Cineforum CVIII: American Buffalo

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Nunca es fácil trasladar una obra creada para otra disciplina artística al cine; al cambiarla de continente, puede no amoldarse a su nuevo recipiente. Y eso que el teatro y el séptimo arte pueden ser vistos como almas gemelas, o como un todo guiado por una suerte de evolución a través de los avances de la tecnología. Pero lo cierto es que cada espacio sigue manteniendo sus códigos, su forma única de transmitir. Sus formas, aunque parecidas, hacen que les cueste replicarse. Es por eso que, cuando una adaptación luce realmente bien en la gran pantalla, no se puede restar mérito a quienes logran la hazaña, independientemente de la potencia del texto original. Fue el caso de Sola en la oscuridad la semana pasada y es también el caso de la película que nos ocupa, American Buffalo (Michael Corrente, 1996), una adaptación de la obra de teatro escrita por David Mamet en 1975. Con un guion despojado de todos los artificios del cine moderno, lo que queda es una localización, tres actores y una historia. No se necesita más.

Como si de una escena costumbrista se tratase, la película nos presenta una tienda de empeños poco transitada, con su dueño, Donny, aleccionando paternalmente al joven Bobby, un niño con problemas de familia desestructurada al que su mentor intenta alejar de los líos y de las drogas. Pronto se sumará al cuadro el explosivo Teach, un don nadie de verborrea fácil, compañero de Donny en las timbas de póquer que organizan en el almacén de la tienda.

El peso narrativo lo llevan íntegramente Dustin Hoffman, Teach, y Dennis Franz, Donny, quedándose necesariamente rezagado el joven Sean Nelson que, si bien sorprendió en 1994 interpretando a un joven de doce años que, precisamente, traficaba con crack, en esta ocasión no logra dar la réplica a sus compañeros de reparto.

Hoffman, por su parte, nos regala un personaje que recuerda al Ritso Razzo de Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969): es un perdedor, fanfarrón, bocazas, aunque algo más oscuro porque borra cualquier rastro del paternalismo que Ritso mostraba con el personaje interpretado por Jon Voigh. Ese matiz aquí queda sustituido por una avaricia desmedida que le lleva a traicionar a todo aquel se ponga por delante. La réplica se la da un soberbio Dennis Franz, un perfil de perdedor distinto, más pausado y reflexivo. El perfil de un perdedor que se conforma buscando migajas de suerte en sus timbas de póquer y se da cuenta demasiado tarde de que en su mesa, como en su vida, todo el mundo juega con las cartas marcadas.

La historia es pequeña, minúscula como una moneda con un búfalo americano estampado que Donny vende a un extraño por un precio ridículo. Frustrado tras conocer su valor, busca recuperar la moneda y, de paso, vengarse del comprador y desplumarlo por aprovecharse de su ignorancia.

Todo, menos las emociones, resulta insignificante. En American Buffalo los sentimientos fluyen por doquier: la avaricia de Teach, que trata de manipular la percepción de Donny sobre su protegido para sacarlo del plan y sacar más tajada; la frustración y la rabia de Donny, que tuvo la llave del sueño americano frente a sus ojos y lo dejó escapar por unos pocos billetes arrugados; el orgullo pisoteado, la inocencia discontinua del chico, la sombra de la duda en cada sentencia de Teach…

Hora y media de buenos diálogos, grandes interpretaciones y reflexiones profundas en boca de unos perdedores profesionales. Una oscura amargura con la que a todos nos resulta fácil empatizar. Puro cine, pura vida.

El seriéfilo

El seriéfilo

Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.
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