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La peste roja – 22 de abril

Quedarse en casa es de comunistas. Lo dicen en Estados Unidos: «la distancia social es comunismo», vocifera una pancarta en la América Primero de Donald Trump. El presidente apoya a los manifestantes. Dice que son gente razonable que defiende su derecho a trabajar. Derecho a contagiar y a contagiarse. El siglo XXI tiene un gusto maniqueo: quedarse en casa es de izquierdas y salir a la calle, a hacer dinero, patria, eso es de derechas. Liberales y conservadores: la diferencia es un balcón. Consecuencia, advierte la ciencia: la división partidista hará que más gente se quede fuera y la peste se extienda. Morirán quienes no puedan pagarse el médico, o la comida.
En el Brasil de Bolsonaro tampoco se cree en la pandemia. La gripezinha del presidente también es cosa de rojos. El diablo, siempre tan astuto, llegó a poseer al ministro de Sanidad del presidente Jair Messias. Tuvo que cesarlo: repetía como poseído que convenía quedarse en casa y no entrar en la cafetería a saludar a todo el mundo con un apretón de manos. En Brasil se están multiplicando los cadáveres aunque, según los hombres de Dios, lo importante es que el país hace sus deberes financieros a gusto del mercado. Brasil não para. Los cruzados brasileños han estudiado en Estados Unidos que el patriotismo es el sacrificio de los perdedores.
«Jesús es mi vacuna», reza otro dicho de esos americanos-grandes-otra-vez que se manifiestan con fusiles y disfraz de pioneros. Ciencia y fe nunca han dejado de pelearse en contradicción eterna: «somos ángeles y demonios, fieles y traidores», según Fangoria. Pero el Papa reza estos días en soledad cinematográfica porque hay un catolicismo abierto al ateísmo materialista de la ciencia: mejor conservar vivos a los fieles que condenarlos en el templo. Algo aprendió Roma de la peste negra. Los protestantes Trump y Bolsonaro no tienen esa losa y rezan en cualquier parte: en un camión, en los jardines de la Casa Blanca, alertando contra la ciencia con la Biblia en la mano.
La ultraderecha global ha estudiado en inglés. El robo semántico es ley: fascistas contra la «dictadura» y franquistas frente al «golpe de Estado». Citan mal a Orwell: porque el Ministerio de la Verdad se dedicaba a falsificar el pasado, no a perseguir la opinión divergente. En 1984, las palabras para expresar ideas diferentes estaban prohibidas y serían superadas por la neolengua, sueño erótico de la filosofía del lenguaje: un idioma puro, sin equívocos. Wittgenstein, no Lenin. Solo los proles seguirían hablando la lengua del pasado: confusa, sucia, literaria, en algún momento revolucionaria; lo que carecería de importancia porque los trabajadores, a fin de cuentas, no son seres humanos.

Notas de Extramuros es una columna informativa de Siglo 21, en Radio 3. Puedes escucharla en el siguiente audio y acceder al programa pulsando aquí. También puedes revisar todas las Notas de Extramuros en este Tumblr.

 

 

Víctor García Guerrero
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