John Wick: pacto de sangre. Ni puto sentido

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Nunca me han gustado mucho las películas de acción. Recuerdo que en los 80 y 90, cuando los musculitos lo petaban en el cine, había varias escisiones y subgrupos para los amantes de la testosterona. Estaban los que disfrutaban con Schwarzenegger, entre los que me incluyo, a los que en muchas ocasiones también nos gustaba la fantasía (Conan, Desafio Total) y la vertiente cachonda del austriaco; los que soportaban la cara paralizada de Stallone, la cual me perturbaba mucho, y que solían ser nuestros padres, amantes de pelis como Rocky o Rambo que a muchos de los que nacimos en los 80 nos pillaron muy pequeños; luego, los abuelos veían a Chuck Norris desde la oscuridad de sus sillones mientras musitaban con admiración: «vaya hostias que mete»; ah, y también estaban los de Van Damme, que paso de mencionarlos porque vergüenza debería darles.

«¡Van Damme por culo!» (Tenía que decirlo).

Yo siempre he tenido una relación de amor odio con esta clase de cine y, a pesar de que me encantan los superhéroes, que no dejan de tener historias muy similares en su germen a las del cine de acción, algunos de los pilares del género de mamporros nunca me han conquistado. También hay que decir que mi superhéroe preferido, Spider-Man, es el más cutre de todos y el resto tardó muchos años en interesarme.

Del género, me molesta la invulnerabilidad de sus protagonistas. No solo a las bombas nucleares, sino también a los sentimientos humanos. Porque con sentimientos no me refiero a gritar «¡Noooooooo!» sobre el cadáver de tu esposa. También me molesta su patriotismo rancio, si es que el patriotismo puede en algún caso no oler a queso cabrales. El exceso de machipower (si mi pene se pone erecto todas las mujeres del mundo quedarán embarazadas) y la idiotez de sus villanos, que inevitablemente son poco carismáticos, nada recordables y acaban empalados en algo puntiagudo. Otro símil del pene del héroe que gana todas las luchas de sables.

«Me has empalado en una tubería o es que te alegras de verme. Argh, no, que me muero en serio».

Pero todo esto acabó a finales de los 90, cuando la gente se cansó de la ridiculez sin control que iba conquistando las películas conforme pasaban los años. El cine de acción no murió, pero sí su panteón. Y con ello muchas de sus bases, que fueron recicladas y en ocasiones revestidas de unos tintes metafísicos que no entendían ni sus autores. Véase Matrix, en la que la fotografía estilosa, los buenos diálogos, los combates llenos de florituras y la promesa de una revelación que cambiaría nuestras vidas hizo que no notásemos que aquello era una peli de tollinas más.

Y aquí es donde llegamos a John Wick: pacto de sangre (Chad Stahelski, 2017), protagonizada como Matrix por Keanu Reeves. Como la primera entrega, de 2014, la película intenta retomar el más añejo cine de tíos duros, sobre todo el basado en la venganza. La estructura es casi idéntica a la de la saga Death Wish, en la que Charles Bronson se venga de algo por vicio.

John Wick nos vendió la historia de un señor al que le matan al perro, en vez de a su familia, y al que encima le roban el coche; lo que no saben los perpetradores de tal ignominia es que su víctima resulta ser un asesino de la repera que emprende una venganza absoluta sobre todos ellos. Esta premisa siembra el debate, ya que quizás una parte de la sociedad empatiza más con una venganza por la muerte de una mascota y el robo de un coche que por la pérdida de un ser querido. A pesar de ello, podríamos justificar las ansias de sangre de John Wick porque el perro era un regalo de su difunta novia (que no digo nada, pero eso convierte al chucho en una especie de posesión) y por lo tanto los asesinos han borrado el último recuerdo que tenía de ella.

Bukkake de pistolas

John Wick: pacto de sangre empieza donde el capítulo uno lo dejó y, qué sorpresa, John Wick sigue matando mucho, esta vez porque quiere recuperar el coche que le robaron en la primera película. Entonces ataca un taller de la mafia rusa y la lía parda, en una escena con conducción de coches que se utilizan como objetos arrojadizos y que es muy larga, aburrida y está metida con calzador porque ni siquiera es una persecución al uso. Supongo que su intento era emular a Fast and Furious y atraer a los choni-fans de esa saga de mierda.

En el taller se enfrenta a varios tipos que parecen copias de The Expendables: uno es grande y fuerte como Schwarzenegger o Dolph Lundgren; otros son más pegapataditas como Jet Li y él se los carga a punta de pistola. De hecho, hay una pelea bastante lamentable en la que John Wick intenta emular a Indiana Jones en la escena del tipo del sable, en la que un matón se le acerca para hacerle un abrazo del oso o algo así y el asesino le mete un tiro en las rodillas. Lo que pasa es que, en vez de graciosa o sorprendente, su estrategia resulta un acto de cobardía deshonrosa. Mi pregunta es: ¿por qué los sicarios de la mafia rusa no tienen casi acceso a armas de fuego, más aun sabiendo que el asesino más peligroso del mundo va a hacerles una visita?

«¡Te voy a dar pal pelo que sé que eres de Uber! ¡No! Yo soy de Radiotaxi. ¡Viva el Fary!».

Como sea. John Wick termina con el problema de la mafia rusa y vuelve a su casa con la sensación de que nadie le va a tocar los cojones después de que la que ha montado, a pesar de que le llevan diciendo desde la primera película que se ha metido en la boca del lobo. Pero eso a él se la suda. Y la verdad, con la cara que tiene Keanu Reeves de no enterarse de nada, te puedes creer que en la mente de su personaje solo escuchaba «mimimimimi » como un mantra mientras le advertían de las consecuencias de sus actos.

«Bart, sé que sabes lo que estoy pensando. Mimimimimi».

En ese momento de relajación llega un tipo que es un cliché andante, un italiano que se llama Santino D’Antonio, porque era eso o Super Mario. Lo de los nombres cutres se da mucho en toda la película, pero podríamos achacarlo a que en el género de acción es frecuente que el apellido o el nombre se refieran a alguna característica del personaje. D’Antonio le explica que tiene una deuda de sangre con él, pues le ayudó a retirarse con su difunta mujer, y que ha llegado la hora de saldarla. Pero John Wick pasa de mierdas y quiere dedicarse a oler margaritas, así que le dice que nanay. Evidentemente eso no le sienta bien a D’Antonio. Cada vez que menciono su nombre un italiano debe morir en alguna parte del mundo. El tipo saca un lanzamisiles que por lo visto siempre debe llevar en su coche, por si las moscas, y vuela la casa de John Wick. Y a él con ella. Como no podía ser de otra forma, Keanu Reeves sobrevive porque es el prota y ya está, y te hace dudar de si todo esto tiene sentido: si John Wick no puede morir, ¿por qué sigo viendo esto? Puede ser que adore a Keanu Reeves y quiera la destrucción del mundo, no sé.

A todo esto, la policía pasa por alto el tema de la explosión. Y no solo eso, si no que confraternizan con John Wick como si fueran colegas de toda la vida. En la primera entrega ya se vio que el protagonista tenía una relación de amistad con lo que queremos creer que se trata de un policía corrupto, o no… Sin duda, su encuentro con la policía está preparado para que pienses que él solo mata a los malos y es un buen ciudadano. Claro que sí, guapi.

«Los vecinos se quejan de la fiesta, campeón. Agente, solo estoy matando gente. Ah bueno».

John Wick se va a pedir consejo al Hotel Continental, que esconde una organización mundial de asesinos y es terreno neutral para ellos… la mayoría de veces. Parece ser que el concepto de «lugar donde se reúnen asesinos sedientos de sangre porque no pueden matar» no termina de cuajar, a pesar de la amenaza de ejecución por incumplimiento de los términos. En este sitio utilizan unas moneditas que sirven solo para pagar a otros criminales y contratar servicios variados, como suministros de armas o cuidados médicos. La idea es interesante, pero se queda más bien en atrezzo. Winston, el líder del Hotel Continental, le recuerda a John Wick que la ley de los asesinos le obliga a cumplir su acuerdo con D’Antonio y que si no lo hace su vida correrá peligro. John Wick de repente decide acatar las normas y accede a respetar el pacto que tenía con el italiano. El italiano le cuenta entonces que desea que su hermana, actual jefa del grupo mafioso al que pertenece, sea asesinada para así ocupar su puesto. Y también que sabía que al final se rendiría a las evidencias ayudándole con su plan. Pero, si es así, ¿por qué lanzó un misil a la casa de John Wick? ¿Por qué no habló con Winston para que convenciese al asesino de que su ley le pide que coopere? ¿Sabía, como ahora sabemos nosotros, que John Wick es inmortal?

Y aquí es donde la cosa se embarra. John Wick va a Italia, que en el universo de la película es un país atrapado en los años 50, para matar a la hermana de D’Antonio que se llama Gianna D’Antonio. Tela. Consigue equipo molón en el Hotel Continental de la zona y encuentra una manera para entrar por las catacumbas a las ruinas donde la tipa va a celebrar su coronación como líder de la Camorra o yo que sé. El montaje de la preparación del asesinato es entretenido y está bien realizado. La fiesta es una mezcla de un concierto de Ramstein y punkis de los que piden en los pasos de cebra; personajes vestidos de gala alternan con otros que parecen salidos de la atracción de It’s a Small World de Disneyland, porque los clichés culturales no son únicamente para los italianos. Solo se libran los americanos, que son como legos sin accesorios. En cualquier caso, todos rinden tributo a la nueva reina de la mafia.

«¡Du, du hast! ¡Du hast mich!».

John Wick se cuela por las catacumbas y logra entrar a una especie de termas donde Gianna está maquillándose. Por cierto, toda la sala está llena de velas que añaden un ambiente sexi-Ikea muy poderoso. La chica se toma con mucha calma que un asesino esté a punto de matarla e insinúa algún tipo de relación pasada con John Wick, probablemente amorosa. La cara de Keanu Reeves de «me debe estar hablando en italiano porque no sé qué mierdas me está diciendo; por cierto, ¿qué hago aquí?» añade un surrealismo galopante.

Como eran amiguetes, Gianna D’Antonio le pide a John Wick que la deje morir a su manera y este acepta. La señora se suicida cortándose las venas para, a continuación, meterse en las aguas termales donde se desvanecerá hasta que le llegue la muerte, estilo senador romano. Ante esto, John Wick se acerca y le mete delicadamente una bala en el cráneo. Este es el punto donde me quedé de pasta de boniato. El protagonista no solo no respeta el deseo de morir de la tipa, si no que se arriesga a ser atrapado. Podía haber abandonado el lugar sin levantar sospechas, ya que no habría indicios de su presencia; es más, la causa de la defunción de Gianna D’Antonio apuntaría a un suicidio, lo cual impediría relacionar su muerte con él. ¿No se supone que quería retirarse y que le dejaran en paz?

Yo creo que a John Wick le va la marcha y además no parece tener muchas luces. ¿Nadie le dijo que los asesinos intentan no ser descubiertos para que no los cojan y les conecten con sus clientes? Para más inri, a la hora de escapar se mete en mitad de la fiesta en vez de salir por las catacumbas por las que ha entrado. Desafortunadamente, le pillan y tiene un escarceo con el guardaespaldas personal y amante de Gianna D’Antonio, Cassian, que le reconoce. John Wick tiene que abrirse paso hasta las catacumbas, a las que vuelve por alguna razón, donde le esperan unos matones de Santino D’Antonio empeñados en matar a nuestro alelado protagonista.

«Enya soy tu mayor seguidor, fírmame el gallumbo».

John Wick escapa, pero Cassian intenta detenerlo y se enfrentan. Su pelea les lleva al Hotel Continental donde se aloja John Wick en Italia. Cómo llegan hasta él con tanta precisión es un misterio. Puede ser que las fuerzas, por conveniencia del guion, les obliguen; nunca lo sabremos. En el hotel les recuerdan que no se pueden matar y que tienen que hacer las paces. Esta debe ser la mejor escena de la película: Cassian le dice, mientras toman una copa en el bar del hotel, que va a ir a por él. En el mismo bar se encuentran a la asesina personal de Santino, un personaje bastante anodino que funciona como una especie de miniboss de videojuego, que también le recalca que lo va a crujir cuando salgan de allí.

Mientras, en EEUU, Santino D’Antonio explica sus malvadas intenciones a Winston, el jefe del Hotel Continental.  La escena sucede en una sala muy catálogo, nuevamente, de Ikea, aunque esta vez con una diosa hindú gigante presente y, cómo no, muchas velas.

«Karlstad Sofá de tres plazas por 349 €. Lo monté yo solito con una llave Allen».

D’Antonio ahora quiere matar a John Wick, ya que según él tiene todo el derecho a vengarse por el asesinato de su hermana que él mismo ordenó, así que ofrece una cuantiosa recompensa por su cabeza. A nivel mundial. A estas alturas nos damos cuenta que D’Antonio tiene algo contra el bueno de John, porque podría dejar las cosas como están o al menos disimular un poco. El por qué de su inquina hacia John Wick no se llega a conocer, pero es el malo y te lo crees o no. Eso sin contar que meterse con un tío inmune a los misiles no es buena idea, así que mejor dejarlo en su casa merendando cartuchos de dinamita.

John Wick vuelve a su país y allí se ve las caras con una suerte de asesinos empeñados en ajusticiarlo y que parecen sacados de un videojuego de lucha. Sumo boy, Mimo Lady, etc. En su recorrido por la ciudad se topa con todos los asesinos raros de Nueva York y piensas que el problema de la Gran manzana no son los caimanes de las alcantarillas… Si aun tenías un atisbo de esperanza de que John Wick podía ser dañado o detenido por alguien o algo, te equivocabas. Se los pasa a cuchillo a todos ellos.

«Falete, hijo de puta, siempre hijo de puta. Hay que decirlo más».

Después de acabarse el Final Fight sin continuar, John Wick se bate con Cassian. El duelo se caracteriza por instantes en los que parece que va a molar, pero al final es más bien absurdo, porque mientras se pegan van para un sitio concreto, por aquello de no perder el tiempo. Su itinerario les lleva hasta una fuente en la que da la impresión de que, en vez de dispararse entre ellos, disparan al agua, para posteriormente parecer un par de niños tontos con pistolas de agua que se persiguen alrededor de la fuente. Tras dar el cante de tal manera, siguen avanzando por una galería (uno desde una pasarela y otro por abajo), a la vez que se disparan así como quien no quiere la cosa; con disimulo. En realidad, todo se asemeja demasiado a un intercambio de miradas turbias, insultos y lanzamiento de bolitas de papel con babas disparadas desde un boli convertido en cerbatana. Es muy cutre.

Finalmente, terminan su periplo en los vagones del metro, donde las absurdeces se prolongan hasta que John Wick le clava un cuchillo en el pecho a Cassian ante la mirada de unos pasajeros que parecen personajes de fondo de los videojuegos de lucha, porque ni siquiera pestañean ante los extraños movimientos de combate de los dos asesinos. Por cierto, como John Wick es un angelito no le saca del pecho a Cassian el cuchillo de cincuenta kilos que le ha clavado hasta la empuñadura para que no muera desangrado. En lugar de eso se marcha y Cassian le despide con una cara que dice algo entre «tengo problemas» y «las pastis me han sentado de puta madre» que yo no sabría catalogar, pero que resume un poco todo el combate.

«¿Sabes que me toca los cojones? No. ¡Los calzoncillos!».

Nuestro buscalíos profesional huye gracias a la ayuda de un grupo de mendigos asesinos (por qué no), capitaneados por Laurence Fishburne interpretando a un mendigo bien alimentado. Llega entonces a algún tipo de trato con ellos para la tercera película a cambio de que le den una pistola con siete balas para matar a D’Antonio. Más contento que unas pascuas, John Wick se va a un fiestón que está dando el italiano, pero sin problema, porque allí no le reconoce ni el tato; así que se pasea tranquilamente hasta que una serie de sicarios le dan la murga. Rápidamente gasta las siete balas, una cosa que podía haber molado, rollo «tengo solo esta munición para conseguir mi objetivo», pero que se queda en la nada más absoluta porque pilla otras pistolas de los cadáveres de sus enemigos. Luego se mete en un laberinto de espejos, otra cosa que podría haber molado, pero como a John Wick se la suda todo, no tiene importancia. Dentro del laberinto lucha con la guardaespaldas de D’Antonio y se la carga.

«¡A ver, imita a la Caballé en el anuncio de Lotería de navidad! Gñeeee».

D’Antonio sale por patas y se refugia en el Hotel Continental pensando que como nadie puede matar entre sus paredes estará seguro. Craso error. Por si no lo habéis notado, a John Wick le da igual ocho que ochenta y le pega un tiro a D’Antonio en plena sesera allí mismo. Aquella frase de Winston, el dueño del hotel, de «reglas. Sin ellas, viviríamos con los animales» se va a tomar por culo y John Wick se pira del hotel sin sufrir ninguna represalia por parte de la gerencia. Es más, Winston, en un último acto de incongruencia, permite que el asesino obtenga las herramientas para esconderse de la hermandad que desde ahora lo perseguirá hasta el fin del mundo y patatín, patatán. Eso sí, para demostrar el alcance de su poder despide a John Wick con una multitudinaria perfomance en una plaza de simbolismo barato, en la que todo el mundo se queda parado como si estuvieran jugando al pollito inglés. Todo muy anuncio de Jazztel.

John Wick, la primera, es entretenida. De verdad. Pero este segundo capítulo es una serie de ridiculeces tapadas con fotografía con filtros, acción cansina, Keanu Reeves haciendo breakdance en el suelo y forcejeando por conseguir el arma de turno, chorretones de sangre pixelada, frases finales malas que abusan del «buenas noches, disfrute de su fiesta» y el «Sr. Wick esto, Sr. Wick lo otro». Y no olvidemos la invulnerabilidad del protagonista a todo, incluido el arte de la interpretación. John Wick: pacto de sangre demuestra que ir a lo grande no siempre es mejor.

Cuando te das cuenta de que el perro tiene más expresividad en la cara que Keanu Reeves.

Por favor si sois fans del bueno de John Wick ponedme a parir en los comentarios. Estoy seguro de que la película merece ser vengada… O no.

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9 comentarios

  1. Se agradece al autor que comience la crítica con la frase con la que la comienza (La única que he leido del artículo). Gracias por no hacernos perder el tiempo leyendo una crítica tan innecesaria como la que, por ejemplo, yo podría haber escrito acerca de un disco de flamenco.
    Como aficionado al cine de acción que soy, informo a quien pueda interesar que la película es una verdadera obra maestra.

      • No sabia que el hecho de que nos gusten más las películas de nuestros géneros preferidos y no nos suelan gustar aquellas pertenecientes a los generos que no son santo de nuestra devoción fuese un arcano indescrifrable. Creia que era una verdad más que evidente. Cosas de las que se entera uno.

    • bikini de malla on

      hey jack pues dale un vistazo hombre y nos das tu opinión de la peli. Comenta lo que no te ha gustado y tal. Tómatelo un poco a cachondeo hombre que no hay que amargarse. gracias.

  2. bikini de malla on

    A ver haya paz. Parece que he tocado fibras sensibles y es normal porque cuando nos gusta algo que de alguna manera es importante para nosotros lo defendemos, aunque a veces damos importancia a cosas que no tienen tanta y nos olvidamos que hay personas detrás de los teclados. Si que me gusta el género de acción pero no es de mis preferidos y desde luego que keanu reeves me parece una tostadora con patas. John Wick uno me gusto pero la dos fue una brutal decepción. En las críticas exagero diez mil pq si no me resulta un peñazo, además de que es divertido. No se en que puede ser esta peli una obra maestra pero vamos me gustaría que alguien me lo explicase. Y bueno agradecería que alguien comentase que le parece bueno de la peli y tal. Gracias a todos chiquilicuatres y no os enfadéis. Chao!!!

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