El cine como transmisor de ideología (III): Corea del Sur y su relación con Japón vista a través de The Battleship Island

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El cine construye y refuerza la ideología. En otras entregas hablamos sobre el caso de Turquía y el de China. En ambos casos se tomaban las formas, respectivamente, del thriller y del cine de acción estadounidenses para darnos un mensaje muy diferente al que encontraríamos en una cinta de Hollywood. Algo parecido sucede en algunos momentos en la filmografía de Corea del Sur, una de las potencias cinematográficas más pujantes fuera de los circuitos occidentales. El peso del cine histórico en el país del lejano oriente no se circunscribe únicamente a la multitud de cintas ambientadas en el periodo Joseon, sino que también se centra, en muchas ocasiones, en el estudio de épocas más cercanas y, en particular, de la ocupación japonesa.

Pocos países del primer mundo tienen una relación tan compleja y tirante como la que existe entre Corea del Sur y Japón. Desde antaño, los nipones siempre ansiaron conquistar la península coreana, algo que a finales del siglo XVI llevó a que Toyotomi Hideyoshi organizara una serie de invasiones en las que Japón fue finalmente derrotada. Tras la muerte de su impulsor, estas intenciones fueron abandonadas temporalmente. El éxito final llegaría tres siglos más tarde, cuando a finales del XIX Japón empezó a imponer su control sobre Corea, lo que llevaría a sucesos como el asesinato de la emperatriz Myeongseong en 1895, la ocupación de la península tras la guerra ruso-japonesa y, finalmente, su anexión en 1910.

La ocupación de Corea por parte de los japoneses no fue un periodo precisamente plácido, sino más bien algo muy parecido a lo que los occidentales identificamos con las actuaciones del régimen nazi en diferentes países europeos. Los japoneses ya llevaban mucho tiempo mostrando un fuerte racismo con los coreanos, algo que llegaría a explotar de manera evidente en 1923 tras el gran terremoto de Kantō, cuando los japoneses empezaron una campaña de asesinato de coreanos, acusados de aprovecharse del caos para saquear las ciudades. Este terremoto aparece, por ejemplo, en la cinta El viento se levanta de Hayao Miyazaki, pero por supuesto el genial director japonés opta por tapar los aspectos más oscuros de los actos perpetrados por su país, algo muy coherente en una película que, entre otras cosas, busca justificar en todo momento la figura de un totalmente ficticio Jirō Horikoshi.

Es notable que ese choque entre los japoneses y los coreanos nos ha sido hurtado en su mayor parte a los espectadores occidentales. Para nosotros, los enfrentamientos siempre han estado claros, y han sido básicamente protagonizados por las fuerzas estadounidenses durante la Guerra Fría y también tras ella. Así, tenemos en un lado, el de los buenos, a los Estados Unidos y sus aliados occidentales; en el contrario, como villanos, a la Unión Soviética, la China comunista, Corea del Norte, Vietnam, los terroristas árabes… Pero no solemos encontrarnos en ningún caso a los japoneses frente a los surcoreanos, menos aún fuera de las cintas bélicas del periodo posterior a Pearl Harbour en el caso de los nipones. Sin embargo, en el lejano oriente los surcoreanos han ido construyendo una filmografía que busca reforzar la identidad nacional en contraste con la de sus vecinos nipones, a los que convierten en los verdaderos antagonistas de su historia.

Sería lógico pensar que Corea del Sur buscaría a su enemigo en Corea del Norte, pero eso sería un error grave. Para los coreanos, y aquí incluyo a los de ambos lados de la frontera, sus vecinos son miembros de un mismo pueblo. Pueden estar equivocados, pero no por eso dejan de ser familia: el objetivo es convencerlos y llevarlos a la luz, no acabar con ellos. Esto se puede ver, por ejemplo, en cintas tan maravillosas como Joint Security Area de Park Chan-Wook. Frente a esa idea de pueblo que debe ser reunido se establecen dos grandes ejes de vertebración hacia el exterior por parte de los coreanos. Por un lado está China, la gran civilización cercana, influyente y peligrosa, pero también madre de la cultura y, hasta cierto punto, protectora. Por otro lado está Japón, la amenaza constante de invasión; los enemigos.

Nuestra visión de Japón es, desde luego, muy diferente a la que pueden tener sus vecinos. Aquí conocemos al país del sol naciente en base a una serie de tópicos muy amables para con el país. Los vemos como el país exótico por excelencia, el de los samuráis y los ninjas, el de Godzilla, el manga, el anime, las colegialas, la alta tecnología, los yakuza, Hiroshima, Nagasaki, Akira Kurosawa, Lost in Translation, los kamikazes, Miyazaki… Al final, Japón es para nosotros el hogar de una gente muy amable y educada, que viven en casas muy pequeñas y gusta de ir a karaokes y hacer genuflexiones. Sí, sabemos que tienen unas perversiones sexuales que superan cualquier límite imaginable y que son algo racistas, casi fascistas, pero nuestra visión está teñida por ese clásico paternalismo de origen colonial del que a la cultura occidental le cuesta librarse.

Frente a ellos, Corea del Sur… bueno, viene a ser como Japón, pero menos. Sabemos que de allí vienen Samsung y LG, así que también gusta el tema electrónica, como en Japón. Está Hyundai, que vende muchos coches, como Toyota en Japón. Tienen una industria alocada de ídolos musicales que nos puede recordar a lo que hemos visto en animes y mangas japoneses. En realidad, el único producto cultural en el que Corea del Sur ha conseguido salir de la sombra japonesa a nivel global, aparte del musical con la expansión alocada del kpop, ha sido precisamente en el cine. Un suceso capitaneado por autores como Kim Ki-Duk y Park Chan-Wook, logrando el equilibrio perfecto entre el cine de autor y la cultura popular, construyendo una narrativa propia que entronca con Hollywood y que tiene una esencia propia nacida de influencias tan dispares como el cine de Hong Kong o incluso el japonés.

No es extraño, por lo tanto, que el cine sea el campo de batalla elegido por Corea del Sur para mostrarnos por qué tiene problemas con Japón y por qué, en opinión de sus autores, todos deberíamos tenerlos.

De guerras mundiales y crímenes de guerra: The Battleship Island

Si hablamos de guerras y Corea, todos sabemos que lo primero en lo que vamos a pensar es en el enfrentamiento entre las fuerzas capitalistas apoyadas por Estados Unidos y las comunistas alentadas por la Unión Soviética y China. Después de todo, allí tenía lugar la acción de M*A*S*H, con la que nos recordaron lo buenos que eran los estadounidenses establecidos en el país. Lo de menos es que tras el armisticio (la guerra nunca ha finalizado oficialmente) Corea del Sur se convirtiese en una dictadura, que esta fuese sucedida por otra dictadura diferente o que según muchos analistas no se pueda hablar de una verdadera transición del país a la democracia hasta 1997, con la elección de Kim Dae-jung. Durante todo ese periodo, ahí seguían las bases estadounidenses, apoyando a dictaduras militares sin ningún problema.

Sin embargo, para el imaginario coreano es tan importante o más todo lo que rodea a la Segunda Guerra Mundial. Desde finales del siglo XIX, Japón empieza a extender su influencia hacia la península hasta llegar a anexionarla definitivamente en 1910. Empezará entonces una auténtica guerra por tratar de recuperar la independencia de Corea. Esta época ha sido mostrada en el cine y la televisión en muchas ocasiones, con obras como la serie Mr. Sunshine, éxito reciente emitido en nuestro país por Netflix, o incluso en obras del prestigio de La doncella (The Handmaiden) de Park Chan-Wook. De particular interés puede resultar la cinta Anarchist from Colony, que cuenta la interesante historia de Park Yeol, anarquista y antiimperialista coreano que fue detenido en el Japón de la década de los años veinte, tras el ya mentado terremoto de Kantō, y se convirtió en un dolor de cabeza para los dirigentes nipones de Entreguerras.

Centrándonos en la película que nos ocupa, The Battleship Island tiene lugar en un momento posterior del enfrentamiento entre los dos países, en los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial y ya con Japón abiertamente enfrentado a los Estados Unidos. Enfrentado a la gran potencia emergente hasta el punto de incluir en la narrativa el lanzamiento de la bomba nuclear de Nagasaki. La derrota de Japón y los últimos coletazos de un país que sabía que estaba condenado a caer se convierten así en el fondo sobre el que se desarrolla una historia que destaca, precisamente, porque es una película clásica de la Segunda Guerra Mundial, pero en el lejano oriente.

El protagonista de la cinta es el director de una banda de música de éxito en Corea. Un hombre que siempre parece tener una sonrisa y que solamente se preocupa por sí mismo, su hija y los miembros de su banda. Nada más. Trabaja para los clubes en los que abundan los oficiales japoneses y tiene la idea de huir de una deprimida Corea para tratar de arrimarse al sol que más calienta en un Japón que él confía en que, como dicen todos los oficiales nipones, va a vencer en la guerra. De ahí que trate de irse a tierras niponas con la ayuda de un japonés algo más majo que el resto de los que pululan por la película. El resultado será, por supuesto, catastrófico, al ser ignoradas sus historias de gran músico y acabar destinado junto a su hija y sus músicos a la isla de Hashima.

Hashima se sitúa frente a la costa de Nagasaki. Actualmente está deshabitada, pero en el pasado no fue así. Su particular orografía le dio el nombre popular de «la isla acorazado» (the battleship island en inglés) por recordar su forma a la de uno de estos navíos. A pesar de su pequeño tamaño, apenas dieciséis acres de superficie, llegó a tener más de cinco mil habitantes que explotaban una rica mina de carbón, ya agotada. La explotación estaba asignada a la Mitsubishi y durante la Segunda Guerra Mundial se enviaron allí tanto a coreanos como a chinos para trabajar en los pozos en condiciones terribles. A día de hoy, la película ha servido como escenario para escenas de películas como Skyfall y ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad, no sin cierta polémica.

Para conseguir su denominación por parte de la UNESCO, el gobierno japonés tuvo que admitir que los trabajadores coreanos y chinos habían sido llevados a la isla en contra de su voluntad y obligados a trabajar en condiciones muy duras. Sin embargo, el día después del nombramiento de la isla, el ministro de exteriores japonés salió para dejar claro cuanto antes que aquello de llevar a la gente en contra de su voluntad y obligarla a trabajar no significaba que hubiese habido trabajos forzados ni, por lo tanto, esclavitud. El movimiento no debería sorprender a nadie, pero lo cierto es que no deja de mostrar, una vez más, la incapacidad de los japoneses para admitir sus problemas históricos.

Volviendo a la película, la isla de Hashima es casi un personaje más de la historia. Para poder rodar la cinta no pudieron acudir allí y es probable que el gobierno japonés hubiese vetado la producción en cuanto leyese el guion, así que se hizo una reproducción de la misma de la mitad del tamaño real para poder reproducir las escenas más notables de la historia. La cinta brilla en lo técnico y uno de los motivos es su capacidad para trabajar con notable libertad en un espacio tan particular como el construido. Las pequeñas habitaciones, las escaleras angostas, los claustrofóbicos túneles, las reuniones en callejones que apenas merecen ese nombre… se ven contrarrestados con el amplio patio central y las salas de los oficiales.

La trama sigue una historia que podríamos esperar en cualquier película de judíos y nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero cambiando en esta ocasión a los unos por coreanos y a los otros por japoneses. Los primeros se unen en la adversidad y se enfrentan a los segundos, que solamente quieren acabar con un pueblo orgulloso y valiente. Por en medio hay traidores, espías que tratan de recuperar la perdida gloria de Joseon, un matón con buen corazón y la necesaria presencia de una mujer de consuelo para poder recordar al mundo las prácticas niponas de obligar a prostituirse frente a su ejército a las mujeres de los países que conquistaban, sobre todo las coreanas. A este respecto, basta recordar que recientemente la ciudad de Osaka rompió su hermanamiento con San Francisco porque esta segunda instaló una estatua en honor a las mujeres de consuelo.

La mayor parte de la cinta tiene lugar en ese mundo particular, aislado. En él, nuestro protagonista, interpretado por un excelente Hwang Jung-min, parece casi un remedo del Guido Orefice de Roberto Begnini en La vida es bella. Trata de endulzar lo que sucede a su hija y de sobrevivir en lo que cada vez nos recuerda más a un campo de concentración. El tono está entre la picaresca y la película bélica durante la parte central de la cinta, construyendo con calma unos personajes que resultan empáticos pese a su poca originalidad. Sin embargo la película nunca pasaría a la historia por estos momentos más tranquilos, sino porque el director, Ryoo Seung-wan, se esconde para el final una traca impresionante en la que se organiza un intento de huida de la isla por parte de los coreanos.

No vamos aquí a destripar la parte más interesante y efectiva de la cinta, sino que recomendamos a nuestros lectores que disfruten por sí mismos de un larguísimo último tramo de la cinta en el que los tópicos se dan la mano con la habilidad técnica para narrarnos un enfrentamiento a gran escala que funciona hasta demasiado bien. Porque aunque no haya mucho que contar, se cuenta muy bien y se le da mucho ritmo.

Trasladando iconografías

The Battleship Island es interesante como muestra de que los tópicos que aplicamos a un conflicto racial pueden ser trasladados de manera casi íntegra a la otra esquina del mundo y seguir funcionando. Cintas como La lista de Schindler o la ya mentada La vida es bella podrían ser reescritas simplemente cambiando a los judíos por los coreanos y a los japoneses por los nazis, sin que hiciera falta hacer demasiadas modificaciones adicionales. Este descubrimiento seguramente pueda sorprender a muchos espectadores, acostumbrados a pensar que el mal absoluto es patrimonio exclusivo de la Alemania de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo debemos comprender que nuestra idea de excepcionalidad con respecto a lo perpetrado por los nazis no deja de ser una herencia cultural más, fruto de una construcción colectiva del pasado que, al menos en este caso, sirve como aviso de posibles terrores futuros. A pesar de ello, ese acto reflejo defensivo que nos lleva a considerar que las atrocidades de la Alemania nazi fueron la cumbre de lo inhumano no debe hacer que olvidemos que en otras latitudes tienen una relación diferente con lo sucedido y sus propios traumas culturales.

Los problemas de Japón y Corea del Sur no están superados, ni mucho menos, y siguen teniendo su traslado al cine. No es casualidad que la película más taquillera de la historia de Corea del Sur siga siendo The Admiral: Roraring Currents, la historia de cómo el mítico almirante Yi Sun-Sin derrotó a los japoneses en el siglo XVI contando con solamente trece naves por trescientas de los nipones. Del mismo modo, The Battleship Island construye un discurso modernizado del de aquella película, tratando solamente de apuntar algún pequeño detalle antibelicista en la presentación del bombardeo de Nagasaki. En todo caso, la idea de la película está clara, y no es otra que presentarnos al pueblo coreano como un bien a defender y un fin que justifica incluso dar la propia vida.

Como espectadores occidentales esto puede parecernos tremendamente egocéntrico por parte de los coreanos, pero al mismo tiempo deberíamos detenernos y preguntarnos cuántas veces los estadounidenses nos han vendido exactamente la misma receta. La diferencia es que ahora no pueden decirnos eso del mundo occidental o del mundo libre, porque sabemos de manera intuitiva que Corea no somos nosotros. Así, de nuevo el que un modelo narrativo se lleve a un entorno diferente nos puede ayudar a ver las costuras del mismo, a plantearnos cuántas veces nos hemos tragado narraciones claramente ideológicas sin darnos cuenta.

La película, para terminar, llegó a estar presente en el Festival de Sitges de 2017, en la sección Òrbita, ganando el premio a mejor película. No es para tanto, la verdad, y viendo muchas críticas me temo que el contenido ideológico quedó sepultado para muchos bajo la espectacularidad de su último acto; no obstante merece la pena recomendar el acercamiento a una cinta que nos recuerda, una vez más, que casi todo depende del ojo del espectador y que los trucos narrativos de Hollywood no dejan de ser exportables a todo el mundo, aunque puedan quedar un poco más en evidencia durante el proceso.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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1 comentario

  1. También para entender la actual relación entre Corea y Japón y el papel siempre negativo de los japoneses en el cine coreano (Que alcanza su nivel más abracadabrante en el medievalista y casi infantil racismo de “The Wailing”) no se debe olvidar que las sucesivas dictaduras que sucedieron a la ocupación japonesa de Corea hicieron siempre hincapié en el orgullo nacionalista y en echar la culpa de todo lo malo al anterior gobierno de ocupación. Los productos actuales de la filmografía mas sobrevalorada del globo no hacen más que continuar con una tradición nacida del cine propagadistico de la dictadura. Mas o menos como si nosotros siguieramos haciendo cine franquista.

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