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Las mujeres en la Segunda República y el Franquismo. De la libertad a la represión

«Para ser mujer ya estudiaste mucho», le dijeron a mi madre cuando quiso continuar sus estudios y entrar en la Universidad. Corría el año 1970 y mi abuela, que prácticamente no había ido a la escuela, consideraba que el papel de una mujer era el hogar y para eso, francamente, no era necesario estudiar. Un razonamiento curioso si tenemos en cuenta que su madre, mi bisabuela, sí había recibido una educación académica y la madre de ella, mi tatarabuela, era aficionada a la lectura y conocedora (como muchas mujeres españolas de su época) de sus derechos. ¿Cómo podemos explicar este abismo cultural entre las generaciones? ¿Cómo entender que en nuestro país haya habido al menos dos generaciones de mujeres a las que se limitó el acceso a la educación y se las relegó a un segundo plano? Para entender esto tenemos que remontarnos a como se consideraba a las mujeres españolas hace casi un siglo, durante la Segunda República, y como esto les pasó factura al estallar la Guerra Civil.

La mujer en la Segunda República

Durante este periodo las mujeres lograron acceder a la educación, formarse dentro del mundo obrero, acceder a cargos públicos y conseguir que se aprobaran leyes que les permitiesen votar o divorciarse. Pudieron, por fin, equipararse a otros países europeos donde las ya habían logrado importantes hitos en materia educativa y social. En España muchas mujeres jóvenes, llenas de entusiasmo, participaban en las manifestaciones cívicas que acompañaban al cambio de régimen y se agrupaban en asociaciones para luchar por sus derechos. Una de estas fue la AMA (Asociación de Mujeres Antifascistas) que fundó en 1935 la revista Mujeres Libres, dirigida a mujeres de clase obrera, y que centraba su atención en el despertar de la conciencia femenina en pos de las ideas libertarias. Desde la AMA también se fijaron objetivos como que todas las agrupaciones tuviesen escuelas, tanto elementales como técnicas (para dar a las mujeres un grado formativo de alfabetización y estudios) y, en colaboración con los sindicatos, se capacitase a las mujeres en las fábricas dándoles un grado de formación para trabajos mecánicos. Sabedoras de que el acceso a la educación era uno de los pilares de vital importancia para poder mejorar su rol social, las que querían (ellas o sus hijas) estudiar tuvieron el apoyo del gobierno de la República, que creó nuevas escuelas y formó a maestros y maestras. Fueron muchas las que lograron el acceso a los estudios formativos, haciendo que las tasas de alfabetización creciesen hasta un setenta y un por ciento para el año 1936 (en 1910 apenas llegaba al cincuenta por ciento).

También en estos años se aprobaron leyes que favorecieron a las mujeres. Hasta 1931 podían ser elegidas para cargos políticos, pero aún no podían votar en los comicios. Gracias a la lucha de la diputada Clara Campoamor, el 1 de octubre de 1931 el sufragio femenino fue aprobado en Cortes y todas las mujeres mayores de 23 años pudieron votar en las siguientes elecciones generales en noviembre de 1933. En 1932 se promulgó la primera Ley del Divorcio y en 1936 Federica Montseny, ministra de Sanidad, tomó la iniciativa para que se despenalizase la interrupción voluntaria del embarazo por primera vez en España. Ambas leyes pusieron a España en igualdad de condiciones con sus homólogos europeos y suponían un avance importante en los derechos de las mujeres. Sin embargo, el golpe de estado al gobierno de la República y la posterior Guerra Civil acabarían con todos estos logros.

La represión ideológica tras la Guerra Civil

Si la lucha por los derechos de las mujeres era uno de los pilares del programa reformista de la República, para el nuevo gobierno franquista el lema era claro: El niño mirará al mundo, la niña mirará al hogar. Así resumían los roles que cada uno debía desempeñar en la nueva sociedad española. Los anhelos del régimen de regresar a ideales tradicionales se tradujeron en todo un sistema de valores que impuso unas férreas normas morales e ideó un modelo patriarcal de feminidad y maternidad que relegaría a las mujeres a un segundo plano. El discurso militarista y tradicionalista de que las mujeres no son aptas para el liderazgo fue adoptado en la nueva sociedad franquista, y aquella que se saliese de su rol sería castigada. Era necesario mantenerlas reprimidas para que no intentasen volver a las ideas liberales del pasado. Para ello se usó una forma de represión más sigilosa que las persecuciones, condenas o torturas llevadas hasta entonces, pero más efectiva: la represión ideológica, que se extendería durante toda la dictadura. Y una de las mejores maneras de ejercer esta represión sobre ellas fue la de moldearlas a través de la educación. Las escuelas bajo el franquismo volvieron a separar a los niños de las niñas, formando a los alumnos en función del rol que era esperado por la sociedad. Con el fin de adoctrinar a las niñas se creó la Sección Femenina y Acción Católica, la rama femenina de la Falange, con Pilar Primo de Rivera al frente y con el lema Mujeres para Dios, para la patria y para el hogar. En palabras de la propia Pilar, «las mujeres nunca descubrirían nada pues les faltaba el talento creador reservado por Dios para las inteligencias varoniles». El objetivo de la Sección Femenina era preparar a las niñas para llevar sus futuros hogares y darles formación física para ponerlas en forma… para cuando tuvieran que ser madres. Pilar afirmaba que la mujer tenía la obligación de saber todo lo que llamaba «la parte femenina de la vida» y la ciencia doméstica era su «bachillerato» (pues estudiar el bachillerato real no se consideraba apropiado para la mente femenina).

En octubre de 1941 se hizo obligatorio unificar las asignaturas domésticas, tanto en las escuelas primarias como en las secundarias, que se enseñaban a las niñas bajo el título general de Hogar. Los libros docentes que se usaban para esta asignatura la describían como «los conocimientos básicos que debe poseer toda mujer con el fin de estar capacitada para cumplir su misión como ama de casa». A partir de 1945, las maestras controladas por el Régimen fueron instruidas en Escuelas de Magisterio exclusivamente femeninas. Por encima de su formación cultural se impuso la vocación patriótica y religiosa. En los pueblos, sobre todo, se las observaba e inspeccionaba constantemente, pues eran las educadoras del modelo de sociedad deseado por el Régimen. Para vigilarlas se crearon Juntas de Primera Enseñanza integradas por maestros, padres, sacerdotes, representantes de la vida civil y de las fuerzas de seguridad. El que durante décadas se formase a hombres y a mujeres de manera tan ideológicamente dispar sirvió para que se instalase la mentalidad de que el hombre es por naturaleza superior a la mujer. Es triste decirlo, pero en España hubo varias generaciones que se criaron oyendo el discurso continuo de «Mujer: tu sitio es el hogar». Tan esperpéntico fue este mensaje que incluso algo tan terrible como los malos tratos no recibían condena ninguna, ni por parte de la sociedad ni por parte de la ley; formaba parte del castigo que se les había impuesto tras la posguerra: si tu marido te pegaba era porque algo habrías hecho, no eras buena esposa o te lo habrías buscado. De hecho, la muerte por adulterio en España fue contemplada en el Código Penal hasta 1963 como un derecho del marido sobre su esposa; derecho reintroducido por el Régimen y basado en la fórmula de la venganza de sangre del Código Penal de 1870.

En conclusión y como comentaba al principio, muchas de nuestras abuelas y madres quedaron relegadas a un papel secundario. Y tristemente esa mentalidad aún está presente en algunas mujeres y hombres. Ser mujer todavía determina nuestras vidas y es algo que aún podemos ver en las noticias. Por eso es importante conocer nuestro pasado y no permitirnos ser menos libres de lo que fueron nuestras tatarabuelas. Que nunca nadie nos vuelva a decir, sea en el campo que sea, que «para ser mujer ya hiciste mucho».

Alison Gil Campa
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