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La corrección política (en la cultura) no es una maldición

El ser humano gusta del acto de arder. Admitámoslo: nos encanta esto de incendiarnos como a un tonto un reloj. Y de todos los temas de potencial combustión entre coetáneos, pocos alumbran más el debate público que el malogrado concepto que da vida a este pequeño artículo. Más aún cuando incumbe algún aspecto de la creación cultural.

Y es que no son pocas las obras que se han vilipendiado hasta el extremo, últimamente, en una quema de brujas con un único (y repetido hasta la saciedad) chivo expiatorio: la corrección política. El término, popularizado mayormente por la alt-right, la extrema derecha estadounidense, en los noventa, se usa habitualmente para definir las políticas y medidas destinadas a favorecer o no ofender a determinados grupos o causas (feminismo, movimiento LGBT, etcétera) del entramado social.

Sin embargo, es en la ficción, como hija y consecuencia esta de los movimientos sociales, donde más detractores ha encontrado. Y es así porque, pese a su origen en las derechas, sus contrincantes provienen de todos los márgenes del espectro político. Aplicada al ámbito cultural, la corrección política se refiere a la introducción de personajes o ideas que, por novedosas en tal ámbito, que no en el social, terminan por chirriar a buena parte del público.

A la ecuación hay que sumarle otro hecho capital. En un gran número de ocasiones, las obras que más se han prestado a esta clase de prácticas son secuelas o remakes de sagas queridas y populares. Es decir, películas o productos que no suelen gustar o que ya generan altas dosis de polémica de por sí, haya política o no. Lo que provoca que el público termine apuntando su rabia hacia el componente político novedoso, por anecdótico que sea.

Hay ejemplos de sobra (ya sea en películas, videojuegos o series, tanto da) de productos odiados por su inclusión de personajes femeninos o racializados. O por su defensa de algún movimiento social, simplemente. Véase los casos de The Last of Us 2, Las Cazafantasmas, Aves de Presa, Wonder Woman o Capitana Marvel, obras aborrecidas hasta el extremo por su claro posicionamiento a favor del feminismo. O, incluso, pensemos en la discusión que se formó a raíz de la futura serie de Amazon de El Señor de los Anillos, cuando se debatió sobre si podía haber personajes negros o asiáticos en una obra inspirada en los escritos de Tolkien. Como si eso de la multirracialidad en la Tierra Media fuera algo nuevo, oigan.

Así, es habitual leer o escuchar en redes argumentos tan volubles y vacuos, si se piensa detenidamente, como «que creen historias nuevas con esos personajes, pero que no jodan las que ya tenemos». Porque lo peor es que, realmente, ya existen. El problema es que Retrato de una mujer en llamas, por muy buena película que sea, no es tan conocida como el resto y, en comparación con las comentadas, la habrá visto un porcentaje muy pequeño de personas. Gente que, sabiendo a lo que se enfrenta, no se asusta porque una película vaya sobre algo tan terrorífico como las lesbianas. Es crucial que sea precisamente en las obras de gran consumo donde se puedan ver y normalizar esa clase de historias, pues llegan a mucha más gente y componen referentes culturales más relevantes para el público medio; no todo el mundo ve cine de autor, pero sí todo el mundo ve cine.

Disparadora de polémicas

El asunto con The Last Jedi (Rian Johnson, 2017) es uno de mis predilectos, pues es un gran ejemplo del tipo de injurias y calumnias que se utilizan en estos debates. Basta una navegación ligera por la red para encontrar joyas con títulos como The Last Jedi y la tiranía de lo políticamente correcto, Cómo el feminismo arruinó Star Wars o, cuidado, agárrense a sus asientos, Star Wars: la última prueba de que la corrección política ha arruinado al cine. Al cine al completo, ojo. Y esto dentro de medios de comunicación medianamente serios. Fuera, a veces la cuestión llega a niveles esperpénticos. Ya no solo por la combinación de acoso e insultos en redes sociales a los trabajadores o fans de las cintas, que también, sino por hazañas como las perpetradas por el usuario de Reddit que rehízo el filme eliminando todas las escenas protagonizadas por mujeres (o en las que estas daban órdenes, ganaban combates…), dando como resultado una nueva película de apenas cuarenta y seis minutos.

Más grandes hits: otro usuario de Reddit (qué lugar, eh) lanzó a las redes un ensayo, supuestamente basado en su trabajo como culturista, sobre por qué un personaje femenino de The Last of Us 2 no podía ser tan fuerte o estar tan musculado. Desgranando hasta lo enfermizo detalles como qué debía comer una mujer si quería estar así o qué clase de ejercicios debería hacer, llegó a la conclusión de que, con la ciencia en la mano, ese personaje estaba mal diseñado. Sin comentarios.

Abby (The Last of Us 2) es un personaje irreal. Kratos, en cambio, es completamente normal

Ocurrencias, estas que expongo, surrealistas y aberrantes, sí, pero que bien demuestran una tendencia. La cinta de Rian Johnson, como tantas otras, no fue juzgada (solo) por su calidad: lo fue por su introducción de dichos elementos políticamente correctos. Y, como vemos, para sus opositores esta corrección política supone nada menos que la corrupción del arte y la cultura; una quimera maldita dispuesta a acabar con la libertad de expresión y la calidad de los relatos. Pero… ¿en serio es tan mala la corrección política?

Los beneficios de la sensibilidad política

Yo creo que no. Que se equivocan. La corrección política no es un mal endémico que coarta nuestra libertad de expresión y nos impide crear nuevas historias; al contrario, expande como nunca nuestras posibilidades, permitiendo entrar al panorama narrativo a todo un nuevo cúmulo de temas que antes no conocíamos o al que no le prestamos su debida atención (algo parecido, por cierto, expone el periodista Jorge Carrión en su texto El lenguaje inclusivo, prólogo de una mayor inclusión).

Ante el argumento habitual (y bastante falaz) de «hoy hay cosas que no se podrían rodar o decir», quizá habría que plantearse que si hoy sabemos detectar en obras antiguas comportamientos antes aceptados y ahora reprochables es porque somos todavía más libres e inteligentes y no al revés. E incluso, ya puestos, que sucede el supuesto contrario: hoy se dicen o se ruedan muchas cosas que antes no. No es cuestión de hacer un balance, pero está claro con qué nos quedamos como sociedad.

De todos modos, esto no significa que haya que condenar lo anterior, o las historias que no se ajusten al ideario político de nuestro siglo. No hay que cancelar Lo que el viento se llevó para siempre, ni menospreciar cualquier película o serie nueva que no incluya esos elementos. No todo el cine o toda la cultura tiene por qué ser políticamente correcta, por supuesto. Ni el hecho de que una obra plantee componentes problemáticos o contrarios a los intereses de la izquierda hace que esta sea peor. Pero que exista la posibilidad de introducir cada vez más determinados movimientos sociales en nuestra cultura es una gran bendición y no un símbolo de la decadencia de Occidente, como algunos sentencian.

La conclusión final es que todos deberíamos aprender de este debate. Como hizo el propio Rian Johnson, mismamente. Gracias a (o por culpa de) toda la polémica que suscitó The Last Jedi, el director estadounidense sacó material de sobra para hacer su siguiente película, Puñales por la espalda: una loa constructiva, esta vez sin escrúpulos, remilgos o espadas láser de por medio, a la clase obrera, al papel del inmigrante en la sociedad norteamericana y, por supuesto, al feminismo (y lanzando algún que otro dardo envenenado a Trump y a la alt-right, de paso). Para un servidor, la mejor película de aquel gran 2019, por encima de otras como Parásitos, 1917, Historia de un matrimonio, El Faro, etc. Puestos a crear polémica, ahí van dos tazas.

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