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Cuando Alfonso XIII intentó salvar a los Romanov

«La princesa Tatiana, hija segunda del ex Zar Nicolás, se ha escapado de Siberia y espera en los Estados Unidos, donde se propone emprender una tournée de baile ruso para recaudar recursos destinados a las asociaciones benéficas de Rusia». Esta rocambolesca noticia aparecía el 28 de noviembre de 1917 en el diario republicano La Prensa bajo el no menos llamativo titular «Una princesa que se escapa». Titulares como este son solo una muestra más de que todo lo que rodea al nombre Romanov ha ido adquiriendo un halo de misterio y leyenda que aún lleva a muchos a creer que no todos los miembros de la familia real fueron asesinados.

A lo largo del siglo XX surgieron numerosos rumores sobre la supervivencia de, al menos, alguno de los hijos del zar. Primero fue la prensa y luego internet quienes hicieron que esos rumores fuesen creciendo. Incluso llegaron a aparecer personas afirmando ser hijos que habían conseguido escapar, como el caso de la joven la polaca Anna Anderson1 quien afirmaba ser Anastasia, la hija más pequeña del soberano. Y ya en este mismo siglo hasta Netflix lanzó una serie de ficción sobre algunos descendientes de los Romanov, los cuales, amparándose en el apellido, querían vivir vidas rodeados de lujos y caprichos. Sin embargo, la realidad fue muy diferente.

En la madrugada del 17 de julio de 1918 toda la familia real rusa fue asesinada en la Casa Ipatiev, en Ekaterimburgo. El zar Nicolas II, su mujer Alejandra, el príncipe heredero Alexei y sus cuatro hermanas Olga, Tatiana, María y la pequeña Anastasia, fueron obligados a bajar al sótano durante la madrugada, donde un grupo de soldados borrachos les disparó y luego les clavaron sus bayonetas hasta asegurarse de que ninguno sobreviviera. En 1991 los cuerpos fueron exhumados y su ADN contrastado con el de Felipe de Edimburgo (el marido de la recientemente fallecida Isabel II), sobrino nieto de la zarina, confirmándose así que aquellos restos eran de los Romanov. Faltaban los cuerpos de los pequeños Alexei y Anastasia, que serían localizados finalmente en 2007 en una zona cercana.

Pero si volvemos a unos meses antes del asesinato, en marzo de 1917, esta historia llegaba a nuestro país con una noticia en el diario ABC que decía: «En San Petersburgo ha estallado la revolución; el Zar ha abdicado, el poder ejecutivo está en manos de la Duma, y actúa una Regencia, confiada al gran duque Miguel»2. La información causó consternación en las monarquías europeas. En el caso de España fue la reina Victoria Eugenia, prima directa de la zarina Alejandra, quien solicitó a su marido, Alfonso XIII, que ayudase a la familia del zar. Es cierto que Alfonso no fue el único monarca que se preocupó por el destino de los Romanov, pero sí fue el único que usó sus influencias y presionó públicamente todo lo que pudo para intentar sacarlos con vida de Rusia. Nuestro país, además, contaba con los medios necesarios para hacerlo, ya que gracias a la neutralidad manifestada en la guerra el propio Alfonso había creado en 1914 la Oficina de la Guerra Europea, organismo que daba ayuda humanitaria a todo aquel que la necesitase. Según iban llegando las noticias de los acontecimientos en Rusia, y temiendo por la seguridad de la familia imperial, el rey Alfonso envió un telegrama a su embajador el 22 de marzo, donde solicitaba al Gobierno ruso que permitiese la salida de los Romanov, ofreciéndoles asilo en España. El gobierno ruso rechazó la propuesta, ya que iban a ser enviados al Reino Unido. El gobierno inglés incluso inició conversaciones con el káiser Guillermo II para comenzar los trámites del traslado, pero finalmente Jorge V cambió de opinión, presionado por el temor de que su pueblo (ya de por sí descontento con las decisiones que este había tomado con relación a la guerra) quisiera seguir el modelo ruso revolucionario. El 6 de abril, el secretario del rey envió dos cartas al Foreign Office diciendo que era preferible que el gobierno retirase el asilo. Al día siguiente, el Foreign informó al Gabinete que sería mejor plantear la situación de los Romanov a Francia o a España. La respuesta del embajador británico en Francia fue que el gobierno francés (antimonárquico e involucrado de pleno en el conflicto) se negaba a hacerse cargo de ellos.

En el caso de España, Alfonso XIII decidió seguir el plan de los británicos de intentar enviar un barco2 a Rusia para sacar a la familia real y comenzó a realizar las gestiones diplomáticas para ello. El 2 de julio, Anatoly Nekluidov, el nuevo embajador ruso, llegó a España y en su visita ante los reyes alabó la labor de Alfonso salvando a cientos de soldados rusos durante la guerra. El monarca aprovechó para expresarle su «vivo interés» por el zar y su familia, rogándole que transmitiera al gobierno ruso su petición encarecida de que fuesen puestos en libertad. Nekluidov le dio excusas y le informó de que el gobierno provisional estaba pensando en enviar a los Romanov a Tobolsk, en Siberia. Esto complicaba aún más el traslado y según fueron avanzando los días las noticias sobre su destino se hicieron cada vez más inciertas. El Diario de Tenerife3 informaba que habían sido recluidos en el palacio de Tsárskoye Seló a las afueras de Petrogrado, para luego, según aseguraba ABC4, ser exiliados a Tobolsk. Este mismo periódico anunció el 8 de agosto que el gobierno ruso accedía por fin a que la familia del zar viniera a España. El rey Alfonso, animado por ese giro en los acontecimientos, contactó de nuevo con Jorge V y con el káiser para comunicarles la noticia y reiterar la promesa de que los Romanov se mantendrían al margen de la política hasta el final de la guerra. Tres días después, el marca recibió un mensaje del káiser donde le informaba de no tener problema en que España acogiese a la familia del zar. A finales de agosto se anunciaba que todo estaba solucionado con el gobierno soviético.

Sin embargo, en solo unos pocos días llegaron a Madrid las noticias de la ejecución del zar y la conmoción se adueñó de toda la corte. Alfonso hizo un último intento de traer a España al resto de la familia imperial, cuyas muertes aún no se conocían. En septiembre de 1918 le encarga a Gómez Contreras, que aún seguía como representante español en Rusia tras la Revolución, que haga las gestiones necesarias en Moscú para dialogar con Gueorgui Chicherin, ministro de Lenin y comisario de Negocios Extranjeros. Ambos se entrevistaron en Petrogrado. Contreras solicitó un permiso de visita a la familia imperial para ofrecerles alojamiento en España, a lo que Chicherin le respondió que estaban dispuestos a poner en libertad a la familia del zar siempre que España reconociese a los bolcheviques como gobierno legítimo. El 15 de septiembre de 1918, Contreras comunicó al rey que las conversaciones iban por buen camino. Pero casi al mismo tiempo comenzaron a circular noticias sobre el asesinato de toda la familia real. La mentira terminó descubriéndose y se llegó a la conclusión de que los bolcheviques habían estado jugando con el gobierno español para obtener ventajas políticas. De hecho, para finales de ese año aún seguirán corriendo rumores en prensa de que los Romanov estaban vivos5. Incluso con el fallecimiento del zar confirmado, circularon noticias que aseguraban que no había muerto, sino que estaba huido y refugiado en Japón6.  Para un mundo supuestamente civilizado, la noticia tan rápida del asesinato de todos los Romanov parecía irreal, sobre todo cuando en los círculos políticos se había afirmado que en caso de que hubiese algún tipo de represalia sería al final de la guerra.

A principios ya de 1919 los blancos entraron en Yekaterimburg buscando los cuerpos de la familia real, y, aunque no encontraron nada, sí recopilaron suficientes testimonios de los asesinatos. El gobierno soviético nunca hizo ninguna declaración oficial sobre el tema. Alfonso XIII, pese a haber mantenido sus gestiones hasta el último momento, no logró salvar a los Romanov. Dicen sus biógrafos que al rey le quedó de consuelo de, como resultado de su acción humanitaria, haber salvado a miles de personas anónimas7, logrando el reconocimiento de varios países europeos después de la Gran Guerra. Sin embargo, esto no le sirvió de ayuda cuando unos años después terminó abdicando ante la miradas para otro lado de algunas monarquías, incluidas las emparentadas con los zares. Como parece que no nos cansamos de ver, la Historia en la memoria colectiva posee muchas veces una retentiva muy corta, lo que condiciona decisiones políticas y gubernamentales independientes a lo que pueblos, naciones o gobernantes puedan o no merecer.


  • 1https://www.revistavanityfair.es/realeza/articulos/anna-anderson-historia-vida-anastasia-romanov/43337
  • 2 «La Revolución en Rusia. Abdicación del Emperador Nicolás», ABC, 16/03/1917, p. 8.
  • 3 «De la guerra. Rusia», Diario de Tenerife, 24/03/1917, p. 3.
  • 4 «El cautiverio de la familia imperial de Rusia. La ciudad de la muerte», ABC, 10/12/1917, p. 7.
  • 5 PATRIMONIO NACIONAL-SERVICIO DE PUBLICACIONES: «Cartas…», p. 142.
  • 6 «Ultima Hora. Exterior. El Zar», El Progreso, diario liberal, 28/11/1917, p. 2.
  • 7 GARCÍA, M.: «Alfonso XIII y la labor humanitaria de España», Revista española de Defensa – Ministerio de Defensa, (2014), p. 65.
Alison Gil Campa

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