y que se enorgullecen muchísimo de ello, porque se sienten adalides de una obsesión por ensanchar los límites de lo humano que es muy de nuestro tiempo. ¿Tiene eso mérito? Pues puede tenerlo; un mérito físico, deportivo. Pero es una filosofía muy perniciosa y que al final nos conduce al desastre. Y frente a ese capitalismo neoliberal que no tiene límites, yo creo que hay que reivindicar la democracia como deliberación colectiva sobre los límites que nos ponemos.

Hay que reivindicar, en general, el valor de los límites; de esos límites deliberados colectivamente para que garanticen una vida social lo más sujeta a los tres principios que ya decía Pericles que perseguía la democracia: la búsqueda de la verdad, del bien común y de la belleza. Debemos ponernos límites que no sean férreos, que no sean totalitarios, que no sean impuestos por un sátrapa, sino deliberados políticamente. Entre todos decidimos qué es lo que se puede hacer y qué es lo que no se puede hacer; qué es bueno para la sociedad y qué es pernicioso para la sociedad y su salud, aunque sea bueno para unos pocos.

Además, aquí hay una reflexión que me gustaría hacer sobre dos tipos de individualismo, porque es otra crítica que me hacen. No todo individualismo es malo: una idea demasiado férrea de lo colectivo, al final, conduce a cosas oscuras, al nacionalismo, al fascismo, al totalitarismo, etcétera. Hay un individualismo necesario y un equilibrio necesario entre el individualismo y el colectivismo, igual que lo hay entre la búsqueda del bien privado y la búsqueda bien común, que es lo que Antoni Domènech llamaba la tangente ática. Por supuesto, en el alpinismo y en su historia hay un individualismo; el montañismo ha sido individualista muchas veces: ha habido un montañismo de personas que buscaban apartarse de la sociedad, que buscaban encontrarse, a solas, consigo mismo. Pero hoy no se busca eso. El individualismo de hoy es un individualismo falso. Subes la montaña, por muy solo que subas, para hacerte una foto para Instagram y que te den muchos likes. El montañismo individualista clásico lo representa bien el famoso cuadro de Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes, en el que el tipo aparece representado de espaldas, admirando un paisaje hermoso y transmitiendo una cierta melancolía. Hoy existe un falso individualismo que busca la admiración del colectivo: el caminante mira a cámara y sonríe dándole la espalda a la montaña.

Uno de esos viejos y grandes individualistas de la montaña fue Reinhold Messner, el primer ser humano en coronar el Everest sin oxígeno, y al que durante un tiempo persiguió la leyenda de haber abandonado a su propio hermano para hacer cumbre. Ahora, cuentas en tu libro que demasiados montañeros pasan de largo cuando se encuentran una figura semienterrada en la nieve, aunque a veces no tienen muy claro si es un cadáver o alguien que necesita ayuda…

Hoy en día, el Everest está repleto de cadáveres. Hace unos años se calculó que había como doscientos cincuenta. Muchos están ahí por lo caro y costoso que es bajar los cuerpos. El Everest está convirtiéndose en general en el vertedero más alto del mundo, porque también está lleno de basura, y parte de esa basura son cadáveres de gente real, que existió, que fueron personas con amigos y familia, pero se murió allí y allí se quedó. Y algunos se convirtieron en mojones, en hitos famosos del camino. El famoso Green Boots, por ejemplo, que ya no está porque lo retiró una expedición que acudió al Everest a retirar cadáveres porque su promotor estaba indignado con el tema este, mientras estuvo, y estuvo años, era un hito del camino: la gente, cuando pasaba al lado, sabía que estaba en tal punto y que le quedaba tanto para llegar a cima.

Aquel pobre sujeto se había convertido en un objeto, pero es que se llega al extremo de convertir los cadáveres del Everest no ya en objeto, sino en mercancía: hay gente que arranca pedacitos de la ropa de estos cadáveres para llevárselos de recuerdo. Y cuando lo cuentas, indigna, pero a nadie le parece raro. Hay una lógica en ello que comprendemos, y la comprendemos porque el capitalismo, en general, también significa una mercantilización brutal de las personas; un desprecio brutal por la vida humana.

Para ir acabando, me gustaría mirar al futuro. Parece claro que, independientemente de lo que ocurra con el momento feminista, en los próximos años habrá un momento ecologista. ¿Corremos el riesgo de que las tendencias sociales que denuncias en tu libro se blanqueen en cierta medida a través del llamado greenwashing?

Del greenwashing hablo en el libro en el capítulo en el que hablo del DesafíOSOmiedo, una maratón de montaña muy famosa que se celebra aquí en Asturias y que recibió críticas de los ecologistas porque parte del recorrido atravesaba las arandaneras a las que los osos del parque natural bajan a alimentarse. Lo pongo como ejemplo de cómo estas carreras perjudican muchas veces al entorno; a la flora y a la fauna. Y hablo del greenwashing porque, para combatir estas críticas, el DesafíOSOmiedo empezó a organizar una plantación de árboles frutales de los que también utilizan los osos para alimentarse, pero en las propias declaraciones del responsable de la maratón, cuando esto se presentó, ya se revelaba que la intención era mercadotécnica; un puro marketing para combatir las críticas que estaban recibiendo. Dijo que querían «desmontar el mito de que los corredores venimos, arrasamos y nos vamos». Yo relaciono eso con otras operaciones de greenwashing grandes y notorias: BP provoca el famoso vertido en el golfo de México y automáticamente se cambia el logo por una flor, para parecer preocupado por el tema medioambiental; Gas Natural se convierte en Naturgy, y el Natur- transmite también una idea de preocupación naturista; adopta como logo una mariposa, pero mientras tanto posee algunas de las centrales más contaminantes de España y auspicia unos proyectos gasísticos que amenazan el parque de Doñana, etcétera.

Lo del greenwashing es un peligro, sí. Y también hay otro en el ecofascismo. Acabo de leer que Sebastian Kurz, el presidente de Austria, un tipo joven con un discurso muy xenófobo y de aroma ultraderechista, va a pactar con Los Verdes. Yo veo ahí y en otros sitios indicios de algo de lo que gente muy brillante viene advirtiendo desde hace años, que es el maridaje entre la extrema derecha y un ecologismo misántropo; una vertiente chunga del ecologismo, pero que existe, que viene a decir que la catástrofe climática que nos amenaza no es culpa del capitalismo, no es culpa de un muy determinado orden económico, sino del ser humano, que es per se una plaga para el planeta Tierra. Puede haber un matrimonio entre eso y una extrema derecha que encuentre en la catástrofe climática la excusa y la justificación para discursos de exclusión y, llegado el caso, de exterminio. Es un poco aquello de lo que nos habla El cuento de la criada, que muestra un régimen totalitario brutal, que explota a las mujeres, pero que se defiende ante el mundo diciendo: ¡mirad lo bien que lo estamos haciendo en materia ecologista, mirad cómo gracias a esto estamos recuperando la natalidad y el equilibrio! En este sentido, yo recomiedo siempre un libro que salió hace un tiempo en Estados Unidos y que ha sido editado recientemente en español por Virus Editorial, que se llama Ecofascismo: lecciones sobre la experiencia alemana. Tiene dos partes y la primera habla del ala verde del Tercer Reich  (porque los nazis tenían un ala verde), y la otra de grupos fascistas y neonazis actuales con un discurso ecologista.

Tomemos el ejemplo de Madrid Central: todas las medidas que se impulsan para ir reduciendo las emisiones, ¿quién las paga? ¿Quiénes usan más los coches diésel? Los currantes que van a trabajar. ¿Quién se puede permitir un coche ecológico, que cuesta un pastón? Por supuesto, Madrid Central es necesario, y controlar el diésel y la contaminación también lo es. Pero deberíamos hacerlo de tal manera que el sacrificio fuera compartido entre todos, colectivo, social, no que los cuatro ricos que pueden permitirse el coche ecológico puedan circular libremente por doquier y el que se joda sea el currante que no puede permitírselo. Eso es fascismo o protofascismo, también. Lo es en la práctica, porque significa la parcelación de la ciudad; que haya zonas a las que unos pueden acceder y otros no. Y hay derivas más jodidas aún que pueden desarrollarse a partir de ahí. Los pobres contaminan y los ricos no, los inmigrantes no tienen una cultura respetuosa con el medio ambiente y los europeos sí, etcétera. Hay que ser ecologistas, faltaría más, pero de un ecologismo humanista y no antihumanista, que parta de una deliberación colectiva sobre cómo nos organizamos entre todos para combatir esta amenaza y no de que unos mantengan intacta su forma de vida mientras que otros tengan que cambiarla.

Dedicas la segunda parte de tu libro a destacar la trayectoria de algunas figuras de la historia del alpinismo y el montañismo. ¿Cuál te gustaría reivindicar?

Voy a escoger dos. Para empezar, siempre reivindico a Ruskin, el gran crítico de arte de la era victoriana, amigo de Turner y de otros grandes pintores de la época; un hombre con una cultura vastísima y una sensibilidad exquisita para la que no había nada que no fuera interesante. Era muy montañero: había ido por primera vez a los Alpes con catorce años de edad con su familia y se había enamorado de aquellos lugares; y tiene pasajes preciosos, y yo cito uno, sobre aquella primera vez, escritos con una sensibilidad poética exquisita.

A Ruskin no había ninguna de las posibilidades que la montaña le ofreciera que no le interesara. Tiene un libro que se llama On mountain beauty que es precioso y que revela bien esa mirada que Ruskin tenía: le interesa, por supuesto, la belleza poética y la oportunidad para ejercitar la lírica, pero también la geología, por ejemplo, y hacía dibujos y descripciones muy detallados de las formaciones rocosas que veía. También le interesaba la botánica, y tiene textos preciosos sobre las flores más bonitas que ve y explicando por qué las flores de las montañas, a las que se refiere como «joyas que esmaltan las rocas», le resultan más bonitas que las del llano, etcétera. Pero además, era un socialista cristiano que luego influirá mucho en Morris y en Gandhi, y cuando va a la montaña también se fija en la pobreza de los campesinos suizos, afectados de bocio, de cretinismo, y escribe textos reivindicando que se haga algo al respecto. En fin, un tío que iba por las montañas mirándolo todo, sin renunciar a ninguna de las posibilidades que la montaña ofrecía. El runner, el corredor, se fija un objetivo concreto y corre hacia él llenándose la cabeza de la letanía esa del tú puedes, tú puedes, tú puedes, que es en lo único en lo que puedes pensar cuando corres a toda velocidad. No se fija en nada más.

Ruskin se fijaba incluso en el cielo, y tiene textos predenunciantes del cambio climático en los que dice algo así como que están empezando a verse nubes que no se habían visto nunca. Tiene una intuición muy temprana de que la Revolución industrial está generando estragos, y hay quien dice que ya debió de percibir, aunque no está demostrado, que los glaciares de los Alpes se estaban derritiendo. Empezaron a derretirse hacia 1850, y hay estudiosos que intuyen que él ya debió de percibirlo, porque la suya era una mirada tan atenta y sensible que no podía escapársele.

Así que me gusta reivindicar a Ruskin, pero también a Alberto María de Agostini, un cura salesiano italiano que se va de misionero a la Patagonia, pero que también es montañero y explora toda aquella zona, coronando por primera vez varios picos, y en un momento dado se topa con el genocidio de los indios selknam; un genocidio brutal cometido por los estancieros, los empresarios ganaderos europeos, que se habían ido estableciendo en la zona, porque los selknam robaban ovejas y demás. Bueno, cuando este hombre se topó con eso, lo denunció. Tomó partido. No pasó de largo ante el drama que aquellas personas estaban sufriendo, sino que entendió que el conocimiento lo hacía responsable.

A De Agostini me gusta reivindicarlo porque hay gente que piensa que, por el hecho de que el libro lleve la palabra anticapitalista en el subtítulo, estoy reivindicando el bolchevismo. No: lo que yo reivindico es un anticapitalismo ancho en el que quepa gente como este tipo, que era religioso y seguramente conservador, pero denunció con valentía las consecuencias de aquel primer capitalismo de los pioneros de la Patagonia. También hay anticapitalistas de derechas.

 

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2 comentarios

  1. Sin el capitalismo este señor no subiría ni una piedra, no es más que otro capitalista pero con postureo de yo soy de los puros y vosotros no. Lo común en esta generación de ofendidos que dan lecciones morales sin aplicarselas

    • Anonimus voxanus on

      malditos ofendidos! No como yo y dando lecciones Morales, habrase visto. No como yo. Ya terminó. Viva el capitalismo!

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