Cimarrones de palenque, guerreros de la libertad

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Dícese del cimarrón que es todo aquel animal que fue doméstico y que, al verse liberado, huye y se vuelve salvaje. Durante siglos, el mismo sustantivo fue despectivamente utilizado por los blancos españoles y portugueses que vivían en América, para denominar a los esclavos africanos que lograban escapar del yugo de sus amos y se internaban en territorios ignotos, entregándose a una vida de constante defensa, huída y ocultamiento para conservar la libertad. Hubo uno de estos cimarrones que llegó a ser centenario y, por azares, fue entrevistado a mediados del siglo pasado. Sus relatos conformaron una biografía novelada digna de ser divulgada: la historia del último hombre vivo que había sido esclavo y huido; la del último que explicó lo que significaba ser cimarrón.

«Un hombre se encontró un huevo de águila y lo puso en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció junto con los pollos. Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso a veces sacudía las alas y volaba unos pocos metros por el aire como los pollos. Pasaron los años, y el águila envejeció. Un día vio muy por encima de ella, en el cielo azul, una magnífica ave que flotaba elegantemente, deslizándose majestuosamente por entre las fuertes corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas. La vieja águila miraba hacia arriba con admiración. -¿Quién es ése?-preguntó a una gallina. -Es el águila, rey de las aves -le respondió-, pero no pienses en ello, él pertenece al cielo, nosotros pertenecemos a la tierra; somos diferentes. Así, el águila vivió y murió como una gallina, porque creía que era una gallina.»

(Anthony de Mello)

Grabado de venta de negros

Desde que los primeros africanos fueron transportados a las Indias Occidentales, los motines y las revueltas dieron forma a la resistencia de aquellos hombres que habían nacido libres a admitir la condición de esclavos a que los españoles y portugueses les sometían. La mayoría de ellos ejercían una resistencia pasiva: trabajaban a desgana, destruían elementos de la producción y menaje del hogar, saboteaban y provocaban accidentes y, en última instancia, se suicidaban. Sus amos, ignorantes, no veían estos actos como gestos de oposición, sino como parte de la condición torpe y primitiva de unos seres que apenas eran considerados humanos. Las acciones que sí eran tomadas como amenazas al orden establecido eran las que implicaban otro tipo de resistencia, la activa, por la que fueron equiparados con las bestias: motines, rebeliones, cimarronaje, establecimiento de palenques y bandidaje.

Y es que el negro no olvidaba su origen, tradiciones o cultura por fuertes e intensos que fueran los palos, los latigazos o las violaciones. El legado literario de aquellos siglos de sometimiento, escrito por europeos, tiende a obviar al esclavo o a reducirlo a persona sin voluntad, intelectualidad o cultura, a simple mano de obra. Pero aquellos negros de guinea tenían inquietudes, mundo interior y anhelos, y jamás dejaron de pensar en recuperar la libertad. El cimarronaje fue un fenómeno espontáneo que tuvo lugar apenas el primer africano pisó tierras americanas y que sucedió paralelamente a lo largo y ancho de todo el continente, independientemente de la nacionalidad de los amos o de la etnia de los sometidos. Yorubas, iucumés, mandingas, togos, chalas, dahomeys, carabelíes, nígeres, cabindas, congos o angolas, (todos reducidos a guineanos), se insurreccionaron constantemente a través de los siglos, en muchas ocasiones gracias a la colaboración de los indígenas, hasta la abolición de la esclavitud.

Estatua de Benko Bioho en San Basilio de Palenque

El Rey de Biohó y Arcabuco

Si bien fueron cientos de miles de anónimos aquellos que rompieron sus cadenas y se echaron al monte, a pesar de la indiferencia de los cronistas de la época, hubo hombres que lograron trascender ese telón de europeo-centrismo y entrar en el terreno de las leyendas. Uno de estos personajes legendarios fue Benkos, que era el rey de la región de Biohó, un territorio que comprendería el actual Guinea Bissau, cuando fue apresado por el traficante de esclavos portugués Pedro Gómez Reynel. Habiendo sido llevado a Cartagena de Indias y revendido al noble Alonso del Campo, en 1596 protagoniza un primer intento de huida aprovechando el hundimiento de la embarcación en que bogaba por un río de Nueva Granada.  Tras su captura, aunque no existe documento que lo confirme, podemos dar por hecho que fue duramente castigado. Había sido capturado, pero ese intento de fuga devolvió la dignidad al viejo líder. Pasó el tiempo, pero de la cabeza del monarca nunca desapareció la sensación de haber vuelto a acariciar la libertad, así que estando recluido en una estancia en la rivera del río Magdalena, en 1599, organizó una revuelta y huyó junto con decenas de sus antiguos súbditos a través de las zonas pantanosas del sur de Cartagena, donde los barcos no tenían calado. Sabía que a través de territorio cenagoso los perros no podrían rastrearlos y que los amos no arriesgarían lesionar un caballo, más valioso económicamente que la mayoría de los esclavos, por capturar a unos africanos. Hacia el siglo XVII, un cerdo valía treinta pesos; una niña ochenta, un joven negro útil cuatrocientos y un buen caballo quinientos pesos.

palenqueSe estableció en los montes de María, una sierra inexplorada que contaba con escarpados y poblados cerros que en ocasiones superaban los mil metros de altura y se refugió en los antiguos asentamientos de los indígenas zenúes, que con la colonización habían ido desapareciendo de aquellas tierras. Ordenó reconstruir viejas fortificaciones y constituyó un organizado ejército, preparó tierras para cultivo, desvió arroyos para mejorar el regadío y en pocos meses aquellas ruinas llegaron a ser un poblado autosuficiente. Salvando las diferencias orográficas y climáticas, construyó un pequeño reino al estilo de lo que hubiera sido en Guinea. Los africanos llamaban a estos asentamientos quilombos, palabra bantú que definía un lugar organizado por un jefe, o también cumbés, de significado similar. Los españoles los bautizaron como palenques, que era como se llamaba a los terrenos cercados por una estacada para guardar ganado, por la costumbre que tenían, tomada de África, de acotar sus poblados con una empalizada defensiva.

Organizó una sofisticada red de correos e inteligencia valiéndose de antiguos senderos zenúes y siguió organizando rescates de esclavos que engordaban su ejército. Los negros de las estancias cercanas supieron pronto de la existencia de este palenque y un goteo de cimarrones comenzó a huir hacia la zona hasta que la milicia alcanzó varios cientos. Comenzó a ser llamado Rey de Arcabuco, nombre de la parroquia más cercana y el relato de sus heroicidades y de lo justo de su gobierno ganó la simpatía de los criollos de la región.

El gobernador de Cartagena, Gerónimo de Suazo y Casasola, sabiéndose en inferioridad de efectivos frente a los del rey Benkos y temiendo una sublevación, ofreció en 1605 un tratado de paz en que aceptaba que los cimarrones fueran considerados hombres libres, se les permitiera vestir ropajes españoles y que reconocía la autonomía de la región de Arcabuco, cuya capital sería el palenque de La Matuna, sito en la ciénaga homónima y a apenas veinte leguas de Cartagena, a cambio de la no intrusión en tierras de la gobernación, el compromiso de no alentar la fuga de más esclavos y la renuncia a usar el título de rey. Las negociaciones duraron siete años hasta que en 1612 con la llegada del nuevo gobernador Diego Fernández de Velasco, flemático diplomático y gran defensor de las Leyes de Indias, se alcanzó un acuerdo definitivo de paz que incluía incluso un acuerdo de comercio entre las dos partes.

Foto de un PalenqueEsta situación duró hasta que Velasco fue nombrado por Felipe II nuevo gobernador de Yucatán, siendo sustituido en Cartagena por García Girón. Este, que no mostraba ninguna simpatía por indios, criollos ni negros y que ambicionaba extender los territorios colonizados para su gloria personal, ordenó apresar sorpresivamente a Benkos Biohó en 1619 cuando paseaba desarmado por el mercado de la ciudad, violando así el tratado de paz. Argumentó que el reo había traicionado altamente a la corona al permitir que sus subordinados le dispensaran trato de rey, así como por embaucar y sublevar a los esclavos guineanos de la gobernación, puesto que «con embustes y negros encantos llevase tras de si a todas las naciones de guinea que hubiere en la ciudad». Y es que a pesar de su compromiso, Benkos no podía evitar que continuamente siguiera habiendo fugas de esclavos hacia la sierra y se le siguiera culpando por haber expelido un hálito de esperanza entre los maltratados negros de la región. Fue condenado a la horca y dícese que antes de su ejecución, en marzo de 1621, sus últimas palabras fueron: «solo soy culpable de seguir siendo aquello para lo que nací, lo que muchos no pueden ser: un guerrero». Tras romperse el cuello, su cuerpo fue descuartizado y entregado a los perros.

La llamada guerra de los cimarrones duró cuarenta años más. El palenque de La Matuna fue arrasado, pero en su lugar los supervivientes construyeron los de San Miguel, Betancur, Matubere, Norosí  y El Arenal, entre otros, y nuevos líderes inspirados por Benkos fueron surgiendo. Fue este el caso de Domingo Padilla, criollo autoproclamado capitán de los cimarrones, cuyo grupo resistió hasta 1694. Hacia 1700, los seiscientos sobrevivientes del palenque de San Miguel fundaron el de San Basilio, que con la mediación del obispo de Cartagena se constituyó como parroquia. Este fraile, Antonio María Cassiani, consiguió que el gobierno colonial firmara el documento Entente Cordiale que reconocía a los palenqueros como pueblo, comunidad libre y dueña legítima del territorio que ocupaban. El palenque de San Basilio fue declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la humanidad por la UNESCO en 2005 y es considerado uno de los primeros pueblos libres de América. Hoy sigue existiendo y conservando una peculiar lengua criolla, ancestrales ritos culturales y la misma organización social: un legado legítimamente conquistado del que Benkos Biohó se sentiría orgulloso.

Estatua del Negro Miguel de Buria

El breve reinado de Miguel de Buria

Si bien Biohó fue un ejemplo de cómo los cimarrones podían coexistir en paz con los europeos, aunque fuera solo por un breve tiempo, estas relaciones entre colonias y microestados no habían sido siempre, ni serían, tan idílicas. A finales de 1552, procedentes de Puerto Rico, ochenta esclavos fueron trasladados al venezolano emplazamiento de Nueva Segovia de Barquisimeto, en la rivera del rio Buria, donde se acababa de descubrir una prometedora veta de oro. Cómo de penosas debían de ser las condiciones de trabajo en aquellas primitivas minas, que apenas unos meses después un grupo de aproximadamente una docena de africanos huyó a las montañas con una pequeña cantidad de oro sisada de su trabajo. El grupo fue acaudillado por el Negro Miguel que, tras proveerse de armas que le proporcionaron los indios de la región, preparó un asalto al Real de Minas de San Felipe de Buria, donde su esposa estaba recluida a cargo de Pedro del Barrío. Mataron a cuanto español se encontraron y consiguieron liberar a varias decenas de esclavos.

Se extendió por todo el territorio su fama de indomable y justo rebelde y en pocas semanas cientos de cimarrones e indios acudieron al palenque fundado por Miguel para unirse a su causa. Tan poblado se volvió el asentamiento que fue necesario organizar un pequeño gobierno para organizar lo que ya se llamaba el territorio de El Rey Miguel, conformando una comunidad con escalafones jerárquicos, alguaciles, e incluso  un obispo negro. Pronto constituyó un ejército, pero la necesidad de víveres se hacía cada vez más grande. El palenque había crecido demasiado en muy poco tiempo. No tenían ganado ni tierra apta para el cultivo y las incursiones de rapiña a las estancias cercanas no daban abasto para sostener la población. Como cualquier gobernante actual en tiempos de recesión, vio solución a la carestía en la invasión del territorio del vecino rico. Atacaron la plaza fuerte de Barquisimeto, cuyos habitantes, capitaneados por Diego García Paredes, la defendieron valerosamente. No sabía el Rey Miguel que entre sus súbditos se hallaba un traidor que días antes había dado aviso a los españoles del inminente asalto y, cuando tenía el lugar sitiado y no esperaba más que dar el golpe definitivo a unas defensas muy mermadas, Diego de Losada y sus fuerzas recién llegadas de la vecina ciudad de El Tocuyo emboscaron a los cimarrones dando muerte al rey y a gran número de sus efectivos, para posteriormente asaltar el palenque y volver a reducir a la esclavitud a la totalidad de sus supervivientes.

Mapa_del_Estado_de_Panamá_(1865)

Felipillo y Bayano

También en Panamá, años antes de la aparición de Biohó, ya había habido revueltas y líderes similares que no tomaron la vía del pacifismo y la integración sino la de la revancha y, en muchos casos, la venganza: en la década de 1540 un líder cimarrón llamado Felipillo se había hecho fuerte junto a sus compañeros tras escapar de las zonas perleras del istmo. Si bien el trabajo en las minas era duro y peligroso, el de los buceadores perleros no le andaba a la zaga. Decenas de esclavos morían ahogados, por embolias pulmonares o víctimas de ataques de tintorera. Formó un palenque a orillas del golfo de San Miguel, en el Darién, y organizó una guerrilla en la jungla panameña que asaltaba a los viajeros del camino real para despojarles de armas y vituallas y, cobijados por la noche, incursionaban en los asentamientos españoles para liberar a sus congéneres.

Los amos alertaron a las autoridades de la pérdida de gran cantidad de sus esclavos, cosa que comprometía el pago de impuestos al comenzar a escasear la mano de obra, y estas reaccionaron enviando al capitán Francisco de Carreño al frente de un pequeño ejército que combatiera la guerrilla. Tras múltiples escaramuzas logró localizar la aldea de Felipillo y en 1549 la redujo a cenizas terminando con la vida del líder africano. Pese a haber sofocado la rebelión, el germen de la libertad ya había sido plantado entre los esclavos de la zona y pronto hubo otros levantamientos dirigidos por nuevos líderes. Antón Mandinga y el Negro Mozambique fueron caudillos relevantes, aunque no tanto como Bayano.

Fue Bayano el que tomó el relevo de Felipillo. Había sido capturado un par de décadas antes de la tribu de Mandinka, en el actual Sierra Leona, donde era un reconocido guerrero. Reorganizó a los cimarrones huidos en el palenque de Ronconcholon, a orillas de lo que hoy se conoce como río Bayano. Según cálculos de la época habría llegado a tener una población de mil doscientos africanos, lo que lo convertía en una ciudad en toda regla, con un ejército digno de temer. Tras varias negociaciones de paz, en 1555 se estableció una tregua y una ronda de negociaciones para establecer frontera, pero estando reunido con el gobernador de Panamá, Pedro de Ursúa, dicha tregua fue traicionada y Bayano fue prendido. Se le envió a prisión a Perú, pero tan grande era su fama y el temor de los españoles a que organizara otra rebelión, que pronto fue mandado a España, donde falleció.

Capoeira or the Dance of War by Johann Moritz Rugendas

El Quilombo de Los Palmares

No solo hubo palenques en los territorios españoles de Las Américas. Este fenómeno también se reprodujo en Jamaica, Haití, Belice, Virginia y, cómo no, en los territorios portugueses del Brasil: Ganga Zumba era hijo de la princesa Aqualtune y gozaba de una vida de privilegios cuando, en 1665, el capitán Luis Lopes do Sequeira enfrentó a su ejército de quince mil soldados contra las fuerzas del Rey Antonio I del Congo, que atacaba la colonia portuguesa de Angola con la intención de recuperar la soberanía sobre su territorio. Tras la victoria de Sequeira, aproximadamente cinco mil africanos fueron capturados y enviados como esclavos al otro lado del Atlántico. No se sabe cómo ni en qué momento, pero pronto escapó de una plantación de azúcar en Santa Rita junto con sus hermanos Zona y Sabina y se estableció en el Quilombo de Los Palmares. Ganga Zumba, que probablemente ya ocupara algún puesto administrativo en la corte de su tío, no tardó en hacerse con el poder y establecer en el primitivo asentamiento una sociedad muy bien organizada, completamente autosuficiente. Hacia 1670 el Rey Zumba vivía en un palacio con sus tres esposas, dominaba varias poblaciones en un territorio de seiscientos mil kilómetros cuadrados (extensión similar al que ocupa la península ibérica) y contaba aproximadamente veinticinco mil súbditos.

Zumbi Dos PalmaresSintiéndose fuerte, comenzó a realizar incursiones contra los asentamientos portugueses con la voluntad de extender su reino hasta que en 1677 el ejército portugués, dirigido por Fernao Carrilho, consiguió adentrarse en la selva hasta Los Palmares. Aunque las fuerzas europeas no lograron destruir la ciudad, sí causaron numerosas bajas entre los cimarrones y consiguieron capturar a dos hijos del rey. Utilizándolos como rehenes, el gobernador de Pernambuco acordó un tratado de paz con Ganga Zumba en 1678. Dicho acuerdo exigía que los cimarrones abandonaran el asentamiento y se dirigieran al valle de Cucaú, donde se les devolverían los apresados, se les entregarían tierras de cultivo y se les garantizaría la libertad. Zumbi dos Palmares, consejero y sobrino del Rey (era hijo de su hermana Sabina), contrario al tratado y negándose a ser sometido por los portugueses, que exigían elevados impuestos en pago a la explotación unas tierras que no los justificaban, envenenó al monarca en 1680 y volvió al palenque, restableció el antiguo régimen y se erigió como jefe de cuantos quisieron regresar a Los Palmares. Tras trece años de resistencia, el gobernador del Brasil contrató un ejército de bandeirantes, una especie de grupo de mercenarios, constituido por mestizos que se comunicaban en la batalla mediante señales de banderas, de ahí su nombre, que en 1694 destruyeron el palenque de Macaco, capital del quilombo. Al año siguiente, Zumbi fue capturado y decapitado y paulatinamente los diferentes palenques que formaban el reino fueron siendo reducidos por estos piratas de tierra adentro. Sus habitantes fueron esclavizados, hasta la total desaparición de estos poblados hacia 1710.

Juan Santos Atahualpa

Indígenas y cimarrones

En el Virreinato del Perú, las acciones de los cimarrones se desarrollaron casi siempre en colaboración con los indígenas, como durante la resistencia de Vilcabamba en 1538, en que Manco Inca resistió seis años gracias a la ayuda de los cimarrones, que conocían las tácticas de guerra de los españoles. La misma colaboración existió durante las rebeliones de Túpac Amaru en Cusco y la de Juan Santos Atahualpa. Hubo incluso matrimonios entre las dos culturas, de donde los castellanos acuñaron los adjetivos de zambo, chino, o zambo de indio, para definir los diferentes cruces entre negros, blancos, indios y mestizos, y entre estos.

Uno de los líderes cimarrones peruanos más relevantes fue Francisco Congo, nacido en el antiguo reino de Mwani Congo. Se fugó de una hacienda cerca de Pisco y se instaló en el Palenque de Huachipa, construido sobre las ruinas de la ciudad prehispánica de Cajamarquilla en los montes cercanos a Lima y en tan solo seis meses se había convertido en el líder de aproximadamente un centenar de cimarrones. Tan rápido ascenso al poder se debió a que no solo era un aguerrido guerrero sino también un negro ladino, es decir, que sabía leer y escribir. Además era considerado chamán entre los suyos, un líder religioso que se comunicaba con los orishas del otro lado del océano a través de su tambor.

En 1713, tras el robo de ganado de una estancia cercana, el general Martín Zamudio atacó el palenque. Ordenó taponar las salidas de la ciudad y prendió fuego a la maleza circundante, con lo que provocó la salida de los negros de la zona de defensa. La batalla fue breve y prontamente fueron derrotados y el asentamiento reducido a cenizas. Francisco Congo fue capturado y castigado con ejemplaridad. Se le torturó, decapitó y descuartizó.  Se obligó a todos los esclavos de la región a presenciar los actos y sus miembros fueron repartidos por el virreinato para aleccionar a los negros de las haciendas de las consecuencias del cimarronaje.

cepo

Crecer siendo esclavo

En 1963 un joven Miguel Barnet, escritor e investigador etnológico, entrevistó a un anciano centenario que residía en un Hogar del Veterano de la isla de Cuba. No era intención de Barnet construir una novela, sino reunir información que completara los vacíos que existían sobre los esclavos y su vida en los barracones, sobre sus tradiciones y sus ritos, pero tras cientos de horas de conversación se dio cuenta de que aquel viejo combatiente de la Guerra de Independencia Cubana estaba creando literatura a través del relato de su vida. Hablaba de técnicas de cultivo, ceremonias, fiestas, comidas y bebidas, pero también de la vida en esas viviendas-cárcel que se llamaban barracones, de su huida al monte, de los combates y batallas que vivió y de su particular relación con dioses ancestrales.

Biografia de un cimarron Miguel BarnetSabemos gracias a Biografía de un Cimarrón (Miguel Barnet, 1966) que Esteban Montejo nació en la hacienda de Pancho Mesa, en Santa Teresa, el día de San Esteban del año 1860, y que era hijo de una esclava de origen haitiano a la que nunca conoció. «Los negros se vendían como cochinaticos y a mí me vendieron enseguida, por eso no recuerdo nada de ese lugar», dijo. Su primer trabajo fue en una plantación de azúcar cerca de Flor de Sagua, siendo muy niño, donde fue arriero de los carretones tirados por mulos que se usaban para transportar la caña.  Cuando contaba diez años se le destinó a trabajar en el ingenio azucarero, tirando de pico y pala para alimentar los hornos con el bagazo. Dormía en un barracón de madera y mampostería sin ventanas, ni ventilación alguna, con piso de tierra e infestado de pulgas junto con doscientos esclavos más. En cuanto comenzaba a oscurecer se les metía adentro y se trancaba el portón y allá quedaban encerrados en completa oscuridad. Si a alguno le entraba un apretón tenía que hacer sus cosas en una esquina y dormir con ellas hasta que a las cuatro y media de la mañana sonaban las campanas y se les abría la puerta del barracón. Ahí tenían algo de tiempo para comer y asearse, porque a los campanazos de las seis y media debían estar formando para ser contados y dirigirse cada uno a su puesto de trabajo. Y trabajando pasaban catorce horas, hasta las ocho y media de la tarde, en que se tocaba a oración y silencio. Día tras día, año tras año.

En esta hacienda donde Esteban se crió, convivían dos etnias, los congos y los lucumises, con dos religiones, tradiciones e incluso actitudes bien diferenciadas. «Los lucumises no les gustaba el trabajo de la caña y muchos se huían. Eran los más rebeldes y valentones. Los congos, no; ellos eran más bien cobardones, fuertes para el trabajo y por eso se disparaban la mecha sin quejas. Hay una jutía bastante conocida que le dicen conga; muy cobardona ella». Pero también había, en otras plantaciones, negros de otras naciones: «Cada uno tenía su figura. Los congos eran prietos aunque había muchos jabaos. Eran chiquitos por lo regular. Los mandingas eran medio coloraúzcos. Altos y muy fuertes. Por mi madre que eran mala semilla y criminales. Siempre iban por su lado. Los gangas eran buenos. Bajitos y de cara pecosa. Muchos fueron cimarrones. Los carabalís eran como los congos musungos, fieras. No mataban cochinos nada más que los domingos y los días de Pascua. Eran muy negociantes. Llegaban a matar cochinos para venderlos y no se los comían. A todos estos negros yo los conocí mejor después de la esclavitud».

molino de azucar

Huir

Esteban Montejo relató que durante su tiempo de esclavitud vivió muchos horrores. Contó cómo por cualquier ofensa leve a los mayorales se les castigaba a cepo durante dos o tres meses; cómo se les pelaba en tiras la piel de la espalda a latigazos cuando la producción no era la que creían conveniente. A las mujeres se les obligaba a yacer con los negros más fuertes para que tuvieran hijos igual de fuertes y, como animales,  fueran bien vendidos, e incluso estando embarazadas se las seguía violando por detrás para no dañar a la cría. A los ancianos que no pudieran trabajar se les negaba el alimento para que debilitasen, muriesen, y dejasen de producir gasto, y a los enfermos se les llevaba a un barracón aparte y en cuanto empezaban a boquear se les metía en un cajón, aún vivos, y se les llevaba al cementerio. Un día, después de ser castigado, le lanzó una pedrada a la cabeza al mayoral, se dio la vuelta corriendo, y no paró de huir durante días. Se cobijó en una cueva, donde estableció su palenque durante año y medio entre la oscuridad y el hedor del guano de murciélago. Se hizo una pequeña huerta, bien oculta, y se alimentaba de lo que esta producía, de miel silvestre, de café que hacía con guanina tostada y, cuando tenía ocasión, de algún cochino que consiguiera robar.

espalda azotadaVivió en el monte mejor de lo que nunca viviera en la plantación de azúcar. Lo único que le faltó fue mujer, porque no había, así que «se tenía que quedar con el gusto recogido». Alguna vez lo intentó con una yegua, pero relinchaba mucho y no quiso arriesgarse a que la escucharan y al venir a ver el alboroto pudieran prenderle. Una yegua no merecía unos grilletes. Puede resultar curioso, pero también había negros cimarrones homosexuales y parece ser que era algo visto con normalidad: «Otros hacían el sexo entre ellos y no querían saber nada de las mujeres. Esa era su vida, la sodomía. Lavaban la ropa y si tenían algún marido también le cocinaban. Eran buenos trabajadores y se ocupaban de sembrar. Les daban los frutos a sus maridos para que los vendieran a los guajiros. Después de la esclavitud fue que vino esa palabra de afeminado, porque ese asunto siguió. A mí, para ser sincero, no me importó nunca. Yo tengo la consideración de que cada uno hace de su barriga un tambor».

Cuando se cansó de habitar la cueva se largó a caminar de nuevo por el monte. Trataba de evitar a otros cimarrones o de quedarse mucho tiempo con ellos, porque pocos le inspiraban confianza y él se sentía más cómodo solo. Hacía lo que quería, después de tantos años de acatar órdenes, y no quería someterse al dictamen de ningún jefe, negro, blanco o azul. Pasaron años y se estableció en un palenque de las lomas cerca de Trinidad. Fue ahí la primera vez que vio el mar y por poder verlo fue que ahí se quedó. Un día comenzó a oír griterío y durante días vio a cimarrones abandonar el monte y dirigirse al pueblo. Había terminado la esclavitud, decían, pero Esteban no les creyó. No fue hasta semanas después que se atrevió a asomar la cabeza por una plantación, por ver qué pasaba, y se acercó a una anciana para preguntarle si era verdad que se había abolido la esclavitud. «Sí, hijo, ya somos libres». Era el año 1881.

El relato de Montejo continúa después de este acontecimiento: cuenta cómo comenzó a trabajar a cambio de un sueldo, cómo eran las relaciones con los antiguos esclavistas, con las mujeres y con los orishas que ahora les contemplaban libres. Luego llegó la Guerra de la Independencia, en 1895, que le llevó a conocer La Habana. Conoció a otros amos, los estadounidenses, y luego la revolución. Pero todo eso lo pueden leer en Biografía de un Cimarrón, de Miguel Barnet. Es cierto que Esteban no fue un gran guerrero, ni fundó un palenque, pero nos legó el único testimonio gráfico de cómo era la vida de un cimarrón, algo que, involuntariamente, lo vuelve tan valioso y merecedor de reconocimiento como a Bioho, Bayano o Ganga Zumba.

Negros esclavos. Grabado de Voyage à la Côte Occidentale d'Afrique, de Louis DegrandpréLa existencia de la esclavitud surge de la idea de que una persona es superior a otra que acaba por perder su condición de ser humano, hasta que su vida acaba en manos de alguien que, curiosamente, sí la tiene. Esta sencilla afirmación basta para que el esclavista justifique todo acto de sometimiento a través de cualquier medio físico (torturas, castigos, abusos y maltrato) o psicológico, sabedores de que hay cadenas intangibles capaces de arrebatar la voluntad, cepos mentales que ejercen más presión que cualquier grillete de metal. Hay hombres que, igual que en la fábula del águila que se creía gallina, aceptan con resignación la situación que les toca vivir, por injusta que sea, creyendo que es lo que el destino ha acordado para ellos, lo que los dioses les han designado y lo que debe ser. En ocasiones, los hombres que viven inmersos en un sistema que saben injusto, acaban por considerarlo consideran propio y luchan e incluso mueren por defenderlo. Hay hombres que se ven superados por la situación y deciden quitarse del medio, rendirse y dejarse morir, o incluso matarse. Pero hay otro tipo de hombres que se ponen en pie, se limpian el polvo de las rodillas y dicen «no». Esa  última clase de hombres es la que hace cambiar el mundo.

Fueron hombres como Biohó, Zumba, Bayano o Esteban Montejo, hombres que se negaron a ser esclavos, que fueron inspiración para otros, que nunca olvidaron sus raíces y que lucharon por recobrar su dignidad de la única manera que era posible, la del camino del libre albedrio. Ellos fueron la chispa que prendió la mecha de la dignidad latente de toda la diáspora africana en América. A ellos, cuyos nombres nunca conoceremos, podemos llamarles con orgullo guerreros de la libertad.

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