La trampa de la diversidad o los efectos de la deconstrucción de la clase trabajadora

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A finales de abril, Akal publicó La trampa de la diversidad de Daniel Bernabé. El escritor y periodista fuenlabreño se convirtió entonces en el centro de un pequeño huracán mediático, magnificado por las corrientes de aire caliente de las redes sociales. La polémica parece añadir contenido a la propia obra, encareciendo el precio a pagar por tratar de localizar el pensamiento progresista entre de los muros de su propio laberinto.

En realidad, ni el lector más crítico puede negar que el texto de Bernabé ofrece algunas claves que merecen toda nuestra atención. De hecho, La trampa de la diversidad ahonda en un discurso que está reclamando con todas sus fuerzas superar discusiones y saltar a la primera plana mediática, impulsado por diversos pensadores y militantes de izquierda. Este tipo de trabajos, no obstante, chocan frontalmente con la polémica que siempre suscitan las críticas de las políticas de la diversidad, especialmente aquellas que las relacionan con la desaparición de la conciencia de clase y la acción colectiva. Desde la publicación del libro de Bernabé, algunos de sus lectores y muchos internautas han discutido sobre la evolución del pensamiento progresista; sobre su reciente deriva y su posible transformación en una trampa para la propia izquierda. A la luz de algunos movimientos telúricos en la red, el fondo del debate ha quedado sepultado por su forma.

Irónicamente, esa es una de las denuncias del propio Bernabé, que en La trampa de la diversidad traza un recorrido histórico que por momentos se antoja inapelable y le lleva a afirmar categóricamente que, sin lugar a dudas, el énfasis en la diferencia ha cortado las alas del progresismo. No obstante, aunque su argumentación y la pasión de sus razonamientos son necesarios, cabe preguntarse si, como sociedad, estamos preparados para asumir sus últimas conclusiones. Su hipótesis y las reacciones que ha suscitado alumbran por tanto una nueva pregunta: si la diversidad es una trampa, ¿estamos listos para salir de ella sin arrancarnos la piel a jirones?

Montando la trampa

¿Por qué es tan habitual que se analicen las tendencias del voto de hombres y mujeres, de blancos y negros, pero ya nunca se comparan las preferencias electorales de ricos y pobres? ¿Por qué los políticos de izquierda han asumido un repliegue ideológico evidente, mientras en las zonas obreras aparecen eslóganes de grandes superficies que se proclaman orgullosas de su barrio? Con preguntas así de simples, pero certeras, arranca el recorrido histórico con el que Bernabé cimenta su trampa de la diversidad; un concepto para el que establece un hito fundacional, si no cronológico, desde luego muy significativo: el encendido público de la antorcha de la libertad por parte de un grupo de feministas norteamericanas que escogieron como símbolo de su emancipación un cigarrillo. Conscientes o no de ello, en aquel momento estaban haciendo suyos los objetivos de una campaña publicitaria de la gran industria tabacalera. De este modo, en el origen de la presunta trampa de la diversidad, se encuentra contenida una de sus claves: ¿quién ganó y quién perdió en aquella pequeña gran historia?

Ganaron, por supuesto, los empresarios que lograron ampliar su mercado; perdió probablemente, la clase trabajadora, una parte de la cual adquirió un hábito ciertamente nocivo, dando un paso más hacia una cultura del consumo absurda; y, sin embargo, también ganaron las mujeres. Mujeres de diversa clase y condición que, de repente, se arrogaron el derecho de salir a la calle y fumar si les daba la gana. Y, si bien esto no debe impedirnos ver un posible debilitamiento de la categoría de clase, conviene no olvidar que antes no podían hacerlo. Bernabé, desde luego, no lo hace; pero la perspectiva de su análisis le obliga a relegar algunos aspectos de las políticas de la diversidad a un segundo plano y ello ha privado a su trabajo de la acogida que probablemente merece entre ciertos sectores.

El gran tema de fondo de La trampa de la diversidad es, por tanto, el fin de la Modernidad y el comienzo de lo que vino después: el paso del ser humano universal a las gentes, en plural; de una idea de progreso común (y que, según sus críticos, excluía a demasiados grupos oprimidos), a los combates particularísimos de diversos colectivos (y que, según sus críticos, se resuelven imponiendo sus intereses sobre el conjunto de la sociedad). Siguiendo esta tesis, esta evolución fue destruyendo la acción política colectiva hasta que las fuerzas progresistas exageraron la dimensión política de lo personal, cometiendo el error de suponer que la agregación de sucesivos cambios individuales era suficiente para alcanzar transformaciones globales. Algo que jamás habría aceptado el movimiento obrero que fue hegemónico durante buena parte del siglo XX, consciente de su nexo con lo colectivo y, por tanto, siempre vigilante de los resortes del poder estatal como garante de la protección de sus intereses de clase.

De hecho, fue durante el repliegue de la izquierda hacia lo particular cuando llegaron al poder dos de los protagonistas, ellos sí, individuales de esta historia: Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Ambos afirmaron que el verdadero problema de sus sociedades era el propio gobierno (y hoy, a la vista del legado de los suyos, cabría preguntarse si estaban en lo cierto). El desmantelamiento de lo público en general y del estado de bienestar en particular, fue la gran estrategia que desplegaron para recuperar el peso económico y político que las élites habían perdido tras dos guerras mundiales. Con el papa Juan Pablo II como gran aliado, el neoliberalismo impuso progresivamente la idea de que cada uno debía aprovechar sus ventajas comparativas para potenciar su capacidad de ostentación, único vehículo capaz de llevarnos hasta la tierra prometida de la clase media. Un concepto aspiracional que, por su propia naturaleza, es dúctil, tiene unos límites difusos. Más tangibles fueron, en cambio, los efectos de su aparición: con su llegada, los trabajadores perdieron su orgullo de clase y comenzaron a sentir el estigma de ser los parias de la sociedad, convirtiéndose en blanco fácil para el marketing comercial y político. Disciplinas que, junto a la propia debilidad de lo público, nos han traído de la mano hasta el siglo XXI. Aquel en el que cuenta más el conflicto identitario, con el que resulta sencillo identificarse, que el colectivo, que desde luego nos afecta pero en ningún caso nos hace sentir especiales.

Atrapados por nuestras aspiraciones personales

Desde el limbo en el que vivimos, anhelando una capacidad de consumo que nunca alcanzaremos plenamente; atrapados en el deseo de la promoción social, miramos hacia arriba a través de los catalejos electrónicos que sustituyeron al automóvil: con nuestros dispositivos mostramos a los que tenemos cerca, y también a los que están lejos pero nos siguen, nuestro progreso por el camino del triunfo. Para avanzar, bien lo sabemos, no solo hay que esforzarse, sino que también hay que luchar contra las aspiraciones ajenas. Muchos están incluso dispuestos a propiciar el descalabro de algún semejante, porque los más ambiciosos son, en realidad, los más adaptados. Es algo que nos recuerdan diariamente los reality shows que vemos, algunos incluso protagonizados por nuestros niños. Cuanto antes obtengan las herramientas de la victoria propia y la derrota ajena, mejor que mejor.

En la vorágine de una sociedad cuyo motor es el enfrentamiento continuo de sus miembros, buscamos almas gemelas que nos acojan y las encontramos, precisamente, en los espacios que nosotros mismos creamos consumiendo: en las redes sociales, en las series de televisión… En sus ficciones hay lugar para los problemas de casi cualquier colectivo, por singulares que resulten. Mientras tanto, los miembros de la clase trabajadora han desaparecido de la vida pública o, peor aún, mantienen una exigua cuota de pantalla para recordarnos que su objetivo en la vida es medrar y dejar de ser lo que son. De la escasez en la que millones de personas desarrollan sus vidas, no queda rastro.

Bernabé se esfuerza en explicar cómo esta situación es fruto, en buena medida, del trasvase de las estrategias comerciales hacia el ámbito de la política. Sin duda, el mantenimiento de la trampa de la diversidad exige que, también en este terreno, nos importe más el continente que el contenido. La clave de este proceso reside en el mecanismo que hizo que nuestro deseo de individualización y diferenciación solapase radicalmente nuestras reivindicaciones políticas colectivas.

Huyendo de las teorías de la conspiración y del influjo los think tanks (cuya existencia, no obstante, también considera en su análisis), Bernabé señala en una de las explicaciones más clarificadoras de su trabajo cómo la ficción de la pertenencia a la clase media conquistó los medios de comunicación y el relato cultural, hasta que el discurso público comenzó a dar forma a una sociedad hasta entonces irreal. Así llegamos al presente de la caverna mediática, en la que anhelamos parecernos a las sombras que nosotros mismos proyectamos (nuestros famosos, nuestros sueños), mientras nos sentimos esencialmente solos.

Cuando todos comenzamos a tirar de nuestro propio grillete, olvidamos progresivamente el esfuerzo colectivo por romper la cadena que nos une. Así llegamos a la batalla de la representación de nuestras infinitas identidades. Un escenario en el que el liberalismo se encuentra cómodo, porque entre tanta discusión es imposible hablar de las condiciones materiales de una mayoría de la población que, para la izquierda, ya no opera como categoría. De hecho, sus intensos debates lingüísticos, ignorando el sustrato común de sus potenciales votantes, han dejado espacio para el resurgir de la reacción: de nuevo tenemos sobre la mesa las ideas más retrógradas jamás conocidas, presentadas ahora por sus defensores como rebeldes, contrahegemónicas e inconformistas, frente a la deriva de una izquierda obsesionada con la integración de una personalidad fragmentada.

Bernabé se defiende preventivamente de algunas críticas que ha recibido y realiza un esfuerzo para poner en valor las políticas simbólicas y representativas que surgieron a raíz de la década de los 60. El problema, en su opinión, vino cuando estas se desligaron de la lucha por la obtención de ciertas condiciones materiales para el común de la sociedad. Su crítica, por tanto, denuncia que, ante el protagonismo de nuestra diversidad, hemos abandonado el activismo colectivo.

La trampa que esboza tiene, por tanto, sólidos muros: con la bandera del socialismo pisoteada por un discurso que exagera sus peores defectos, con la izquierda enfrentada en batallas identitarias que la alejan de lo material y con el fascismo llenando las trincheras abandonadas por el progresismo, la derecha se queda buena parte de los anhelos de la clase trabajadora, haciendo imposible cualquier alteración electoral del escenario. No es de extrañar que, en este contexto, la frustración esté reencontrando vías de expresión como el machismo y la xenofobia. Pero, si bien el análisis de Bernabé parece intachable, ¿cómo podemos salir de la trampa? Y, si somos capaces, ¿cuál sería el precio a pagar?

Bernabé esboza la dificultad de la tarea mientras comienza a cerrar el círculo de su reflexión, lamentando el paso atrás de la izquierda en el terreno de la cultura popular, hoy preñada de neoliberalismo y aplaudida por el progresismo cuando hace un mínimo guiño a la diversidad (a una identidad, a una comunidad, a un colectivo oprimido). Aplaudiendo estos gestos aplaudimos a la vez ciertos valores neoliberales asociados, como la competitividad o el consumo. Es una figura similar al círculo de la muerte en el que caen las hormigas cuando pierden el rumbo y, en su afán por seguirse unas a otras, comienzan a dar vueltas sobre un mismo punto hasta desfallecer: el neoliberalismo nos vuelve cada vez más desiguales y nosotros tratamos de compensar la situación llenando con nuevas identidades en conflicto un espacio que antes ocupaban la clase o la religión. Lo colectivo se nos escapa entre los dedos y mientras nos agachamos a recoger sus pedazos, nuestras condiciones materiales, nuestra realidad, se vuelve cada vez más inhóspita.

Saliendo de la trampa

Pero volvamos al principio. La pequeña gran polémica que desató el libro de Bernabé ha marcado necesariamente la percepción de su obra. Muchos lectores tendrán serias dudas sobre la oportunidad de una crítica actual a la influencia de las políticas de la diversidad, pero lo cierto es que Bernabé lo hace con pulcritud y sin negar en ningún momento su importancia. Como señalamos, su crítica se sustenta en el olvido de las condiciones materiales de las capas más humildes de la sociedad. Es este exceso, y no la mera existencia de dichas políticas, lo que él sitúa en el centro de la ruptura de la conciencia de clase. Tanto es así, que Bernabé en ningún momento propone abandonar alguna conquista, sino que se limita a denunciar la mercantilización de nuestras identidades y su efecto nocivo en nuestras condiciones económicas y, por tanto, en un giro maquiavélico, sobre las propias condiciones de la diversidad.

En este sentido, algunas reacciones a su publicación parecen excesivas. Las ideas de Bernabé, además, han sido criticadas por su condición de varón blanco, heterosexual e incluso madrileño. Pero ¿es pertinente preguntarse si puede él, o podemos otros como él, entender lo que significa para las otras identidades el momento que vivimos? Probablemente, la respuesta se encuentre en algún punto intermedio entre la evidencia de que se deben confrontar las ideas, no sus comunicadores, y la de que alguien que no ha sufrido una cierta opresión no puede experimentar plenamente la importancia de la lucha contra ella.

Estamos aquí frente al eterno dilema que nos plantea el Posmodernismo, un pensamiento y un periodo que, nos guste o no, aún no ha sido superado. En cierto modo, es como si el péndulo de la historia aún tuviera una cierta inercia y textos como el de Bernabé fueran percibidos como el testimonio de las fuerzas que tratan de detenerlo, y no como un empuje nítido y claro en la buena dirección.

Quizá obras divulgativas, en el mejor sentido de la expresión, como La trampa de la diversidad demuestren que el momento de definir una nueva síntesis está más cerca, trayendo de vuelta una categoría de clase, de nuevo transversal, y ahora capaz de traspasar todas y cada una de nuestras identidades. Es evidente que un hombre blanco, heterosexual y pobre; un negro, gay y pobre; y una mujer negra, bisexual y pobre, comparten ciertos problemas. Pero ¿cómo abandonar tan pronto el paradigma que ha permitido a tantas personas vivir un poco más cerca de la libertad? El paradigma que les ha permitido caminar de la mano, quererse, asumirse públicamente. Quizá no debemos olvidar que, cuando la clase era la categoría hegemónica del discurso, no podían hacerlo. Las identidades, por tanto, han venido para quedarse y, en ese sentido, Bernabé acierta cuando afirma que no debemos olvidarlas, sino acomodarlas entre otros elementos capitales que él y muchos otros echamos de menos.

No deja de ser curioso que esté siendo este tiempo de diversidad exacerbada el que está trayendo el regreso de una clase trabajadora necesariamente nueva, y que se va esbozando poco a poco lejos de los medios de comunicación hegemónicos. Quizá el verdadero reto de nuestro tiempo es rescatar ciertos consensos de la Modernidad, pero negándonos a olvidar todo lo bueno que nos ha dado asumir una diversidad que siempre ha estado ahí, aunque hasta hace poco (quizá todavía demasiado poco) no la dejáramos venir con nosotros hacia el progreso.

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