La mayor tragedia marítima de la historia: el hundimiento del Wilhelm Gustloff

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En mayo de 1937 es botado en los astilleros de Hamburgo un flamante crucero auspiciado por la Kraft durch Freude (Fuerza de la alegría), la sección alemana encargada de organizar los eventos vacacionales de la sociedad nacional socialista. El buque contaba con ocho cubiertas y un interior de diseño art nouveau aunque sobrio, una piscina climatizada, grandes cocinas, gimnasios, confortables comedores y zonas comunes. En el Wilhelm Gustloff no había divisiones de clases, todos los camarotes disfrutaban de las mismas comodidades. Entre gran expectación su viaje inaugural tuvo como destino la isla portuguesa de Madeira y fue un éxito tal que la clase obrera teutona copó los cupos para los viajes programados entre el Báltico y las aguas del sudeste europeo por varios meses.

Wilhelm Gustloff 1En verano de 1939, de regreso del Algarve portugués, el transatlántico realiza una escala en el norte de España, donde recogerá a los miembros de la Legión Cóndor que habían estado luchando en favor del bando nacional durante la guerra civil española en uno de los ensayos de lo que después sería la guerra relámpago. En agosto de ese mismo año, nada más anclar en Gotenhafen, fue requisado por la Kriegsmarine (marina de guerra) y se acondicionó para servir como buque hospital, Lazaretschiff en la lengua de Nietzsche. El gobierno de Adolf Hitler estaba preparando la invasión de Polonia y el primero de septiembre estallaría la Segunda Guerra Mundial. Meses después, a principios de 1941, se pinta en gris naval sobre los emblemas de la Cruz Roja Internacional y se prepara el navío para cumplir funciones de transporte de tropas y abastecimiento. Hasta que cuatro años más tarde fue vuelto a reasignar, esta vez como transporte de refugiados, jamás intervino en ninguna acción bélica. Ya era invierno de 1945 y el Tercer Reich se desplomaba.

Las fuerzas soviéticas avanzaban por la Prusia Oriental hacia territorio alemán, actuando implacablemente contra la nación que tanto horror y sufrimiento había causado a los pueblos polaco y ruso. El ejército nazi se batía en retirada y miles de refugiados civiles huían hacia el oeste en busca de protección, de una vía de escape que los librara de la feroz revancha soviética. Creen hallarla en Gotenhafen. En ese momento la Kriegsmarine prepara una operación de rescate para la población atrincherada en la ciudad costera y destina al Wilhelm Gustloff y otros transatlánticos adaptados a la Operación Aníbal. Tratarán de evacuar a casi un millón de germanófilos atrapados en varios emplazamientos en riesgo de caer en manos del ejército en el norte de Alemania y la Dinamarca ocupada, como Libau, Hel, Danzig o Gdynia, entre otros. Estas actuaciones de evasión se desenvolvían bajo el acoso de las minas y aviones británicos y rusos, los submarinos y las unidades navales aliadas que operaban en el Báltico. El Gustloff participaba en la misión desde el veintiuno de enero. Se había drenado la piscina para establecer un puesto de enfermería que, con trescientas setenta y cinco auxiliares voluntarias, atendía a los heridos.

A las doce horas del mediodía del treinta de enero de 1945, los capitanes reciben la escueta orden de zarpar del puerto de Danzig, con más de diez mil refugiados hacinados a bordo. El torpedero Löwe escoltaba al transatlántico, que a la salda de la bahía de Gdansk ya navegaba en completa oscuridad. En el exterior, una temperatura de veinte grados bajo cero. En el interior, amontonamientos, miedo y penumbra. Los capitanes en el puente de mando, sin órdenes precisas, optan por dirigirse hacia aguas profundas al norte de la isla de Bornholm, con la esperanza de encontrarse con un convoy que les ofrezca protección.

Wilhelm Gustloff 2A las nueve de la noche Alexander Marinesko, comandante de la Armada Soviética, recibe notificación, desde la sala de radares del submarino S-13 que gobierna, de la detección de un buque militar alemán en las inmediaciones de su posición. Empleando una estratagema, el técnico de radio informa al Gustloff, en perfecto alemán, que un dragaminas se acerca a ellos y el capitán ordena encender las luces de navegación a fin de evitar una posible colisión. Como el comandante Marinesko informaría a sus superiores en el Kremlin, «el buque parecía un legítimo blanco militar, nada indicaba su condición de transporte de civiles, así que apliqué la táctica de agresión estándar». Cargó cuatro torpedos en los disparadores y se colocó en posición de ataque.

Pasaban ocho minutos de las nueve cuando tres torpedos impactaron desde el estribor del barco, acertando uno en popa, que inutilizará los generadores eléctricos; otro en proa; y un tercero en el sector de la piscina de la cubierta «E», matando en el acto a la mayor parte de los convalecientes y a más de trescientas de las enfermeras que practicaban a bordo. Con la entrada de agua el capitán ordenó el cierre de las esclusas de estribor, condenando al ahogamiento a una tercera parte del pasaje. Cundió el pánico en el navío, las escaleras se convirtieron en trampas mortales debido a los tapones humanos que bloqueaban la huida. El desconcierto impidió la correcta utilización de los botes salvavidas. Varios torpederos, un carguero y un vapor acudieron inmediatamente a la llamada de auxilio. Entre todos lograron rescatar a mil doscientos treinta y nueve pasajeros. Solo tres de las casi cuatrocientas enfermeras sobrevivieron.

Según los documentos oficiales, nueve mil trescientas cuarenta y tres vidas se extinguieron aquella noche, aunque extraoficialmente se habló de mil quinientas almas ahogadas, sufriendo hipotermia, aplastadas y abrasadas en los incendios que sucedieron a bordo. Mujeres y niños, familias enteras desaparecieron en las aguas en un lapso de cuarenta minutos, dando lugar a la mayor tragedia marítima nunca vista.

Dicen, y debe ser cierto, que la historia la escriben los vencedores. Ciertas son también las atrocidades y crímenes de guerra que los nazis perpetraron en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Tal vez por ser alemanes y derrotados la tragedia del Gustloff pasó desapercibida entre las crónicas del siglo XX, pero debemos recordar que incluso en la más terrible dictadura hay víctimas civiles que nada tienen que ver con conflictos y políticas, inocentes, como fueron las diez mil del Wilhelm Gustloff.

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1 comentario

  1. siempre pensé que la historia la escriben los vencederes, sin pensar en la cantidad de vidas de todas las tragedias que suceden en una guerra. Muy bueno!!!

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