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Cinefórum CCXCVI: «The Abyss»

Recordemos cómo va la cosa: semanalmente, desde hace unos cuantos años, varios sogueros de bien y allegados nos reunimos para ver una película que luego queda registrada en la revista a modo de reseña más o menos sesuda. El famoso (en nuestra casa) cinefórum de LaSoga. Las reglas con claras: cada cinta tiene que estar vinculada de alguna manera con la anterior y, a poder ser, evitar ser un título obvio o ya visto por el personal (condición sine qua non para tal menester: puntuar todo lo que vemos en Filmaffinity). El cinefórum de esta semana es la crónica de cómo, por una vez, nos saltamos la última premisa y decidimos (decidí) apostar por una película que ya habíamos visto todos. Solo que, en realidad, y como pronto descubrimos (descubrí), no la habíamos visto pero pensábamos (pensaba) que sí. Efecto Mandela en toda regla.

Lo reconozco, normalmente no me curro mucho las conexiones entre películas. No porque no me guste dicha premisa (posiblemente fuese yo quien la incitase), sino porque el Inner Circle soguero está compuesto por un puñado de critters cinéfilos que se alimentan de forma constante de todo tipo de morralla. Demasiada. Así que lo que suele quedar, por puro descarte, es el resultado de una selección natural que ríete tu del asedio al castillo de Takeshi. Sin embargo, después del despiporre colectivo que había sido el visionado de Psycho Goreman, una historia en la que un señor de la guerra alienígena caía en la Tierra y establecía una relación un tanto peculiar con una cría tan psicópata como él, vi la cosa bastante clara: había que tirar por el rollo extraterrestre. Así que, habida cuenta de los impedimentos selectivos aquí expuestos para escoger película, mi lupa se paró en The Abyss (1989), célebre aquatic horror (me acabo de inventar el término, pero no descartemos que exista) de elefantiásico presupuesto que James Cameron rodó entre dos éxitos mayúsculos como Aliens: el resgreso (1986) y Terminator 2: el día del juicio final (1992). Una película, no obstante, que ha pasado a la posteridad como un título menor en una filmografía coronada por alguna de las obras más taquilleras de la historia.

La cuestión es que, para el que esto suscribe, The Abyss siempre había sido aquella película en la que a un secundario mítico de los ochenta le explotaba la cabeza calva en una huida suicida de las profundidades. Ni descomprensión, ni hostias. Boom. El tío escapaba del horror submarino utilizando una cápsula de emergencia mientras dejaba tirados a sus compañeros. Por pringados. Solo que el pringado, en realidad, era él, que iba tan cagado que iniciaba la huida a lo loco, provocando que su cerebro quedase reducido a pisto manchego. Aquel ascenso desesperado taladró mi cabeza de querubín inocente, aunque no en el mismo sentido que a su personaje: la taladró al marcar desde entonces mis propias experiencias submarinas recordándome, cuando me sumergía a profundidades para mí abisales (metro y medio), que la presión bajo el agua no era una broma y que más me valía ir con cuidado si no quería acabar con una jaqueca explosiva. Como el calvo.

Pero los primeros minutos de The Abyss me dejaron claro que ahí no había ni rastro de Miguel Ferrer (sí, he buscado el nombre en Google) y que, por mucho que tuviese puntuada la película en Filmaffinity, no la había visto en mi vida. Mis pesquisas posteriores me lo confirmaron: la cinta de mi distorsionado recuerdo era Abismo al terror (Sean S. Cunningham; 1989) y, si bien al personaje de Ferrer, efectivamente, le explotaba la cabeza, esta no era para nada calva (sino más bien de frente hostil e invasiva). Cosas de la memoria. Pero es que la propuesta de la película de Cunningham era, en esencia, muy similar al The Abbys de Cameron, que, a su vez, era una revisitación del Alien (1979) de Ridley Scott y, por tanto, una reinterpretación libre de Las montañas de la locura de Lovecraft; es decir, tomaba como punto de partida una propuesta célebre en el género de terror y ciencia ficción: unos expedicionarios que se adentran en lo desconocido y que, al hacerlo, despiertan a una entidad exógena que lleva tiempo escondida. Solo que lo que en Alien ocurría en el espacio exterior y en Lovecraft en la Antártida, aquí sucedía en las profundidades del mar; y lo que ahí taladraba esternones y descuartizaba a gente, aquí hacía cosquillitas acuáticas y emoticonos acuosos. O sea que sí, pero no.

Porque The Abbys dista mucho de ser una película de terror (más allá del hecho de que Ed Harris meta la mano en un retrete y no se le vuelva a lavar en toda la cinta) y se despliega como unos encuentros acuáticos en la tercera fase que expiden brillantina spilgberiana por todos los costados: empezando por la banda sonora de un Alan Silvestri que, inevitablemente, recuerda por momentos a John Williams; siguiendo por una concepción de la presencia y el contacto alienígena más cercana a Los mundos de Yupi que a La Cosa (John Carpenter; 1982); y terminando por un tono inocente general que, sin embargo, parece oscurecerse en la escena final de la versión original.

The Abyss; 20th Century Fox

Los problemas técnicos que implicó la propuesta convirtieron el rodaje en una hazaña épica de la que, de hecho, surgiría la leyenda negra de Cameron en los platós. Aun así, el resultado es en ese aspecto sobresaliente, demostrando que el cineasta es uno de los directores de acción más dotados de la historia, amén de evidenciar que, como antiguo técnico en efectos especiales, siempre se ha posicionado como un vanguardista en la materia (qué bien han envejecido esos cefalópodos translúcidos).

Pero si en la parte técnica la cinta sobresale, en la narrativa hace más aguas que la nave submarina de los protagonistas: los personajes están construidos a brochazos, sus relaciones personales explican por qué James Cameron se ha casado ya cinco veces y el desarrollo argumental de la trama, más allá de sus concomitancias referenciales en el género comentadas, transmite una simpleza a la que no ayuda la castración en el metraje efectuada por la Fox. Una pena. No obstante, el director’s cut de The Abbys está disponible y son 162 minutos. Así que animo y si alguien se atreve… que me avise si sale un tío al que le explota la cabeza.

Marcos García Guerrero
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