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El otro objetivo de los conflictos armados

Nuestra memoria está repleta de imágenes definitorias de nuestro espacio. Probablemente, si evocamos París, en una de esas imágenes mentales aparezca la Torre Eiffel o Notre Dame, así como el Coliseo o la Basílica de San Pedro nos vienen a la mente si pensamos en Roma. Este fenómeno que vincula espacio y recuerdo a través de signos identitarios ha estado presente a lo largo de la historia, tanto en el territorio cercano como en el lejano gracias a los grabados y pinturas de artistas y viajeros. Sin embargo, es en el último siglo cuando el poder de las imágenes se ha incrementado notoriamente, pues las nuevas tecnologías permiten que construyamos estampas mentales muy claras de diferentes lugares sin haber estado en ellos. No obstante, aún a día de hoy, es en el territorio más inmediato, en aquel espacio que habitamos, donde los elementos representativos del lugar se llenan de un mayor valor simbólico. Las construcciones cobran una nueva dimensión más allá de su materialidad y se cargan de un contenido inmaterial vinculado a la historia del territorio, a sus costumbres, creencias religiosas e incluso a sentimientos. Asimismo, este patrimonio cultural comunitario está también conformado por elementos inmateriales per se como el lenguaje, los bailes o las historias, que en muchas ocasiones tienen su marco de desarrollo en el espacio. Teniendo esto en consideración y cómo la historia de la humanidad es en gran medida la del conflicto, no es extraño que la destrucción del patrimonio haya sido y sea una técnica bélica constante.

El adobe, la piedra y el hormigón han experimentado ataques sistemáticos que muchas veces van más allá de los daños indirectos, siendo estos un ataque directo y premeditado sobre un signo identitario de la comunidad. De esta forma se consigue minar la memoria colectiva y destruir junto a lo material, lo simbólico, es decir, todos aquellos valores vinculados que han sido otorgados por los diferentes grupos humanos. La pérdida del elemento material se convierte también en un vacío identitario, con la pérdida de los emblemas de un grupo social, de una religión, de una idea… Una instrumentalización de la devastación del patrimonio que supone una traumática conmoción para la comunidad. Este tipo de devastación de elementos patrimoniales identitarios no solo va unido a las guerras, sino que también acontece en caso de catástrofes naturales o hechos fortuitos, como por ejemplo con los movimientos sísmicos en Katmandú o la reciente quema de Notre Dame. Pero es en los casos bélicos en los cuales la comunidad se ve atacada directamente, repercutiendo en su cotidianeidad y sometiéndose psicológicamente.

Los casos de destrucción del patrimonio relacionados con conflictos bélicos son inabarcables. Centrándonos simplemente en algunas de las grandes guerras del presente y el pasado siglo, nos encontramos con el ejemplo de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de los Balcanes, la Guerra de Siria o en la actual guerra ruso-ucraniana. En todas ellas, a las numerosas pérdidas de vidas humanas unimos la pérdida de los hogares, de los espacios y del patrimonio.

Ante este proceso de destrucción cíclico y generalizado, cuando el conflicto cesa y la ruina pervive, nos enfrentamos entonces a la problemática de la restauración-reconstrucción. Simplificando, podemos reducir a tres las técnicas más relevantes a lo largo de la historia. Entre las tesis más destacadas encontramos la escuela francesa con Viollet-le-Duc y la restauración en estilo, donde el elemento es reconstruido, no siempre siguiendo su imagen original, sino siguiendo unos cánones ideales del estilo, por ejemplo, del gótico, en el caso de Notre Dame, añadiendo elementos que antes no estaban y eliminando otros originales. En el otro extremo, tenemos la poética de la ruina de John Ruskin, que aboga por la conservación de la ruina, sin recomponer los elementos perdidos. Se trata de una técnica muy utilizada en Gran Bretaña y en donde la imagen de la ruina en los casos de conflicto bélico puede convertirse en un recuerdo y testigo de lo acontecido. Finalmente, nos encontramos con la denominada tercera vía italiana, el acertado Restauro Moderno de Camilo Boito y el Restauro Científico de Gustavo Giovannoni, una restauración desde el respeto a la estructura original del monumento, restaurando, pero diferenciando lo que pervive de los elementos que se recomponen.[1]

Sin embargo, a pesar las prolijas ideas restauradoras del XIX, el siglo XX amaneció con una sacudida para la restauración patrimonial. A consecuencia de la Segunda Guerra Mundial se precisaba un acuciante replanteo de las premisas y surgieron organismos internacionales tales como el Consejo de Europa (1949) o el ICOMOS[2] (1964), vinculado a la UNESCO[3] (1945). Entre todos los textos creados debemos destacar la Convención para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado, comúnmente conocida como Convención de La Haya. Un instrumento internacional conformado por dos protocolos, el primero de 1954 y el segundo de 1999, que no es más que una relectura ampliada de los planteado anteriormente. El objetivo: anticiparse a la destrucción y elaborar un plan de defensa del patrimonio durante las guerras. Asimismo, desde estos organismos y contando con la comunidad científica, se lleva a cabo un consenso sobre el tratamiento de los bienes, que era y es por lo general, unánime: una gestión y tutela del patrimonio basada en su conocimiento, conservación preventiva, consolidación de la ruina cuando esto sea posible y restauración o reconstrucción como últimas vías de actuación. En las sucintas y certeras palabras del historiador del arte y arqueólogo Adolphe Napoléon Didron: «Es mejor consolidar los monumentos antiguos que repararlos, mejor repararlos que restaurarlos y mejor restaurarlos que rehacerlos».[4]  Pero como hemos comentado, la restauración de posguerra es una labor extremadamente compleja, pues ya no entran en juego solo los elementos históricos o estilísticos, sino el imaginario colectivo y los significados del patrimonio. A ello se une el inimaginable nivel de devastación, con ciudades enteras arrasadas. Es entonces cuando la última vía de actuación parece ser la única, pues cuando una población es sometida al aniquilamiento de su patrimonio, a la voluntad recuperación de los elementos materiales se une la necesidad de recuperar sus emblemas, el significado simbólico inherente a lo tangible. La no reconstrucción supondría, por tanto, una grave pérdida de la identidad de un pueblo.

Esta matización de la pauta metodológica tiene su reflejo en numerosos casos como por ejemplo la total reconstrucción del casco histórico de Varsovia, del Puente de Móstar o la Biblioteca de Sarajevo. En la actualidad, con un conflicto aún abierto y viendo que los planteamientos mencionados anteriormente han sido obviados una vez más, el caso ucraniano ya comienza a traer consigo teorías sobre lo que será la reconstrucción del espacio, tratando de devolver parte de lo perdido.

Fue durante y tras la Revolución francesa cuando se produjo un cambio en el concepto de patrimonio equiparable al que supusieron los conflictos armados del siglo XX para las tesis restauradoras. Se comenzó a entender el patrimonio como un bien colectivo, una herencia del pasado a los ciudadanos del presente, quienes son depositarios y, por ende, delegados en el deber de conservarlo para las generaciones venideras.  Comenzaba así una intensa labor de conservación y de restauración de una ingente cantidad de monumentos dañados en el proceso revolucionario, pero también de un patrimonio cultural que había quedado relegado al olvido. Con más de dos siglos de diferencia y, a pesar de los numerosos casos y de la amplía normativa al respecto, seguiremos apelando al respeto por elementos que son irremplazables, no solo para la comunidad autóctona, sino para la comunidad global, así como cuando sea irremediable, por una restauración desde el respeto al monumento y a la memoria. Esperemos que el siglo XXI no continúe dejando mella en el patrimonio, en los espacios y en las gentes.


Fuentes:

Conceptos generales acerca del patrimonio cultural y su restauración:

  • GARCÍA CUETOS, Mª Pilar. Humilde condición. El patrimonio cultural y la conservación de su autenticidad, Trea, Gijón, 2009
  • MACARRÓN MIGUEL, Ana Mª, Historia de la conservación y la restauración Desde la Antigüedad hasta el siglo XX, Tecnos, Madrid, 1995.
  • MUÑOZ VIÑAS, Salvador, Teoría contemporánea de la restauración, Síntesis, 2004, Madrid.

Acerca de la destrucción y restauración-reconstrucción en casos de conflicto bélico:

Cartas y documentos:

  • Convención para la protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado (Convención de la Haya), La Haya, 1954. Disponible en: https://www.icrc.org/spa/resources/documents/misc/treaty-1954-hague-convention-cultural-property-5tdm2q.htm [Fecha de consulta: 20 de mayo de 2018].
  • HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, Ascensión. Documentos para la Historia de la Restauración, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1999.
  • INSTITUTO ANDALUZ DEL PATRIMONIO HISTÓRICO. Repertorio de Textos Internacionales del Patrimonio Cultural, Editorial Comares, Granada, 2003.

[1] Para profundizar en las teorías restauradoras: MACARRÓN MIGUEL, Ana Mª. Historia de la conservación y la restauración Desde la Antigüedad hasta el siglo XX, Tecnos, Madrid, 1995 y MACARRÓN MIGUEL, Ana Mª y GONZÁLEZ MOZO, Ana. La conservación y la restauración en el siglo XX, Tecnos, Madrid, 2004.

[2] Consejo Internacional de Monumentos y Sitios.

[3] La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

[4] https://es.unesco.org/courier/2017-julio-septiembre/hay-que-reconstruir-patrimonio-cultural.

Llara Fuente
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