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Mozambique: yihadistas, mercenarios y un girasol de esperanza – 31 de marzo

Zeza Zuma es una refugiada en su propio país, Mozambique. Es una de las casi setecientas mil personas desplazadas por los ataques de milicias islamistas en el norte, cerca de la frontera con Tanzania. Estos días se cobija en Pemba, en la costa. Cuenta a la televisión portuguesa que los terroristas saquearon e incendiaron su aldea, que mataron a los hombres y a los niños, y que secuestraron a las chicas jóvenes. Incluidas a dos de sus hijas. El periodista pregunta en portugués del Barrio Alto. No sé nada de ellas, contesta Zeza Zuma bajo el sombrajo de su chabola con una mirada de rabia, miedo y soledad.

La tele de Portugal está más cerca de los antiguos colonizados que una Lisboa muy lejana de este desastre indescriptible. El adjetivo es de ACNUR, que confirma relatos sobre niños decapitados y cuenta huérfanos ahora repartidos entre la comunidad. La fraternidad y los cuidados nacen del desamparo. Mientras, las milicias de ISIS han tomado Palma después de seis días de asedio. «En la plaza hay cuerpos con y sin cabeza», cuentan los mercenarios contratados por la propia policía mozambiqueña. Los yihadistas se graban en vídeo diciendo: «tenemos derecho a cortar y a matar, Alá es grande». La decapitación es terror dependiendo de en qué nombre ruedan las cabezas.

Se prepara un mini-Dunquerke, exageran algunas crónicas de ojo europeo mirando a los barcos preparados para la evacuación del avance yihadista. La épica de Segunda Guerra Mundial está todavía lejos de Mozambique, que en su norte había encontrado yacimientos de gas. La compañía francesa Total tiene la concesión para construir en Palma una planta por veinte mil millones de dólares. Es la mayor inversión del África austral. Abundan los mercenarios: usaron helicópteros a la desesperada y mataron a civiles. Daños colaterales para las empresas de seguridad DAG, Paramount o Burnham. Entre ellas suman todas las guerras del siglo XXI. Mozambique es otro contrato.

Los yihadistas de Mozambique se hacen llamar Al-Shabab: los jóvenes. Afirma Le Monde que son producto de una profunda insatisfacción social, como si de la miseria solo se saliese por el camino de la fe asesina. José Craveirinha, el mayor poeta de Mozambique, escribía que «del odio y de la guerra de los hombres, de las madres y de las hijas violadas (…) crece en el mundo el girasol de la esperanza». Dama do Bling rapea hoy: «para vivir en Moz tienes que ser muy artista». En el videoclip, esta mujer libre baila en una favela de Maputo: polvo, chapa y jóvenes pobres y sonrientes. Vista desde el norte en llamas, parece el girasol del poeta.


Notas de extramuros es una columna informativa de Siglo 21, en Radio 3. Puedes escucharla aquí.

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