La complicada historia de la revolución cubana

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Las posturas respecto a la revolución cubana siguen siendo muchas y enfrentadas. Unos la defienden incondicionalmente y culpan de sus precariedades a la agresión estadounidense. En el lado opuesto se encuentran quienes la rechazan con visceralidad por ser una dictadura comunista. Entre ambos se hallan quienes reconocen sus puntos débiles, pero juzgan que su balance resulta globalmente positivo.

Secretos de generales - Luis BaezUno de los puntos de mayor controversia se refiere al respeto por los derechos humanos. Los partidarios del castrismo han intentado defender la actuación del gobierno cubano en este campo, acusando a sus detractores de falsear la realidad con el objeto de presentar la Revolución como un feroz sistema totalitario. Cada uno puede pensar lo que quiera, pero no hay duda de que el castrismo ha rescatado, en versión roja, la antigua razón de estado. Esta vez en nombre de los trabajadores. Luis Báez, uno de los periodistas más importantes del régimen, lo expresaba sin tapujos: «Cuando es necesario fusilar, pues se fusila. La revolución está por encima de todas las cosas».

Otro tema polémico es el de la relación de Cuba con la antigua Unión Soviética. ¿Se aproximó Castro a Moscú por razones ideológicas o sólo para encontrar un protector frente al imperialismo yanqui? La necesidad de un paraguas frente a Washington creó una dependencia política y económica que se tradujo, inevitablemente, en dependencia ideológica. En las escuelas cubanas se difundió una versión dogmática del marxismo a partir de manuales  como el de Konstantinov o el de Afanasiev.

El gobierno ejercía un férreo control sobre el mundo de la cultura. Dentro de la revolución, todo era posible; fuera, nada. La víctima más célebre del dirigismo fue el poeta Heberto Padilla, acusado de ser un enemigo del socialismo. Detenido y torturado, fue  obligado en 1971 a entornar un público mea culpa. Este acto del más puro estalinismo desprestigió a Fidel  internacionalmente y le ganó las críticas de algunos intelectuales que hasta entonces le habían brindado su apoyo, caso del peruano Mario Vargas Llosa.

Heberto PadillaEn 1985, sin embargo, se inició el llamado proceso de rectificación. Los comunistas cubanos reconocieron entonces que habían seguido de manera demasiado servil el comunismo soviético. En esos momentos, nadie podía sospechar el próximo y veloz hundimiento del la URSS, una absoluta catástrofe para Fidel. El mandatario cubano podía admitir que el sistema dirigido desde el Kremlin necesitara reformas, pero de ninguna manera podía aceptar la desaparición del único contrapeso a la hegemonía norteamericana. En su opinión, esta función geoestratégica resultaba mucho más importante que la existencia de un gobierno dictatorial, al que en todo caso se podía culpar de «errores», no de crímenes.

Sin el petróleo y el dinero del Gran Hermano soviético, la economía cubana se precipitó hacia el abismo. Las exportaciones, estimadas en cinco mil cuatrocientos millones de dólares antes de la caída del telón de acero, apenas alcanzaban los mil cuatrocientos millones diez años después. Había llegado el momento del periodo especial, una etapa de vacas flacas que obligó a establecer un racionamiento estricto. Para ahorrar energía, el empleo de ollas eléctricas quedó prohibido.

La crisis económica vino acompañada de otra amenaza desestabilizadora. El prestigioso general Arnaldo Ochoa, héroe de la guerra de Angola, fue acusado de tráfico de drogas y fusilado. Al parecer, tuvo tratos con el narcotraficante colombiano Pablo Escobar. La cuestión es si Fidel estaba o no al tanto de sus manejos. No parece descabellado suponer  que la pena capital a Ochoa, más que castigar una actividad delictiva, eliminaba a un posible aspirante al poder, especialmente peligroso por las grandes simpatías que despertaba. De esta manera, la oposición recibía una señal inequívoca: cualquier forma de disidencia sería castigada con dureza. Ni siquiera un curriculum impecable al servicio de la revolución garantizaría la impunidad.

Arnaldo OchoaJusto es reconocer que el socialismo ha proporcionado al pueblo cubano educación y sanidad. Pero también es cierto que el gobierno cubano, por sí solo, no habría podido financiar estas conquistas sin los recursos procedentes de la Unión Soviética. Gracias a los subsidios de Moscú, La Habana evitó enfrentarse cara a cara  con una economía ineficaz, marcada por un control excesivo del Estado y experimentos ineficientes, como el trabajo voluntario. La creación de riqueza se veía lastrada por apriorismos ideológicos, ya que conceptos como el de rentabilidad parecían poco éticos, propios del capitalismo opresor.

Las ventajas sociales se convirtieron en una poderosa herramienta de legitimación del régimen, tanto dentro como fuera del país. En comparación, la falta de libertades parecía un asunto menor. Dentro de la izquierda, pocos se cuestionaban esta forma de razonar pervertida. No se tenía en cuenta que esta lógica, aplicada sin dobles raseros en función de si hablamos de un gobierno de derechas o de izquierdas, conduce a la justificación del fascismo. Hitler, por escandaloso que pueda sonar, también consiguió mejoras para los trabajadores.  Y, por supuesto, su tiranía no queda disculpada por eso.

No descubrimos ningún secreto si afirmamos que el devenir revolucionario ha estado marcado por la personalidad de su jefe supremo, Fidel. Con su carisma indiscutible, ha sabido identificar la fidelidad a su figura con la fidelidad a la patria. No le han faltado inteligencia ni audacia, pero estas cualidades se han mezclado con defectos como el dogmatismo, la intransigencia y la crueldad. Por otra parte, sus dotes de liderazgo no han ido parejas con sus capacidades como gestor. En opinión de Fred Halliday, profesor de la London School of Economics, su incapacidad como administrador resulta evidente.

Fidel CastroOrador verborreico, sabe como tocar la fibra sensible del que le escucha. Es un seductor nato. Tiene el talento de presentar, en cada momento, la imagen de sí mismo más ajustada a sus intereses. Sin duda posa para la Historia, ese juez del  que espera la absolución, cuando sostiene, con una apariencia de sinceridad, que «el hombre hace casi el ridículo si se pone a pensar demasiado en la posteridad y en la imagen que se va a tener de él». Actuar pensando en la gloria sería, desde este punto de vista, actuar por razones interesadas. Fidel, por eso mismo, se presenta como un luchador desinteresado por aquello en lo que cree.

Cree, por ejemplo, en la democracia, pero no en la de estilo occidental, que en su opinión es solo una máscara que impide la participación popular en la toma de decisiones. Defiende, o dice defender, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, pero no siente la necesidad de distintos partidos políticos. Porque su existencia pondría en peligro la unidad de la patria a la hora de resistir la amenaza de su poderoso vecino yanqui. Sin embargo, afirma sin pestañar que la calidad democrática de Cuba supera en mucho a la de Estados Unidos o cualquier otro país. Lejos de considerarse un dictador, afirma que sólo lo es de sí mismo.

Estados Unidos ha sido chivo expiatorio sobre el que cargar todas sus insuficiencias como gobernante. Como ha señalado la poetisa María Elena Cruz Valera, Washington ha sido «lo bastante torpe para hacer el juego al dictador e interpretar el papel de gigante estúpido». La presión norteamericana, en lugar de erosionar el poder de Fidel, lo ha consolidado. Ha empujado a sus compatriotas a cerrar filas y ha garantizado el apoyo de la intelectualidad extranjera de izquierdas, siempre proclive a respaldar a cualquier enemigo del odiado imperialismo.

En la actualidad, el deshielo entre Washington y La Habana parece abrir una nueva época. No obstante, los interrogantes respecto al futuro de Cuba persisten. ¿Qué sucederá a la muerte de Castro? ¿Se perpetuará el comunismo en el poder? ¿Volverá la isla a ser el patio trasero de los Estados Unidos? ¿Qué posibilidades tiene el establecimiento de una democracia?

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