Benjamín de Tudela, un navarro del siglo XII en China

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Antes que Marco Polo, en una época anterior a los grandes exploradores y las expediciones de conquista, Benjamín de Tudela, Navarro, recorrió el mundo conocido hasta adentrarse en la India, Tíbet y China, y recogió sus notas de viaje en un relato que tituló en hebreo Sefer Masaot, literalmente Libro de viajes.  Esta obra tardó cuatrocientos años en ser editada por primera vez, incompleta y olvidada, y nunca el testimonio que legó fue tomado como veraz. Hoy sabemos que fechas, datos sobre el estado de construcciones, gobernantes y conflictos concuerdan con la realidad histórica pero, pese a esto, su épico viaje sigue siendo ignorado tal vez por haber sido judío, o por haber sido español, o tal vez por ambas razones.

En los tiempos de Benjamín de Tudela apenas había exploradores: los mahometanos eran dueños de la mayor parte del mundo conocido, pero limitaban sus viajes a la pura mercadería. Extendían sus caravanas hasta remotos lugares del lejano oriente, con un objetivo puramente mercantil, y sus relatos eran un compendio de exóticas fantasías destinadas a ensalzar los valores de sus mercaderías. Estas historias dieron lugar a la literatura arábiga de cuentos pero, a pesar de su valor literario, no pasaban de ser relatos de ficción. Los cristianos occidentales, por otro lado, estaban ocupados en contener la emigración conquistadora del Islam y contaban aún con menos medios científicos o de comunicación para reunir datos acerca de los territorios más allá del norte mediterráneo, y los orientales, los de Bizancio, jamás mostraron interés más que por su propio territorio, apenas legando algún legajo geográfico de relevancia. En el norte de Europa acababan de establecerse las primeras archidiócesis en los reinos escandinavos, y pueblos como el lapón o el lituano aún eran bastiones paganos. En el siglo XII pues, lo último que se sabía del mundo había sido recogido por el imperio romano, desaparecido cientos de años atrás y a nadie parecía interesarle emprender expediciones o embajadas por latitudes ignotas.

Para los judíos, sin embargo, saber sobre el destino de los hebreos repartidos por la tierra constituía casi un deber, tal vez la única forma de conservar algo parecido a un espíritu nacional. Son comunes en el periodo los relatos de comerciantes que emprendieron peregrinación a Israel y que ejercían de altruistas correos entre poblaciones judías tan distantes como las de Córdoba y Siria. Para los israelitas, el conocimiento y ubicación de sus iguales les daba valor de país, les hacía sentir que seguían perteneciendo a un pueblo.

Benjamín era natural de Tudela e hijo de Jonah de Navarra, quien posiblemente fuera un rabí. Al propio Benjamín se le atribuyó el título de rabino en muchas ocasiones debido a su extenso conocimiento de las leyes judías, la Torá y la Halajá, tantas como veces se dijo de él que no era más que un simple comerciante de gemas. Nació aproximadamente en el año 1130, y prácticamente todo lo que sobre él se sabe se reúne en sus propios escritos y en la introducción anónima que encabezó su libro: «Este es el libro de viajes que compuso R. Benjamín, hijo de Jonah de Navarra. R. Benjamín salió de su lugar, de la ciudad de Tudela, recorriendo muchas y apartadas tierras, según se refiere en su libro, y en cada lugar adonde fue, escribió las cosas que vio o que oyó de boca de hombres veraces, cosas como no se oyeron nunca en España, y asimismo menciona algunos sabios y príncipes de cada lugar. Este libro lo trajo consigo al venir a Castilla en el año 4933. Y era el mentado Benjamín varón muy entendido e inteligente, versado en la biblia y las leyes, y después de examinar todo lo dicho por él para comprobar sus palabras resultaron todas ellas perfectas y veraces e irrefutables, porque era un hombre de verdad».

De Tudela al mundo

El libro, desde su inicio, no solo se limita a encabezar cada apartado con el nombre de la ciudad en que ha estado, hacer una breve descripción de esta y relatar sus gobernantes, la importancia de la comunidad judía que hubiere y el nombre de sus jefes, sino que también recoge las sensaciones que le transmiten las diferentes sociedades con que se va encontrando y, además, su relación con su pueblo, convirtiéndose en ocasiones en un texto político. Así describe, partiendo de Tudela, Zaragoza, Tortosa, Tarragona, Barcelona y Gerona. Saliendo de España toma nota sobre las ciudades a su paso por el sur de Francia hasta en entrar en Italia, y, por ejemplo, describe Pisa de la manera siguiente: «Pisa – De Génova a Pisa hay dos jornadas. Es una ciudad muy grande y en ella existen unas diez mil torres en sus casas para luchar en tiempos de discordias; todos sus hombres son valientes; ni hay rey ni hay príncipe que los gobierne, sino tan solo cónsules que ellos mismos nombran. En ella viven unos veinte judíos cuyos jefes son R.  Moseh, R. Hayyin y R. Josef. No está circundada por muralla alguna y se encuentra a seis millas del mar, entran y salen de ella en embarcaciones por el rio que atraviesa la ciudad». De esta misma manera registrará su paso por casi trescientas poblaciones, extendiéndose más en los relatos que comprenden a ciudades más importantes como Roma, El Cairo, Samarcanda o París.

Desde aproximadamente el año 1160 hasta el 1173 atravesará  Navarra, Aragón, Cataluña, Francia, Alemania, Bohemia, Rusia, vuelta hacía Italia donde embarca hacia las islas griegas, Corfú, Constantinopla, Asia menor, Palestina, Siria, Irak, India, Tíbet y China, para volver a occidente a Egipto, Sicilia, Italia de nuevo hasta Paris, terminando su relato en Castilla, el Sefarad.

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Del mundo al olvido

La primera edición que se conoce de Los viajes de Benjamín de Tudela data de 1543, en Constantinopla, casi cuatrocientos años después de su redacción. La segunda es de Ferrara, en 1556, y existen tantas diferencias entre ellas y casi cuatrocientos años desde la redacción del original, que la filiación manuscrita es imposible de aseverar. Traducidas del hebreo al griego una, y al latín otra, concuerdan tan poco entre sí que se supone que proceden de diferentes manuscritos. Ya Arias Montano, ilustre hebraísta de Amberes, afirmó que los textos que llegan al siglo XVI no son más que resúmenes del original de Benjamín, irremediablemente perdido. Estos resúmenes se limitarían a recoger las notas de viaje más interesantes para la época y, siendo este un siglo volcado en la exploración y conquista del nuevo mundo, poca relevancia tendría un relato sobre viajes por un territorio en esos tiempos ya bien conocido por la cristiandad.

Aún hoy existe una amplia oposición, heredada de los estudios ingleses que en el siglo XIX se hicieron sobre una de tantas ediciones, a que Benjamín viajara más lejos de Bagdad, y le acusan nueve siglos después de limitarse a recoger vagas historias relatadas por los mercaderes con que supuestamente, en el infundado papel de comerciante de gemas que se le atribuye, negociaría. Desde el otro punto de vista, el que da valor histórico al Libro de Viajes, los datos recogidos por el tudelano; nombres de gobernantes, alcaldes, alguaciles, de rabinos de cada población; de las fronteras entre territorios (que eran continuamente cambiantes); de edificaciones, puertos y fortificaciones, concuerdan completamente con los libros de historia, incluso permiten fechar su itinerario con un margen de error de máximo dos años. Si, como parece ser, la única prueba que desacredita la verdad de este heroico y peligroso viaje se funda en que más allá de Irak, recorriendo las tierras de India, Tíbet y China, sus descripciones se vuelven escuetas e inconcretas, e incluso cambia su forma de redacción, sabiendo como afirman los estudios que nos encontramos ante un texto incompleto podríamos achacar estas faltas de concordancia a lo incompleto de las transcripciones, a errores en las traducciones del hebreo al griego y de este al latín y, por qué no, a la doble leyenda negra que preferiría encumbrar el relato de Marco Polo antes que el de un judío o, peor todavía, un español.

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A la restauración

Si el mundo en el siglo XII ya era de por sí un lugar peligroso para cualquiera, para un peregrino judío, cuyo pueblo llevaba más de un milenio siendo perseguido, había de serlo aún más. No obstante, a pesar de todas las dificultades a las que sabía se exponía, Benjamín debía ser  un temerario, un loco, o un hombre tremendamente valeroso para emprender un periplo de miles de kilómetros a través de las peligrosas rutas que transitaban a los santos lugares, atravesaban países en constante guerra y recorrían desiertos interminables, montañas inalcanzables y mares inabarcables. Benjamín de Tudela debió ser un hombre extraordinario, tal vez un sabio o una suerte de iluminado que hablaba euskera, hebreo, castellano, arameo, griego, latín y árabe, versado en historia, geografía y alquimia, capaz de ponerse el mundo por montera en la plena edad media e igualarse a Hannón, Estrabón, Piteas o Heródoto. Fue el primer geógrafo social, el primer etnógrafo, y el escritor que dio partida al género que se llamará literatura de viajes.

Dentro del carácter de limitación, de irreflexión infantil que se vivía en Europa durante la Edad Media, el pueblo hebreo representaba el cosmopolitismo, el mayor compendio de cultura de aquella sociedad. Si al valor de un pueblo le unimos el valor de un hombre único, el resultado no podría ser otro que un impresionante relato de viajes como nunca había existido, como nunca tal vez nunca existirá: un judío, de Tudela… ¿en China? ¡Habrase visto!

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