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Cinefórum CCXXXII: «Golfus de Roma»

Frente a una pantalla, ante cualquier obra de arte, la mezcla de géneros, enfoques y ambientaciones puede servir como firma personalísima de un autor que logra abarcar toda la extensión de su obra. Curiosamente, la misma estrategia puede servir exactamente para lo contrario: si la semana pasada conocimos The Love Witch, una pieza de artesanía fílmica en la que Anna Biller mezclaba la comedia romántica, el feminismo, la estética pop y el exploit satánico, hoy afrontamos la adaptación de un enredo musical ambientado en la Roma imperial y filmado por un equipo inglés en el Madrid de los 60. Como la mezcla indica, el resultado está a caballo entre el homenaje a la comedia clásica y la irrupción del absurdo. En la más pura tradición cinematográfica española, la película de Richard Lester, cuyo título original se traduciría como «Algo gracioso ocurrió camino del foro» (así se llamó en Latinoamérica) en nuestro país acabó llamándose Golfus de Roma. Alguien debió pensar que latinizar el golferío de la cinta sería un buen resumen de la misma… y no le faltó razón.

Golfus de Roma es la adaptación de un musical homónimo que el popular Zero Mostel había protagonizado con gran éxito en Broadway y que narra las peripecias de un esclavo que intenta por todos los medios alcanzar la libertad. Sus enrevesadas estratagemas desembocan en algunos números musicales y diversas tramas eroticofestivas que consolarán al espectador español, confirmándole que lo de Pajares y Esteso traspasaba fronteras y tenía un pie firmemente anclado en lo universal (por si quedaba alguna duda). Al mismo tiempo, Golfus de Roma se estrenó tan solo tres años antes de la irrupción de Flying Circus en la BBC, justo cuando los Monty Python empezaban a llenar salas de teatro en las islas. En realidad, el humor que aquí descansa sobre los hombros de Zero Mostel, protagonista, cimiento y estandarte de la película, tiene algo de preámbulo al humor británico de los años 70: hay minutos de metraje para las animaciones de tinte surrealista al más puro estilo Terry Gilliam, pero también para persecuciones a lo Benny Hill (otro mito del humor inglés de la época).

 

Lo cierto es que Zero Mostel llevaba más de dos décadas trabajando como actor cuando conoció el éxito con A Funny Thing Happened on the Way to the Forum. En su dilatada carrera había tenido tiempo para pasar por la lista negra del senador McCarthy, acusado por Martin Berkeley de pertenecer al Partido Comunista norteamericano; habiéndose negado a facilitar nombres durante su interrogatorio, pasó varios años sin conseguir papeles. No obstante, su peor momento llegó cuando, en enero de 1960, fue atropellado por un autobús: los médicos le recomendaron entonces amputarse una pierna para evitar la gangrena, pero se negó. Finalmente, entró por su propio pie, aunque cojeando, en la década en la que conocería la fama con obras como Esperando a Godot o El rinoceronte. A lo largo de la primera mitad de los sesenta, obtuvo varios premios por sus interpretaciones en algunas de las piezas más destacadas del teatro absurdo; contribuyó a dar forma, por tanto, a uno de los pilares sobre los que se levantó el humor que Inglaterra pronto exportaría al resto del mundo.

Golfus de Roma es una comedia entretenida que, por momentos, también funciona como una fuente primaria de la arqueología del humor. De hecho, la película supuso la penúltima aparición en pantalla de otro mito de la comedia, Buster Keaton. El viejo Cara de palo solo grabaría una frase más en toda su carrera (un último thank you pronunciado por su personaje de Guerra a la italiana, de Luigi Scattini); aquí, todavía podemos verle correteando por los decorados de los Samuel Bronston Studios, que rivalizan con Cinecittà, pero estaban en Madrid. En fin, una de las grandes leyendas del cine y un cómico cojo (y comunista, aunque sean cosas distintas) vestidos de toga y lanzados en una persecución de cuadrigas por los alrededores del Madrid del desarrollismo. Un desmadre a lo Pajares y Esteso, acelerado como un sketch de Benny Hill y con los Monty Python en el horizonte.

Víctor Muiña Fano
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