Agresividad humana

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Guerras, asesinatos, torturas; casi pareciese que estas prácticas fueran inherentes a nuestra naturaleza. Sin embargo, ¿qué hay de cierto en esto? ¿Es la agresividad un instinto o es fruto de un aprendizaje? ¿Origen exclusivamente biológico o también social? ¿Es utópico un mundo sin ellas?

¿Qué es la agresividad?

La RAE define agresividad como «tendencia a actuar o responder violentamente», siendo esta la conceptualización más común del término. En muchas ocasiones la agresividad se utiliza como si fuera sinónimo de violencia, estando de acuerdo con esta visión autores como Spielberg, Dollard o Bandura (Inventory of State-feature Anger Expression, Frustration and Aggression o Adolescent Agression respectivamente, entre otras obras). Sin embargo, existe otra tendencia menos conocida, que no se limita a esto. En este aspecto, la RAE también determina como segunda acepción de agresividad la acometividad, entendiéndose esta como «brío, pujanza, decisión para emprender algo y arrostrar sus dificultades». Esta tendencia a obviar parte del espectro contenido en las conductas agresivas, ciñéndose en exclusiva a los actos violentos, nace junto con el propio término, pues agresividad viene del latín aggredior que significa ir contra alguien con el fin de producir un daño.

Aun con todo, la agresividad es un concepto ambiguo, mal delimitado e inespecífico, pues es agresivo desde el bebé que frunce el ceño como respuesta al hambre o el futbolista que juega con impulsividad y competitividad, hasta aquel que atenta contra su propia integridad física. En estos casos, nunca se daña a un tercero, al menos no de modo intencionado, ni se ejerce violencia como la entendemos habitualmente.

¿Es la agresividad siempre negativa?

Anthony Storr, psiquiatra y psicoanalista sostiene que no, pues la agresividad es la base de la independencia y adaptación al entorno del ser humano. Parece claro que, sin su agresividad, el bebé hambriento que citamos en el apartado anterior no habría podido satisfacer sus necesidades. Si aceptamos la premisa de que la agresividad constituye también la iniciativa de emprender un proyecto en contra de las dificultades, un niño agresivo dominará su entorno con mayor rapidez y será menos dependiente de la protección de sus padres.

Apoyando esta teoría, Clara Thompson afirma: «la agresividad no es necesariamente destructiva. Procede de una tendencia innata a crecer y a dominar la vida que parece característica de toda manera viviente» (Interpersonal Psychoanalysis, 1964).

Una función fácilmente apreciable en la naturaleza de la agresividad es la protección de los individuos jóvenes hasta que pueden valerse por sí mismos. El impulso protector y en la mayoría de los casos agresivo, de una madre a la hora de defender a sus crías ante una situación de peligro, es ejemplo claro de la función adaptativa que cumple. Esta agresividad suele aumentar proporcionalmente al periodo de dependencia y conforme el número de crías es menor, pues resulta de mayor importancia su protección, circunstancia que casa con la especie humana.

¿Educación o instinto?

La mayoría de los autores coinciden en que existe un factor biológico, dado que el impulso agresivo aparece en los primeros estadios del desarrollo como para considerarse aprendizaje. Paralelamente, la corteza prefrontal, el sistema límbico y hormonas como la testosterona juegan un papel fundamental en los comportamientos agresivos, así como en la regulación emocional del individuo.

El psicólogo Zing Yang-Kuo en The Genesis of The Cat’s Response to The Rat, llevó a cabo una serie de experimentos que fundamentan la influencia del aprendizaje en la aparición de comportamientos agresivos, a pesar de su origen eminentemente biológico. Observó que al juntar un gato y un ratón durante su etapa de lactancia (para evitar el contacto de manera previa al desarrollo de conductas de caza), el gato no sería capaz de perseguir o matar ratones. Posteriormente, Irenäus Eibl-Eibesfeldt, etnólogo austríaco, postuló que Yang-Kuo solo consiguió probar que el aprendizaje puede inhibir la conducta, lo cual no implica que deba ser aprendida para producirse. Y así lo demostró siguiendo una línea de experimentación similar, juntando a ratones criados en aislamiento con otros de su misma especie y observando el mismo patrón de respuesta agresiva tanto en los aislados como en los experimentados.

¿Qué diferencia la conducta agresiva animal de la humana?

Existen varios puntos que permiten diferenciar la conducta agresiva animal de la humana. Ambas, en origen, eran un mecanismo de adaptación, pero en un momento determinado de la evolución siguieron caminos distintos.

La característica que más marca la particularidad de la agresividad humana es la capacidad de proyección, que hace referencia a la atribución de emociones y actitudes a terceros. Esta percepción subjetiva de los demás, permite al individuo justificar determinados comportamientos u agresiones que, en un primer momento, no tendrían razón de ser. Sobran eventos históricos que muestren la facilidad con la que una sociedad proyecta sobre un colectivo inocente frustraciones que justifiquen su opresión o exterminio.

La capacidad de identificación también se suma al proceso. El poder imaginar cómo se siente el otro da lugar a una de las facetas más lamentablemente icónicas de nuestra naturaleza: la crueldad. Aquello que nos permite ser empáticos, también nos permite cometer las mayores atrocidades, siendo conscientes del sufrimiento que se ejerce en el otro. Sin embargo, esto no es algo exclusivo de individuos malvados, no nos quedemos solo con extremos como pudiese ser la tortura. De igual modo, la venganza, es algo común en el día a día. Incluso las mejores personas al presenciar un acto de injusticia o barbarie pueden anhelar la represalia de aquel que causó el daño primero, muchas veces con ensañamiento. Prueba de ello son las ejecuciones públicas, a la que miles de personas asistían y asisten muchas veces con júbilo.

Aplicado al reino animal, un depredador no es capaz de identificarse con el dolor que inflige a su presa cuando caza y, por tanto, de ninguna forma es capaz de sentir placer con ello. Incluso durante la caza, la agresividad no es tal como pudiese parecer a priori. El cazador, no está en absoluto enfurecido. Solo en contadas ocasiones, cuando la resistencia de la presa se sobrepone al agresor y este se ve intimidado, podemos ver los típicos gestos agresivos como gruñidos, enseñar los dientes o las orejas inclinadas hacia atrás.

De igual modo, son raras las ocasiones en las que individuos de una misma especie se atacan hasta la muerte. Los animales llevan a cabo combates ritualizados, donde se busca exponer una fuerza superior al adversario para así intimidarlo, pero no buscando una víctima con ello. Al perdedor se le permite rendirse sin ensañamientos. Un buen ejemplo de esto se aprecia en los lobos: el derrotado expone el cuello como signo de sumisión, pero nunca recibe el golpe de gracia de su rival. La violencia gratuita, la humillación o la tortura son algunos de nuestros distintivos agresivos como especie, apreciables incluso en la infancia con fenómenos tan conocidos y deplorables como el bullying.

La reacción frente a situaciones del presente en términos de pasado es otra clara diferencia. El desquite o desahogo con alguien por circunstancias previas al conflicto, como la típica discusión que surge de una insignificancia, pero que se da por el acúmulo de varios eventos desagradables previos. Los animales pueden reaccionar agresivamente al recordar situaciones anteriores, ahí radica parte de su aprendizaje, pero no tienen la capacidad para actuar vengativamente.

Agresividad y sociedad

La competitividad y muchas veces el conflicto, son algo difícil de evitar en los seres humanos. La definición del individuo, su identidad, viene dada por el contraste con otros, no teniendo cabida el Yo sin el Tú. Preservar esta identidad requiere de una oposición que nos permita reafirmarnos, motivo por el cual muchas veces existe una afinidad entre personas opuestas, siempre que el conflicto sea sano.

La agresividad fue clave para la evolución de la especie humana; en cambio, hoy día, ya no es una adaptación biológica.

Es difícil creer que pueda existir una sociedad sin conflictos. Tal como dijo Anthony Storr «la permanente capacidad del hombre para imaginar la utopía sin guerra solo se ve superada por su repetida incapacidad para realizarla» (Human Aggression, 1968).

Fomentar eventos deportivos o tecnológicos es una buena práctica para evitar tensiones y conflictos, donde la competitividad se enfoque a la construcción y no a la destrucción. En su libro On Agression, Konrad Lorenz analiza la función biológica del deporte, explicando que un partido de fútbol es básicamente la ritualización de un conflicto. De igual modo, muchas terapias enfocadas al tratamiento de trastornos conductuales o de control emocional contienen la práctica deportiva en sus intervenciones.

En el futuro, de cara a conseguir una mayor estabilidad global, deberían tenerse en consideración los aspectos psicológicos al igual que los políticos y económicos, pues somos nosotros, cada individuo, y no los partidos o el mercado, quienes marcamos el curso de la historia.

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1 comentario

  1. Habla de la caza como comportamiento animal, esperaba ver opiniones suyas o mejor dicho, sus pbservaciones acerca de la caza como comportamiento humano, ¿es agresividad lo que aparece en el cazador o es otro tipo de conducta?.
    ¿Considera que ha respondido a su propia pregunta en el artículo? Se la recuerdo: ¿origen exclusivamente biológico o también social?

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