Divulgación

La credulidad contemporánea

El conocimiento de la realidad en su plenitud es un supuesto de consecución imposible en la medida en que no poseemos el divino de don de la omnisciencia. Contraria a esta premisa subyace la inercia implícita de atribuir un carácter universal a lo parcial y sesgado de nuestro conocimiento. ¿A qué se debe esta patológica costumbre?

Realidad universal y verdad parcial

La ciencia inicia con un claro y rotundo «no lo sé todo» (Noah Harari). Esta premisa, cuya naturaleza axiomática parece estar sufriendo un proceso de degradación parejo a la humildad, determina la fluidez, dinamismo e infinita capacidad de crecimiento del saber. Este parecer, contrario al dogma estanco, estático y finito, nos ha permitido progresar tecnológica y socialmente, en tanto en cuanto la mejora solo es posible cuando no se ha alcanzado lo supremo, espejismo de la verdad absoluta y que pasamos a comentar.

La adquisición del conocimiento nos permite acercarnos al inalcanzable horizonte de la realidad, que es la existencia efectiva y objetiva de algo y que tiene lugar lo sepamos o no, lo entendamos o no. La realidad es una y cabe asumir que no está a nuestro alcance. Puesto que «todos apetecemos por naturaleza saber» (Aristóteles), este hambre de lo universal ha de saciarse con el conocimiento parcial y subjetivo que constituye la verdad, definida como «conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente» (Real Academia Española). La realidad emite un estímulo, que percibo limitado en tanto mis sentidos lo son y que proceso con sesgo en tanto mi cognición opera como solo yo opero. Así pues, si existen dos observadores y uno cursa con daltonismo, el que uno refiera ver color rojo y otro color ocre no implica que ninguno de los dos falte a la verdad, pese a que ambos comparten la misma realidad que teóricamente podríamos describir (aunque en la práctica ya concretamos la imposibilidad de esto) como elemento equis que emite un haz de luz de determinada longitud de onda y a cuya estimulación responden las células fotorreceptoras de los ojos que observan.

La posverdad sustituye a la verdad

Pese a que la realidad es una utopía para el ser limitado, procede acercarse lo más posible constituyendo una verdad común que nos permita entendernos y cooperar, siendo esta capacidad el eje vertebrador del progreso humano y la característica distintiva de nuestra especie. No es la capacidad de comunicarnos o razonar la que nos ha permitido conquistar el planeta, sino la posibilidad de crear realidades intersubjetivas compartidas (Noah Harari). La religión, el humanismo o el dinero son ejemplos de invenciones y concreciones de validez compartida que nos permiten trabajar como sociedad.

La reducción al absurdo del carácter subjetivo de la verdad y el marco cultural posmodernista conformaron el caldo de cultivo óptimo para la degradación de la primera y cuyo resultado último es la aparición de la posverdad.

La posverdad, al contrario que en el método científico, opta por relegar a un segundo plano la deducción en pro de la inducción, adscribiendo un carácter universal a un acotado número de observaciones parciales. Supone obviar los datos recabados en la búsqueda de lo real, para interpretar esta a nuestra conveniencia y así confirmar lo que previamente queríamos sostener. Enfrento la realidad cerrado a ella con el objeto de que esta se subyugue a mis creencias y no a la inversa. Ante la disonancia entre convicción y observación, opto por la primera y adapto a esta la segunda, en una suerte de verdad ad-hoc.

La verdad legitimada por el Estado

El conocimiento es motivo y motor del devenir social y así como el Estado establece un monopolio de la fuerza, legitima su posesión del saber y por ende de la verdad para justificar su proceder. Pero cabe matizar, aludiendo para esto a Schopenhauer, que una cosa es tener la razón (estar en lo cierto) y otra llevar la razón (ganar la discusión). La verdad de una proposición y su validez en la aprobación de los que discuten y sus oyentes son cosas bien distintas.

Para lograr convencer de nuestra verdad al receptor suele ser preciso el ejercicio de la dialéctica. Sócrates ya inició este conflicto con los sofistas, a los que acusaba de degradar la verdad. El grupo interpelado se dedicaba al oficio de crear verdades ad-hoc para aquel que contrataba sus servicios. Aquí tiene origen la erística, disciplina centrada en el debate y la dialéctica y cuyo objetivo es el éxito de la disputa en lugar de averiguar la verdad. La contienda se resuelve con la condena a muerte del filósofo, quien pudiendo escapar decide consumir la cicuta por coherencia con sus principios y para dejar en evidencia el sistema de derecho. El poder se adueña de la verdad y la impone como absoluto, con la legitimidad correspondiente a un monarca coronado por la Divina Providencia. Hanah Arendt postula que la verdad absoluta y la democracia no pueden convivir, dado que no existe lugar para la opinión disidente.

«La posverdad es una categoría que nos permite entender como lo mediático y lo político ya no son esferas independientes» (Darío Sztajnszrajber).

Si ostentan la verdad, ¿para que buscarla por mí mismo?

La atención es la capacidad para seleccionar el estímulo de interés e ignorar los demás y también la solución a la incapacidad de una cognición con recursos atencionales limitados. El bombardeo de estímulos breves e intensos dificulta la focalización en otros menos atractivos y cuya percepción y procesamiento entrañan más esfuerzo. La rápida liberación de dopamina resultado del deslizamiento del índice por la pantalla del smartphone explica el arrollador éxito de Instagram y demás sucedáneos. Opero conforme el principio de eficiencia: lograr la mayor recompensa dopaminérgica con la menor inversión energética. Invito al lector a indagar sobre los perniciosos algoritmos que rigen estas plataformas.

En lo que a razonar respecta, la inducción es lo más económico y cómodo. Dado que la mayoría de los cisnes que he podido ver son blancos, induzco que todo cisne es blanco, pero en 1697 se descubrió que existía el cisne negro.

En virtud de lo cognitivamente asequible y la popularización del acto de inducir, se ha institucionalizado la extracción de toda suerte de axiomas a partir de premisas parciales, constituyendo dogmas cuyo origen es un acotado número de observaciones.

Puesto que nos es dada la verdad absoluta, resulta un aparente despilfarro de recursos investigar cuando ya todo es sabido. Tampoco tiene caso ponerlo en duda, pues lo matizable cabe en lo parcial pero no en lo universal. Paradójicamente, aquel que más argumentos tiene en tanto es legítima su posesión de la verdad, resulta ser el más incomodado con premisas contrarias. El inseguro responde a la defensiva, el temeroso ataca por miedo y el uso de la violencia denota carencia de argumentos. Quizás proceda ser escépticos ante el mundo ideal como única realidad verdadera.

Conclusiones

El asiduo a la lectura de ensayo habrá podido comprobar, si acaso su interés en profundizar en la materia, que la ramificación bibliográfica constituye un infinito pormenor. Aprender es como patelar en arenas movedizas, cuánto más indagas, más lejos se posiciona el abarcar todo el conocimiento relativo a la disciplina.

No confundamos la incansable persecución del físico por lo armónico y estético de sintetizar la teoría del todo en la ecuación última, con el idealismo que antepone lo simple a lo complejo, pues solo el emponzoñamiento racional subyacente a degradar pensamiento y deducción a creencia e inducción nos hará involucionar a corderos vulnerables al catecismo.

El apóstol Tomás tuvo que comprobar las heridas de Cristo palpándolas con sus manos, pues sin pruebas no creía su resurrección. Una vez introduce los dedos en la hendidura del costado, Jesús le reprocha: «Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron». No hagáis caso del Mesías y sed como Tomás. La incredulidad, desde siempre y hoy más que nunca, queda lejos de ser un defecto.

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