Finlandia sin trucos, una Sanna victoria

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Un año intenso en materia de movilizaciones feministas culminó con al menos un hecho interesante: el nuevo gobierno finlandés compuesto solo por mujeres. El 10 de enero fue el cumple mes de este acontecimiento político trascendental que, en su momento opacado por las luces de navidad, hubiese merecido más atención que Santa Claus. Estamos a tiempo, porque esto recién comienza.

El 9 de diciembre de 2019, Sanna Marin fue elegida por los socialdemócratas de su partido y siete días antes de cumplir treinta y cuatro años se convirtió en la primera ministra más joven del mundo. Marin dejó su cargo como ministra de transporte para encabezar una coalición de centro izquierda con otras cuatro mujeres líderes, todas menores de cuarenta años, con excepción de la ministra de justicia, Anna-Maja Henriksson, de cincuenta y cinco.

«There’s no trick», no ha hay ningún truco (contesta a un reportero de The Guardian). «Solo estuve trabajando y ganándome la confianza de mi gente». La pregunta, que no se publica, esconde el clásico prejuicio: algo raro habrá hecho esta mujer para llegar a ese sitio generalmente habilitado para hombres veteranos con cuentas bancarias o socios suculentos. La pregunta no se formula cuando llega al poder un empresario futbolístico, un actor mediocre, un presentador de televisión billonario o un rey sin más méritos que hemoglobina heredada; pero esta finlandesa tiene que explicarlo. Y bien que lo hace con hechos y en el terreno que le ocupa. Encabezó la administración de la ciudad en Tampere a la edad de veintisiete años y se convirtió en diputada en 2015. Ha sido ministra de transporte y comunicaciones durante 2019 hasta el momento de su elección como primera ministra. Sus saltos han sido trabajando y en el terreno político; es probable que sea otra cosa la que irrite a cierto sector social y mediático: su biografía familiar, su trasfondo, como dicen, precisamente, quienes no ven el fondo sino la forma.

Marin nació el 16 de noviembre de 1985 en Helsinki. Vivió en Espoo y Pirkkala antes de mudarse a Tampere, donde comenzó a construir su carrera política y vive actualmente, junto a su marido y su hija de dos años. Tuvo una infancia difícil, su familia debió enfrentar problemas financieros y una lucha contra el alcoholismo del padre, que finalmente dan por perdida. Hasta aquí, nada raro: en la Finlandia famosa por su nivel de corrupción cero y su alto estándar de vida, también coexisten familias de pocos recursos financieros y el alcoholismo, un problema muy grave de la sociedad que aún no logran resolver del todo. Es seguramente la segunda parte de la biografía lo que alentó la pregunta del Guardián. Siendo Sanna muy pequeña, su madre dejó a su padre para encontrar al amor de su vida: otra mujer, con quien estableció una familia estable y amorosa. Desde su temprana adolescencia, Sanna mostró una tenacidad a prueba de todo y se empleó en distintos trabajos para colaborar en su casa y solventar sus estudios. «Siempre he sentido orgullo por mi familia arcoíris y mis raíces en una clase trabajadora», decía Sanna hace pocos años. «Fui la primera de mi familia en poder terminar estudios universitarios. Estudié Administración local y regional en la Facultad de Administración de la Universidad de Tampere. Tengo una maestría en estudios administrativos. Soy mamá y política», se presenta en su página web.

La transparencia de su camino personal y profesional es elocuente, pero ello no limpia la mirada de quienes ven algo tramposo en la hija de dos madres, tal como la presentan algunos medios locales. Otros no se indignan tanto por las autoras de su crianza sino por su nido poco lujoso, como Mart Helme, Ministro estonio del Interior y miembro del Partido Conservador Popular de Estonia: la elección de la señora Marin «muestra que incluso una panadera puede convertirse en primera ministra»; «Ahora los rojos están tratando desesperadamente de liquidar a Finlandia, convirtiéndola en una euro-provincia», le comenta al The New York Times. Para la BBC, la primera ministra es «the rising star», como si no se tratara de las altas esferas de la política sino del mundo de espectáculo.

Algunos medios finlandeses tampoco logran ocultar su desconfianza, dando cuenta de los prejuicios locales que Sanna conoció de primera mano. En 2015, entrevistada por Me Naiset, una importante revista femenina, comentó que cuando era niña se sentía invisible porque no podía hablar abiertamente de su familia: «El silencio fue lo más duro. No éramos reconocidos como una familia real». Las vivencias como hija de un hogar homoparental también han forjado en esta sólida primera ministra una convicción irrenunciable en pro de los derechos LGTB, lo cual no es poco: en comparación con sus vecinos nórdicos, Finlandia lleva retraso en el reconocimiento de la igualdad de ese colectivo. El año pasado, la entonces diputada socialdemócrata participaba con su bebé en la marcha del Orgullo de Helsinki. «Para mí, los derechos humanos y la igualdad de la gente nunca han sido una cuestión de opinión sino de base», afirma Marin en su página web.

Quien conoce la historia de este país ve la línea que lo ha llevado hasta este punto. En 1906, Finlandia fue el primer país del mundo que concedió plenos derechos políticos a las mujeres: derecho al voto y a presentarse como candidatas. Por otra parte, ya hace un par de décadas que hay mujeres jóvenes ocupando puestos prominentes, nos recuerda Reetta Siukola, gerente de desarrollo del Centro de Información sobre Igualdad de Género. Por eso, como bien dice Sanna Marin, solo se trata de ponerse a trabajar sannamente, con honestidad, sin trucos.

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1 comentario

  1. Chiara Brusasca on

    Mujer bonita es la que lucha! A seguir persiguiendo nuestros sueños de igualdad en un mundo patriarcal! Que sea un ejemplo a seguir para otras mujeres en todo el mundo!

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