Javier Mayoral: «Los medios se han convertido en un lugar de paso donde entretenerse»

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«Perro no come perro», dice la máxima del periodismo. Uno de tantos lemas violados diariamente en el oficio. O la profesión: según el CIS, la menos valorada por los españoles después de la judicatura. Periodista y juez, los dos trabajan con la verdad. Y a los dos cada vez los cree menos el respetable público. Javier Mayoral fue periodista antes que profesor y desde la academia y la experiencia aporta ahora una llamada a la autocrítica y a la reflexión. La titula Periodismo herido busca cicatriz, y la publica Plaza y Valdés. Habla su voz de experiodista de Telemadrid, pero también la de Gabilondo, Zarzalejos o Lucía Méndez. Algunos son optimistas. Otros ya se ven devorados por las jaurías que acechan en las redes sociales. Mayoral sí ve futuro a esta actividad que sigue consistiendo, en teoría y por resumir, en contar la verdad de las cosas que pasan. Con él hablamos de esta esencial crisis de credibilidad y de la de este medio público en particular.

Periodismo herido busca cicatriz suena a anuncio por palabras. ¿Podrías hablarme brevemente de por qué has escogido precisamente este título?

Fue el origen de la escritura del libro. La sensación de que había una herida. Yo sufrí el impacto de la pérdida de empleo en Telemadrid. No directamente, porque coincidió con un momento en que, unos meses antes del ERE, vine a la universidad. Pero sí vi la tragedia de los compañeros y también la de otros medios de comunicación que estaban viviendo esa crisis económica tan absoluta y devastadora. En ese momento me planteé que no solo no podíamos quedarnos en el lamento de lo que estaba sucediendo, sino que había que intentar buscar cicatrices. Además, el lamento es una pésima herramienta para intentar que los ciudadanos nos hagan caso. Si los ciudadanos sienten pena de los periodistas, no nos van a hacer caso. Nos lo harán si les proponemos algo, si les sugerimos un producto, una información de interés. Entonces fue cuando me planteé que había que buscar un proyecto de reflexión periodística que combinara el ámbito académico con el profesional y que buscara cicatrices. Probablemente nos hemos equivocado en muchas cosas, pero estamos dispuestos a hacerlas bien para que sean útiles para los ciudadanos.

El libro no es un ensayo al uso, sino que combinas entrevistas con datos y reflexiones propias. ¿Por qué has optado por este formato?

Yo empecé pensando en hacer un libro académico. De hecho, tenía un contrato firmado con una editorial académica que tuve que romper porque en el momento en el que estaba escribiendo me di cuenta de que necesitaba utilizar otro lenguaje que no fuera el habitual de citas y con un lenguaje más ampuloso y solemne. Quería hacer una reflexión, un ensayo más que un libro académico al uso. Busqué otra editorial y cambié de título. Y ahí me planteé la posibilidad de intentar hablar con periodistas. No solo el ensayo libre y casi literario con ideas propias, sino también con reflexiones de otros periodistas. Y busqué a periodistas que tuvieran una sólida trayectoria. Uno de los problemas de nuestro país es que es difícil encontrar trayectorias profesionales no discutibles. Nos empeñamos en discutir a todo el mundo. Al final he hablado con once periodistas que creo que tienen una trayectoria profesional difícilmente discutible. Son periodistas con una sólida base: Sol Gallego-Díaz, Lucía Méndez, Iñaki Gabilondo, Enric González, José Antonio Zarzalejos… Hablar con ellos ha supuesto para mí un estímulo enorme, porque intento establecer ese diálogo entre sus ideas y las mías.

El primero que te habla de la crisis es Gabilondo. Con él abordas la crisis, pero también la hay económica, de modelo de negocio y de credibilidad. ¿Hay alguna más importante que la otra?

Yo creo que está todo combinado, hecho una especie de puré. Es difícil separar una de otra porque la crisis del modelo de negocio no se puede separar en realidad de la económica. Pero creo que tiene especial importancia la crisis de credibilidad; que no viene de los últimos años sino de muy atrás, y los periodistas como gremio hemos permanecido un poco impasibles, sin hacer nada ante algo que ya se percibían en los años ochenta y noventa. Hemos estados un poco quietos. Teníamos que haber reaccionado. Cuando últimamente en las encuestas aparecíamos los periodistas justo al lado de los políticos en valoración social… eso nos debería de haber motivado a realizar una reflexión sobre las causas: por qué los periodistas somos casi un problema nacional, una de las categorías laborales menos valoradas del país. Necesitamos un ejercicio de autocrítica. Los periodistas somos poco dados a ella: nos gusta mucho criticar y exigir al resto de poderes, pero mirar hacia dentro y hablar de nuestras propias miserias nos cuesta un poco más.

Hay otra encuesta del CIS de 2013 en la que el oficio de periodista aparece justo por debajo del de los jueces como profesión peor valorada. En ambos casos se da la circunstancia de que el objeto del trabajo es la verdad: el juez establece la verdad jurídica de los hechos y el periodista la cuenta en sus crónicas. Al menos teóricamente. ¿Por qué la gente ya no cree en el periodismo?

Pues seguramente porque el periodismo se ha separado un poco del terreno que naturalmente era más nuestro, que es el de la realidad, el de los hechos comprobados. Y hay una confusión en este espíritu de los tiempos actuales: el que habla de las fake news y cosas similares. Yo creo que no es muy disparatado que esto suceda en un momento en el que los periodistas y, sobre todo, los medios de comunicación, nos hemos empeñado en hacer un relato sobre cuestiones que son más verosímiles que verdaderas. No importa tanto que algo sea verdad-verdad como el hecho de que se va a hablar de ello y por tanto tenemos que contarlo.

Estos días he estado hablando con Rosa María Calaf y me planteaba la cuestión de que en un momento determinado, en un informativo, a ella le proporcionaron unas imágenes de un bombardeo cuya fuente era el Pentágono. Cuando objetó que no se trataba de una fuente fiable del todo al ser parte implicada, y que así tenía que decirlo, le contestaron que daba igual cómo lo contase: que lo importante era que había que abrir ese informativo con las fotos. Así que no importaba si eran verdad o no: eran el tema inexcusable a partir del cual había que armar un telediario. Y eso es terrible porque para los ciudadanos podemos establecer una especie de criterio de cuáles son los temas más importantes, pero no van a estar seguros de que el material que les estamos ofreciendo es verdad o es mentira. Hay una situación intermedia ahora: «no sé, ni puedo saberlo». Y esa especie de agnosticismo en torno a los hechos nos convierte a los periodistas en irrelevantes. Si no somos capaces de demostrar las cosas que contamos, si no está comprobado, si no es irrebatible eso que armamos como texto informativo… entonces, ¿para qué servimos?

¿Para entretener?

Sí. Yo creo que los medios de comunicación se han convertido en un lugar de paso, una zona de conversación.

Un cuarto de estar.

Eso es: una especie de salón, un lugar en el que hay una conversación. Pero no tanto como herramienta de información. La información tiene un pequeño problema: es la materia prima a partir de la cual deberíamos trabajar. Eso lo tenemos claro. A partir de ahí deberíamos de hacer el análisis y la interpretación, y en último extremo la opinión. El principal problema de la información es que es muy difícil de comercializar. En este momento en el que hay tantos canales y la información fluye de forma casi inevitable, tienes que investigar, invertir mucho dinero para conseguir información y probablemente esa información la va a capitalizar después cualquier otro medio. No tú directamente. Eso hace que parezca más sensato construir una especie de gran conversación o espectáculo de todo tipo: sobre opiniones, emociones, sucesos y acontecimientos disponibles y que van a ser mucho más baratos. Quizás uno de los problemas que tenemos es que la información es más aburrida y más difícil de comercializar que otro tipo de elementos que forman parte del mercado periodístico.

Desde hace muchos años, la radio es el medio más creíble para la gente según el EGM. Sin embargo, la televisión es el más consumido pese a que sus propios espectadores lo consideran el más manipulado. ¿Hay una aceptación de esa manipulación por parte del espectador? ¿Da igual que se manipule porque la gente se lo va a tragar igual?

Yo creo que la gente sí que percibe la manipulación, pero llega un momento en el que está consumiendo productos de los que desconfía. Probablemente porque el uso que hace no es enteramente periodístico o informativo, sino que se lo toma como mero entretenimiento. Y sí creo que cuando hay manipulación, un planteamiento informativo sesgado, eso tiene una una penalización. Pero convendría también que nos planteásemos la responsabilidad de las audiencias. Por eso creo que un libro como el que he intentado escribir no es solo para periodistas, sino también para los ciudadanos que se sientan concernidos con todo lo que supone la información; porque la información y el periodismo son las herramientas básicas para tomar decisiones libremente.

Yo en este libro intento apelar también a los ciudadanos para que sean conscientes de su responsabilidad y de la importancia de su exigencia. Tienen que exigir calidad, rigor y no consumir acríticamente cualquier producto informativo, porque ellos están patrocinando también un modelo de producción. Esto sucede con cualquier producto. Si consumimos memes estamos patrocinando el negocio de los memes, y si consumimos noticias bien construidas y pagamos por ellas estamos alentando esa industria del periodismo bien ejercido.

¿Las sociedades tienen el periodismo que se merecen?

En parte, sí. Dicen que el periodismo es una de las profesiones que más ósmosis tiene con la sociedad en la que se insertan. La sociedad es muy responsable de lo que sucede y por eso también los periodistas tenemos que hacer un ejercicio de explicar cuál es nuestra función social. Por esto, insisto, debemos dar información útil para que la gente pueda tomar decisiones libres. Nada más y nada menos.

Los medios audiovisuales, a pesar de todas esas crisis, siguen dando dinero. O al menos siguen siendo muy consumidos. ¿Cómo se combina eso?

Bueno, muy consumidos no sé si equivale a muy rentables. Hay algunos medios que están intentando sobrevivir. Sí es verdad que la gente pasa por los medios y que estos están presumiendo continuamente de usuarios. Los medios digitales ahora utilizan además esta denominación: usuarios. Ya ni siquiera lectores y esto también nos da una pequeña pista de qué tipo de relación establecen los medios con sus audiencias. Pero yo no sé si pueden presumir de resultados económicos. Hay grandes medios de comunicación que lo que están intentando hacer es un ejercicio clarísimo de supervivencia y para lograrlo buscan el click, el cliente que pasa por allí y que ve una información que probablemente es pura banalidad, entretenimiento. Estoy hablando de grandes medios de comunicación que hasta anteayer eran de referencia, sesudos, incluso grises, que no eran especialmente atractivos, pero que en este momento están buscando la supervivencia con memes, con contenidos atractivos, que buscan simplemente el click. Esta es una situación que revela la evidencia de la crisis del modelo de negocio. Hay un problema de rentabilidad.

No han superado ese momento que citas: los medios de comunicación en España estaban preparado antes de la crisis para un escenario de grandeza y esplendor, y luego vino la crisis. ¿Todavía no han hecho esa autocrítica ni ellos ni los periodistas que los integran?

Bueno, te decía antes que a los periodistas nos cuesta mucho hacer esa autocrítica, esa reflexión de qué nos pasó en la crisis económica como para que a los medios nos pillara tan mal… Los grandes medios entonces estaban haciendo grandes operaciones bursátiles y habían salido ya de la operación anterior de las punto.com; estaban planteando inversiones faraónicas y daban por hecho que la llegada del mundo digital iba a ser un paraíso, porque con los contenidos que tenían en papel podían hacer una doble rentabilidad: papel-digital. Eso no ha sido así. La incorporación de los medios de comunicación al nuevo orden digital fue un desastre y creo que esa reflexión debería llegar ya, porque si no, si llega más tarde, no va a tener ninguna utilidad. De hecho, es que ya ha pasado su tiempo. En parte esa autocrítica sí está hecha, porque muchos medios de que han nacido desde entonces han aprendido que no hay que ser grandes, sino ágiles. Y que no hay que llegar a enormes audiencias sino a aquellas que te permitan un medio sostenible, sin llevarte a un trabajo en contra del propio periodismo. Porque eso es lo que probablemente están haciendo ahora muchos grandes medios: trabajos anti-periodísticos.

Trabajos para la redes sociales, que son lo que dice Lucía Méndez que «nos han asesinado».

Yo no comparto esa visión tan pesimista en torno a las redes sociales; esa afirmación de que el periodismo prácticamente ha muerto por culpa de ellas. Yo creo que estamos muy mal, y por eso hablo en el libro de un periodismo herido, pero la segunda parte del título dice «busca cicatriz» porque, a diferencia de lo que sostiene Lucía Méndez, que piensa que no tiene solución, yo sí creo que la tiene: que hay posibilidades de regeneración. Pero para eso es necesaria la autocrítica, el análisis, la reflexión. Hay cosas nuevas que apuntan a una especie de nuevo edificio que se está levantando. En el prólogo es muy sugerente la imagen que utiliza Iñaki Gabilondo: nos viene a decir que hay un edificio enorme que se está cayendo, el viejo orden periodístico, y que hay otro nuevo que empieza a despuntar, pero que estamos tan pendientes del devastador espectáculo de la caída del gran rascacielos que es imposible en este momento fijar la atención en el otro que está emergiendo. Pero sí creo que hay síntoma. Para empezar se habla más de periodismo que nunca. Hay un ejercicio autocrítico. Creo que es muy importante el ejercicio de protección de los propios periodistas que incluso en programas de radio y televisión pública intentan defender su trabajo. Hay muchas señales de que el periodismo se está intentando regenerar.

En la Telemadrid de los años de Esperanza Aguirre se hicieron movilizaciones, se intentó, vía presión social, evitar lo que luego ocurrió (se creó una redacción paralela de periodistas y ejecutivos afines al PP y la empresa perdió toda su credibilidad y buena parte de la audiencia). En RTVE, los Consejos de Informativos, los comités de empresa y los trabajadores denuncian que está sucediendo algo similar, de nuevo con un gobierno del PP, y piden con una campaña pública que se acaba con la intervención partidista de la empresa pública. ¿Crees que esas campañas funcionan o que sigue habiendo una especie de muro con la sociedad, que ve esas movilizaciones como algo corporativo, «cosa de periodistas»?

Mucha gente lo puede percibir así: como que es un conflicto laboral de periodistas, una cuestión concreta (de Telemadrid, de RTVE…). Pero esa no es la realidad. Es un conflicto que nos atañe a todos: una televisión pública es de todos, y un medio de medio de comunicación también. Y creo que ese muro del que hablas en parte ya se ha comenzado a romper. Yo estuve en Telemadrid y hacíamos comunicados de un consejo de informativos que no tenían, digamos, validez legal, y que se distribuían de forma interna: eran papeles que nosotros fotocopiábamos y distribuíamos entre nosotros. Lo que hacen ahora los Consejos de Informativos de RTVE es algo muy diferente: tienen una capacidad de penetración social infinitamente mayor. Cuando una denuncia llega a través de Twitter a la ciudadanía se está lanzando un mensaje muy eficaz: los periodistas no están participando en esa tarea de manipulación, que incluso les incomoda, y eso va a proteger su propia credibilidad. Además, se está lanzando un mensaje de socorro. Y también ha cambiado un elemento muy relevante: antes se percibía en nosotros mucho miedo, y aunque esa sensación no ha desaparecido, ya no se da la impresión de estar atenazados. Que se haya empezado a perder el miedo, esa frontera, es decisiva, porque a partir de ahí puedes enfrentarte a quien te diga que tienes que contar las noticias de un determinado modo porque le interesa al partido o gobierno de turno.

En los medios privados no sucede lo mismo…

Sin duda alguna. Pero el hecho de que los medios privados tengan un capital que no sea público no les otorga ningún permiso para contar las noticias como les dé la gana. Es cierto que en un medio público hay una situación diferente al no haber derecho a tener ni siquiera una línea ideológica marcada: su única guía es la pluralidad, el respeto a la diversidad y a los principios democráticos. Que desde un medio público se transmita un mensaje que va contra una parte de la sociedad es terrorífico.

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