Identidad, épica y novela

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Se define como épica: «Término de origen griego (epos) aplicado a un tipo de relatos en los que se narran acciones de héroes que representan los ideales una clase guerrera o aristocrática y de toda una sociedad, que asocia dichos héroes con sus orígenes y destino como pueblo».

El cierre categorial que se está produciendo en los últimos tiempos en el panorama novelístico peninsular (me refiero a España en cuanto a que es el objeto de estudio que tengo más a mi alcance y me es más familiar) tiene razón de ser con el surgimiento de nuevas figuras épicas. Vayamos por partes.

Como anticipaban algunos filósofos allá por los años 80 y 90, tales como Lyotard o Bauman, la condición de la posmodernidad se caracteriza por una fragmentariedad del sujeto, resultado de la muerte de los grandes relatos (lo que llamamos modernidad líquida). Y digo que, en los últimos tiempos los sistemas de valores, véase los grandes discursos como la religión y la historia de los pueblos respecto de su concepción romántica, han caído en desgracia debido, principalmente, al desplome de la metafísica clásica y desarrollo de las tecnologías de la información/difusión (Internet). Esto ha propiciado que el sujeto posmoderno se construya en base a unas microcomunidades que por determinadas circunstancias tienen unos sistemas de valores más o menos heterogéneos (véase el caso de los llamados otakus o el de los gamers), con unos héroes más o menos representativos de dichos valores. Esto, como todo, ha llegado a la comunidad (o microcomunidad) literaria en el ámbito peninsular. La concepción romántica del genio (de tradición Kantiana) ha producido en los últimos tiempos que la figura del autor-creador haya pasado a ser la del héroe épico en el campo del mundo literario, siendo a su vez entronizado. Autores como Hemingway o Byron han producido una idealización de la figura del autor en nuestra comunidad literaria. ¿Esto en qué se traduce en el ámbito de las formas (los géneros) de la literatura? Pues bien, la narrativa ha sobrellevado una falta de creatividad en cuanto a la creación novelística. Autores tales como Enrique Vila-Matas, Manuel Vilas, Arturo Pérez-Reverte o Sergio del Molino no dejan de tener una producción novelística que alude directamente a su persona y su vida.

¿Y a mí qué? Es decir, se está produciendo una reducción de la novela a lo que llamamos autoficción; expongo, una creación novelística donde la figura del personaje se confunde con la figura del autor, rompiendo con esto el pacto de ficción. Importa más el hecho de contar la propia condición de creador del autor, que su obra como tal. En síntesis, una literatura del sujeto o reducida al subjetivismo. No se me malinterprete, por supuesto todos necesitamos héroes a los que apelar y con los que sentirnos identificados. El problema viene cuando nos dejamos llevar por ideologismos y convertimos a la literatura en un sistema de valores hiperromantizada. La literatura, y por tanto la producción de obras en cuanto a objetos estéticos, importa más que la propia vida del autor y sus propias coordenadas. No se trata de que nos vendan la problemática que tiene ser un hacedor de novelas hasta el punto de que a los autores se les pregunta de política como si fueran gurús. No. Se trata de que el autor nos proporciona unos determinados contenidos que por su condición nos producen un placer estético o de satisfacción. Trovador a su trovero, zapatero a sus zapatos. El autor no debe ser una figura épica. Sí respecto a figura a imitar, pero no debe producirse un cierre categorial en la literatura hasta tal punto que demos más importancia a la propia identidad del autor que a su propia obra. Abogo por una pizca más de imaginación. Autores, sí, ustedes, no se dejen llevar por lo fácil de la identificación épica por su propia condición de autor, y proporciónenos anhelos, malestares, miedos, idealismos, que es aquello de lo que realmente está hecho el ser literario.

Termino hablando de nuestro último gran triunfo, no es otro que Fernando Aramburu. Este ha escrito una novela que refleja perfectamente la condición de la modernidad en la península y el sesgo que produjo la ruptura con la tradición, me refiero a Patria. Tras el éxito de dicha obra, Premio Nacional de Narrativa y Premio de la Crítica, acaba de sacar otro libro sobre sí mismo y su vida, Autorretrato sin mí. Entiendo que a raíz de una gran producción (u obra) nos interesemos por la figura del autor, es lícito. Pero como en este caso, importa y va antes Patria que el genio Fernando Aramburu. La épica literaria se produce siempre tras la hazaña.

Javier Paramio González

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