El viaje de Marcel Grob: terror, guerra y lucha entre culpabilidad e inocencia

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Si algo ha conseguido hacer que el cómic europeo se destaque entre la oferta del noveno arte en todo el mundo es su capacidad para tratar temas serios y acercarse de una manera más racional y analítica a nuestro entorno. En cierto modo, la corriente francobelga se considera a sí misma en la cima de cualquier canon cultural que podamos imaginar, lo que hace que su industria no dude en tratar temas difíciles, en darles respuestas complicadas. El cómic histórico europeo a menudo sirve para educar más que ningún otro producto de entretenimiento.

Muestra de esa intención didáctica son los muchos ejemplos en los que el cómic se ve acompañado por textos y artículos que explican los sucesos que narra. Así pasaba en Panamá Al Brown, en Berézina, en Julio Popper, en Los esclavos olvidados de Tromelin y hasta en El unicornio, pese a su naturaleza fantástica. En todos ellos, los autores mezclan la intención narrativa con su voluntad de transmitir un fresco histórico tan fidedigno como sea posible. Educar y entretener es un objetivo que comparte también El viaje de Marcel Grob, en el que además esas metas se dan la mano con un ejercicio de exorcismo de los fantasmas familiares de Philippe Collin.

La familia como germen de la narrativa

Phillipe Collin es el coguionista y origen del proyecto que terminó convirtiéndose en El viaje de Marcel Grob. Suya fue la idea de contar la historia de su tío abuelo, Marcel Grob, un alsaciano que tuvo que luchar en la Segunda Guerra Mundial junto a las fuerzas del Tercer Reich. La razón de que necesitara contar su historia se encuentra seguramente en que cuando Collin tenía veinte años, descubrió que el patriarca de su familia en realidad no había estado en la Wehrmatch, sino en las Waffen SS. Estudiante de Historia, durante dos años trató de interrogar a su tío abuelo y de entenderlo Tuvieron que pasar varios años más hasta que lo logró.

De los papeles de Marcel Grob, fallecido en 2009, nace la historia de una parte de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Marcel había nacido como Marzell en una Alsacia alemana, para después convertirse, como todos sus contemporáneos, en un germano que vivía en Francia. Esto sirvió para que las SS, cuando empezaron a estar faltos de reclutas, creyeran haber encontrado un nuevo vivero del que extraer jóvenes para que se convirtieran en sus tropas. Lejos quedaban las épocas en las que podían permitirse exigir un conocimiento exhaustivo del origen de los nuevos miembros o rechazar a muchos de ellos: hacía falta sangre joven y Alsacia podía proveerla.

¿Creían realmente esos alsacianos los delirios racistas del Tercer Reich? Es difícil dar una respuesta absoluta a una pregunta semejante. Todos podemos entender, por eso que llamamos sentido común, que muchos de ellos, seguramente la mayoría, respondían a la imagen que Collin plantea de su tío abuelo: eran jóvenes que temían lo que pudiera pasar a sus familias si no se presentaban ante los reclutadores. Ante la dicotomía de convertirse en rebeldes y condenar a sus familias o pasar a formar parte de una auténtica máquina de muerte, debieron pensar que tal vez pudieran salir vivos de la guerra, pero no de la persecución nazi en su propia casa.

Otros pocos creían en parte de los postulados nazis. Uno de los mayores aciertos de El viaje de Marcel Grob es dar voz a aquellos que se podían creer parte de las mentiras del régimen de Hitler. Müller, amigo de nuestro protagonista, cree que después de todo van a luchar contra los bolcheviques y a acabar con los comunistas; al fin y al cabo, mejor estar con los boches que no con los rusos. Pronto descubrirá lo errado que estaba.

La narración de Collin podría antojársenos por momentos excesivamente exculpatoria para con Grob. En parte, eso es natural; no deja de hablar de una figura que sin duda fue muy importante para él mismo, pero que no puede convertir en una figura histórica que defender. Detrás de la aparente defensa de su tío abuelo se esconde una clara condena de aquello que puede llegar a hacer un hombre cuando se encuentra entre la espada y la pared; cuando un hombre es incapaz de tomar decisiones según su conciencia y se ve obligado a actuar por una situación que le ha superado.

Marcel Grob se convierte así en un ejemplo de la primacía de la mentalidad de grupo sobre el individuo. Desde el principio se plantea que es un buen chico que solamente quiere ayudar a su familia, estar con sus amigos en la fábrica y jugar al fútbol. A él no le importa esa guerra más allá de su interés por sobrevivirla; no cree en las ideas nazis ni quiere hacerlo. Pero, sin embargo, se ve atrapado en una corriente que le arrastra hacia actos que le condenarán en su interior para siempre. Pareciera que Collin nos mostrara cómo hasta el más inocente de los hombres puede caer presa de la locura de la sociedad, convirtiéndose en una bestia tan salvaje como aquellos que le rodean.

Y, a pesar de ello, ¿es realmente culpable de sus actos? Esa es la pregunta que sin duda Collin tuvo que hacerse muchas veces, y a la que a su manera trató de responder con la escritura de El viaje de Marcel Grob; un viaje que es tanto el de su tío abuelo durante la Segunda Guerra Mundial como el del propio Collin tratando de encontrar un descanso para su conciencia. Lo mejor que podemos añadir es que es el propio lector el que deberá encontrar la respuesta a esa pregunta durante su lectura, dado que Collin confía en nuestra capacidad para lograr un cierre que él no quiere forzar.

Dos dibujos para dos historias

Junto a Philippe Collin participa en el cómic Sébastien Goethals, un elemento imprescindible para que el cómic funcione. Para empezar, porque Collin es sobre todo un periodista de notable éxito en el país vecino y que se enfrenta aquí a su primera incursión en el mundo del noveno arte. De ahí que Goethals se entienda imprescindible para dar entidad y peso a un relato que destaca en todo momento por su fuerza narrativa.

El dibujo de El viaje de Marcel Grob está dominado por un excelente trabajo de composición que hace que el tomo se lea en un suspiro. Esto se hace aún más notable debido a la división de la historia en dos grandes bloques, muy diferenciados por su realización artística, además de por su lugar en la historia. Por un lado, los pasajes ambientados en 2009, están dominados por una línea más fuerte y concreta, con amplios diálogos y poca acción. Por otra, en aquellos que narran los sucesos que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial, el centro de la narrativa y los diálogos dejan lugar a la acción, las líneas se difuminan como nuestra memoria y las páginas se vuelven más dinámicas y ágiles.

Goethals se muestra en todo momento como un autor que sabe siempre lo que quiere hacer con el dibujo. Su juego con los colores se muestra, por ejemplo, magistral a la hora de ir paseándose por diferentes tonalidades que van impregnando el relato y que le dan una personalidad y un contenido propio más allá de lo que sucede frente a nuestros ojos. Sí es cierto, y merece la pena destacarlo, que el trabajo de las secuencias de la Segunda Guerra Mundial se presenta más conseguido que el de las secuencias actuales, en las que a pesar de ello se vuelca un gran trabajo en los rostros de los personajes, algo que tal vez se pierde en las escenas bélicas, en las que cuesta distinguirles hasta que alguien dicen su nombre. De todos modos, sin atrevernos a decir que esto pueda ser buscado o voluntario, es justo reconocer que esa confusión ayuda a situarnos en medio de la batalla.

Marzabotto como detonador

Ya hemos comentado que el tomo cuenta con un muy interesante dossier histórico. Escrito por Christian Ingrao, especialista francés en historia del nazismo, se trata de un texto que trata de iluminar las experiencias vitales del protagonista para situarlo en el contexto histórico del reclutamiento forzoso en Alsacia. Habla de la historia de las SS y sus actuaciones durante los últimos tiempos de la guerra, con un especial interés por su actuación en el norte de Italia, el lugar en el que acabó luchando Marcel Grob.

Lo más interesante de su historia es su capacidad para estimular nuestras reflexiones acerca de sucesos como la masacre de Marzabotto. Se calcula que allí murieron unos setecientos setenta civiles a manos de las Wafen SS. Mujeres, niños, ancianos, sacerdotes… nadie se salvó de la crueldad de los nazis, que habían traído a la Europa occidental un modelo de actuación ya probado con anterioridad en el este.

Según nos cuenta Ingrao, un suceso como el de Marzabotto no debe entenderse como un error o una casualidad, sino como el resultado natural de la llegada al frente occidental de los mismos oficiales de las SS que habían llevado a cabo masacres semejantes en lugares como Bielorusia. Los partisanos italianos y sus familiares no eran para ellos diferentes de los bolcheviques a los que meses antes exterminaban en sus casas.

Marzabotto es finalmente el punto de ruptura de Marcel Grob y el centro de una narración que desde el principio nos muestra al nazismo como una máquina malvada que no alcanza su plenitud y el paroxismo hasta los sucesos que protagonizaron cerca de la ciudad de Bolonia. A partir de ahí, queda claro que nada se mantiene: el destino militar de un hombre puede depender de lo bien que tire una falta en un partido amistoso, los amigos desaparecen, las acciones de guerra se convierten en un infierno y todo acaba siendo parecido a la huida napoleónica de Rusia. Finalmente, Marcel Grob, y nosotros con él, ha podido ver el rostro del nazismo. Y este le ha devuelto la mirada.

Un elogio de la memoria

Collin podía haber caído en un registro habitual de la narración biográfica de un personaje cercano al autor como es la hagiografía. Sin embargo, y a pesar de que su mirada sobre su tío abuelo es siempre cercana y comprensiva, no duda en sumergirse en los aspectos más oscuros de su vida para darles una respuesta incómoda y dura. Marcel Grob no era un héroe, pero tampoco un villano; simplemente le tocó vivir un momento difícil e hizo lo que fue necesario para sobrevivir.

La pregunta, y advertencia, que flota sobre todo el texto, es la que se plantea si cualquiera de nosotros habría hecho algo diferente. Enfrentados a una bestia como el nazismo, ¿lucharíamos contra ella arriesgándolo todo o simplemente trataríamos superar la pesadilla sufriendo lo menos posible en el proceso? Por suerte, no hemos tenido que tomar decisiones tan difíciles siendo unos niños de diecisiete años, como hicieron Marcel Grob y sus amigos. Algo que no acaba con nuestras dudas.

No parece casual que Collin y Goethals decidieran publicar este cómic en 2018, en un momento en el que la Europa que nació de la Segunda Guerra Mundial, construida sobre las vivencias de hombres como Marcel Grob, parece estar empezando a sufrir el acoso de ideologías demasiado cercanas a las que marcaron trágicamente la vida de aquellos jóvenes alsacianos. Es una fortuna que Ponent Mon nos traiga el tomo apenas un año después de su edición, coincidiendo con una mayor puesta en valor de las tesis que, tal vez inadvertidamente, defiende el texto.

Si queremos evitar que se cumpla la profecía que indica que Europa está condenada a parecerse cada vez más a la de Entreguerras, la que causó el nacimiento del fascismo y el nazismo en el seno de unas sociedades que vivían el espejismo de los felices años veinte, debemos volver nuestra mirada al pasado y aprender del mismo. Seguramente, las enseñanzas de un joven alsaciano cuyo mayor logro vital fue aprender a vivir con la memoria de sus actos e integrarse en la sociedad puedan ser mejor ejemplo que las vidas de los generales y políticos que estuvieron dispuestos a usar a personas como Marcel Grob para ganar sus batallas. Las vidas de quienes no se pararon a pensar realmente en las consecuencias de sus actos.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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