Morir a los cincuenta

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Vivimos en una sociedad plagada de mensajes positivos, en los que se realzan una serie de valores o cualidades innatas que todos poseemos, pero que debido a la poderosa influencia que ejercen sobre todos nosotros la opinión ajena y la valoración subjetiva de los demás, van debilitándose a base de creencias limitantes. En este tipo de mensajes se ensalza la fuerza interior del ser humano como motor principal para conseguir lo que se desea, la actitud de no rendirse nunca con el firme propósito de seguir luchando por alcanzar nuestras metas, la importancia que tiene sonreír ante las adversidades y las ganas de seguir adelante pese a todo, sin sucumbir.

Estos mensajes, sin duda, comunican buenas intenciones, pero en realidad no pasan de ser eso, simples mensajes que no muestran con total sinceridad la verdadera esencia que respira agazapada en la sociedad. Hay mucho postureo, mucha hipocresía. Se habla de que cualquier persona puede conseguir lo que se proponga si insiste una y otra vez con suficiente tesón, se habla de que la actitud es fundamental para atraer lo que se desea, se habla de igualdad de oportunidades para todos, se habla de ayuda a los sectores más desfavorecidos, se habla de la mujer, se habla y se habla… Pero todos los que hablan de estas cosas lo hacen siempre desde la otra orilla (aunque es cierto que hay casos y casos).

Morir a los 50 02Pues bien, si eres de los que pululan alrededor de los cincuenta, si estás en una etapa o situación complicada, si no tienes recursos ni tampoco trabajo pero en cambio posees esa gran fuerza interior de la que todos hablan; si te sientes joven por dentro, si tienes la actitud y la cualificación necesaria para encontrar un hueco en el complicado mundo laboral y no  sentirte como un inútil en esta vorágine a la que llamamos vida, déjame que te diga una cosa: no sigas leyendo esto porque probablemente, y aunque esa no es mi intención, te voy a estropear el día.

Encontrar empleo (y me refiero a empleo como a aquella ocupación laboral digna y justamente remunerada acorde a los conocimientos y capacidades del candidato) nunca ha sido ni será tarea fácil: en según qué época ha sido más o menos complicado, a veces o muchas veces difícil y siempre una faena laboriosa que ha requerido constancia, ganas, esfuerzo y dedicación. Pero aparte de todo esto (lo cual está íntimamente ligado a la actitud) y la cualificación necesaria acorde al puesto al que se opta, no podemos dejar atrás un requisito sumamente puntiagudo, superimportante, el más relevante diría yo a la hora de hacer la primera criba. Algo que como una avanzadilla de nosotros mismos precede a todos nuestros condicionantes, algo que no depende de nosotros ni podemos cambiar ni mejorar aunque todo el mundo reconozca el valor que tiene, puesto que va ligado a la sabiduría de la experiencia. Algo imparable. Algo que cada día que pasa crece. Eso a lo que hubo que ponerle un  nombre y a lo que todos llamamos edad.

Sí, estamos hablando de una edad de esas que de manera elegante se suele llamar madura.  Con solera, como un buen vino. Esa bonita edad que precede al ocaso, en la que los protagonistas de una comedia de Hollywood aún se enamoran. Esa edad, reitero, obstaculiza en la vida real la visión integral de cualquier virtud en la persona. Y si tratamos el tema laboral, como es el caso (que el tema sentimental se podría abarcar en otra ocasión, que también tiene lo suyo), carga de prejuicios a los directores de empresas y a los departamentos de recursos humanos que buscan candidatos, muchas veces encargándole la misión al típico individuo que no tiene más años de los que podría tener tu hijo, elegido para tal responsabilidad vete tú a saber a causa de qué para hacer las entrevistas y la selección, y que ahora te observa, como a un animal del zoo, detrás de su flamante mesa de despacho, mientras hace como que le interesa lo que le cuentas, elegantemente vestido para la ocasión, con unos zapatos brillantes y afilados y un impecable traje gris.

Morir a los 50 03 - American Beauty Mr SmileyLa edad, esa simple palabra aparentemente inofensiva; esa pequeña cifra compuesta de dos números, ridícula e insignificante si la comparamos con el eterno número Pi, con la velocidad de la luz o con la distancia entre los planetas; ese pequeño detalle que no puedes ocultar por más que quieras; la portada de tu propio libro; tu delator, tu escaparate; aquello que si se desconoce se intenta adivinar frívolamente como si se tratara de un juego; aquello de lo que odias hablar cuando alguien a quien apenas conoces te saca el tema; esa verdad sobre la que puedes mentir tan solo un poco, durante un tiempo y según de qué manera, porque si se trata de encontrar empleo al final tendrás que sincerarte, con el consabido miedo y temor al rechazo y a la posible reprimenda por haber distraído la verdad.

Se dice que hay que fomentar el empleo en la juventud y por supuesto que así ha de ser. La situación es preocupante para los que ocupan este rango de edad y para ellos se ofrecen algunos empleos con ciertas alternativas, aunque no sean las idóneas para todos los jóvenes. También están presentes las ofertas de empleo para personas con cierto grado de minusvalía o discapacidad. Existen puestos de trabajo específicamente para ellos y por supuesto no tengo nada que objetar a ello, pero, ¿qué hay de otros grupos desfavorecidos, como aquellos que son demasiado jóvenes como para resignarse a vivir sin recursos, pero son demasiado mayores como para regresar al mercado laboral? ¿Qué hay de aquellas personas que sintiendo que son capaces de empezar una nueva vida, siendo partícipes de aquellos mensajes a los que hacíamos referencia en un principio, se lanzan a intentar abrirse camino persiguiendo sus sueños con la positividad y la fuerza interior como bandera? ¿Qué hay de aquellas madres separadas o divorciadas que haciendo acopio de valor abandonaron una vida más o menos cómoda, pero ajena e infeliz, para arriesgarse a vivir de una manera auténtica, siendo fieles a ellas mismas, haciendo lo que les gusta y sirviendo de ejemplo para sus hijas? ¿Qué mensaje está trasladando esta sociedad a esas jóvenes cuando ven a sus madres perdidas y hundidas, llamando a todas las puertas, solicitando empleos hasta muy por debajo de su preparación, aceptando condiciones y salarios humillantes y aun así siendo infinitamente rechazadas?

En el fondo, está claro, te lo ponen muy difícil. Por eso en un principio hablaba de hipocresía, porque es la misma sociedad la que juega a dos bandas: por un lado, alienta inspirando ánimo y consuelo, pero por otro lado frena y obstaculiza bloqueando a la persona y favoreciendo el hundimiento. Esta vida no es para los rebeldes, ni para los incautos, ni para los románticos empedernidos, ni para idealistas o filosóficas. Para llevarte bien con la vida tienes que ser como los que están conformes y puede que incluso felices con haber alcanzado a los cincuenta una posición estable.

Morir a los 50 04 - Portada TimeSi te permites escuchar a la crisis de los cuarenta y replantearte cosas que nunca antes habías hecho o te das cuenta de que sientes la necesidad imperiosa de querer darle un giro a tu vida porque ya no te satisfacen las mismas cosas que antes al haber dejado atrás aquella persona que eras; si habiéndolo meditado profundamente te lanzas a cambiar de rumbo y para ello necesitas integrarte en el mundo laboral, ¿qué sentido tiene esta crisis si no puedes dirigir tu propia vida como quieres?

La crisis existencial de los cuarenta está mal hecha. El ser humano está mal hecho. Esta crisis debería producirse poco después de los veinte años, cuando se tienen las fuerzas suficientes para comerse el mundo, cuando las capacidades físicas están en su momento más álgido, cuando aún queda por recorrer la mayor parte de la vida, cuando no se es rechazado por los injustos parámetros que funcionan como medida de valoración personal en esta agresiva, despiadada e insensible sociedad. Y es que en este enjambre de locos en el que vivimos no podemos actuar como si estuviésemos solos. Por suerte o por desgracia siempre tenemos que contar con los demás.

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