Cinefórum CLVIII: Érase una vez en Hollywood

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Los Ángeles. La ciudad del cine. Hogar de los grandes estudios de Hollywood y, por tanto, inevitable teatro de muchas de las grandes historias del séptimo arte. Un lugar que se construyó como final de muchos caminos distintos y al que millones de personas llegaron atraídos por la fiebre del oro, el glamour de la alfombra roja o, como vimos la semana pasada, el dolce far niente. De todos ellos se alimenta Érase una vez en Hollywood, la última película de Quentin Tarantino. Una cinta protagonizada, en cierto modo, por la misma ciudad de Los Ángeles, por sus gentes, por el cine y por su propio director.

Tarantino no solo ha sabido condensar todo lo que le ha dado forma como cineasta en su novena película, sino que además ha escrito el cuento de Rick Dalton y Cliff Booth con los sucesos de un año mágico que supuso un punto de inflexión en el cine, en la cultura occidental y quién sabe si también en su propia vida. Érase una vez en Hollywood se estrenó exactamente cincuenta años después del Festival de música y arte de Woodstock. Medio siglo después del verano del 69, el que digirió la resaca de mayo del 68 y, en California, se dedicó al amor. Todavía sin saberlo, ambos lados del charco ponían proa hacia la resolución, también cultural, de la Guerra Fría.
Y es que la tragicomedia escrita por Tarantino disecciona el final del siglo XX pero, a la vez, esboza una interesante radiografía del presente: Margot Robbie ejerce de dulcísima conexión con la realidad mientras Leonardo DiCaprio Brad Pitt forman, por fin, el tándem con el que Hollywood soñó durante décadas; y lo hacen precisamente para hablar de la industria del cine. Son socarrones, sinceros, divertidos y entrañables; viven improvisando sobre la marcha y siguen un viejo código de conducta que todos entendemos y, básicamente, señala que las cosas son como son. Es decir, son como la gran mayoría de los personajes de Tarantino; y eso sería un defecto si uno no acabase sus películas deseando ser el mejor amigo de sus protagonistas.
Una cierta curiosidad es todo lo que dos tipos como Rick Dalton y Cliff Booth podrían llegar a sentir por los hippies californianos. Brad Pitt, en su papel de especialista de cine, tiene el honor de resolver la tensión que se va acumulando en una escena memorable que Tarantino resuelve con una dosis de calculada violencia en la que, a pesar de todo, el director está presente. Es algo así como ver a un borracho empedernido bebiendo con frenesí de una botella con dosificador. En su siguiente encontronazo con ellos y advirtiendo del spoiler, los dos hombres chapados a la antigua reservan para un grupo de jóvenes confundidos, sin empaque, el mismo destino con el que Rick Dalton ajustició el nazismo: fuego purificador. Y uno no puede más que aplaudir, porque hay justicia en el baño de realidad que dos señores que probablemente votarían a Nixon le dan a esos muchachos extraviados. Trasladando la última escena a las época de Ronald Reagan o Donald Trump, uno no puede evitar pensar que el final de la película quizá no está tan alejado de la realidad.
Mientras el mejor Tarantino se desparrama por la pantalla, el oscuro inductor de las masacres (la de verdad y la ficticia), escapa tras una única aparición en pantalla; su mirada, la atmósfera que le rodea, toda la escena se clava entonces en el pecho del espectador como un cuchillo frío. Su sombra ha planeado sobre nosotros desde el final del verano, primero en los cines y ahora en la televisión, a través de Mindhunter. Hace cincuenta años que se convirtió en el horrendo reflejo de la sociedad que creamos. Y como sombra que es, el monstruo hiela la sangre, pero es esquivo. No impide disfrutar el final feliz del mejor cuento de Tarantino, el del verano del amor, el ocaso de un Hollywood y el nacimiento de otro; pero las raíces de su mal siguen clavadas en nuestro mundo. Si no encontramos otra forma de hacer las cosas, su historia conocerá más capítulos.

Víctor Muiña Fano

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