Ghost. Si tienes fantasmas, lo tienes todo

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Las verdades por delante: soy un fan absoluto de Ghost. Reciente, cierto, pero absoluto. Sin miedo a exagerar puedo decir que de las cerca de treinta millones de reproducciones de Square Hammer en Spotify, aproximadamente el noventa por ciento deben de ser mías, más o menos. Me flipan. De hecho, fue la crónica de un flechazo anunciado.

Yo leí en algún sitio que había un grupo de rock sueco (¡cómo no!) con un rollo ocultista que lo estaba petando y, claro, solo con eso ya me tenían en el saco: rock, suecos, ocultismo… ¡Vamos! Además, se llamaban Ghost, o sea, fantasma en inglés, que es un nombre tan molón para un grupo siniestro como obvio. Es más, lo primero que pensé fue que era imposible que nadie lo hubiese usado antes. Y efectivamente: ya lo había hecho una banda americana, de ahí que el fantasma escandinavo durante un tiempo tuviese que autodenominarse en tierras yanquis Ghost B.C. (Before Christ: Antes de Cristo. ¡Otro gallifante al nombre más molón-obvio para ellos!). Ya solo me quedaba verles las pintas para el enamoramiento total. Porque, pese a la maravillosa influencia de La bella y la bestia en mi educación personal, siempre he sido de los que juzga a los músicos por su imagen. Si te vistes en un escenario como la Fórmula joven del Corte Inglés, no eres mi rollo. Ni deberías ser el de nadie. ¡A la hoguera contigo, por muermo! Pero no era el caso. Busqué en Google y me aparecieron unos fulanos vestidos como la santa compaña y en medio un tío (supuse que el frontman) con un corpse paint que recordaba claramente a los Misfits. Para entonces el hype que se apoderaba de mi cerebro alcanzaba niveles similares a los del estreno de El despertar de la fuerza. Ya solo me quedaba escucharlos; del número de veces que he reproducido Square Hammer ya os he hablado.

Un consejo: no hagáis mucho caso a la Wikipedia. Otro: no toméis zumo después de cenar, que dicen que la naranja por la mañana es oro, al mediodía plata y por la noche mata. De nada. Volviendo a la Wiki: nadie discute su cualidad insuperable como solucionadora definitiva de discusiones de barra de bar, pero, especialmente en su versión en castellano, hay serias sospechas de que está elaborada por un ejército de mandriles seudo-inteligentes al servicio del gobierno ruso. En serio. A mínimo que controles de un tema comprobarás que sus informaciones hacen más aguas que el camarote de Di Caprio en el Titanic. Hoy ya está corregido, pero cuando entré por primera vez en la página dedicada a Ghost su música estaba catalogada como doom-metal. ¡Doom-metal! Antes de que vayáis a mirar precisamente a Wikipedia qué es eso, ya os lo adelanto yo: My Dying Bride, zozobra, aburrimiento, la chapa máxima. A ver, que sí, que Ghost comparte con este subgénero su halo oscuro y su querencia por los riffs machacones, pero ya. Catalogarlos como doom-metal por eso sería una falacia por generalización apresurada igual de chunga que deducir que Eduardo Inda es tan guapo como Brad Pitt porque es un ser humano varón que nació en el mismo año. Pues no.

Digresiones aparte, la cuestión es que mi primer contacto con la música de los suecos vino condicionada de forma inevitable por la información que brevemente había recopilado de ellos. Supongo que como le habrá pasado a casi todo el mundo. Y en eso tenía mucho que ver su propuesta estética, que por un lado me predisponía a toparme con sonidos extremos y por otro me hacía temer que fuese uno de esos proyectos que se balancean por el estrecho filo que separa la molonidad del cutrerío recurrente. ¿Otra banda de flipaos disfrazados de payasos asesinos? ¿Otros escandinavos tarados vestidos como draculines satánicos? ¿Otros zombis vikingos, carne de Eurovisión? Nada de eso. Afortunadamente. Ni era una propuesta extrema, ni estaba vacía de contenido trascendida la bufonada.

Y es que Ghost es una banda que poco tiene que ver con la agresividad inherente a los sonidos metaleros con los que comparte maquillaje. Es más, cualquier intento de descripción musical (más allá de Wikipedia) pasa inevitablemente por una serie de referencias recurrentes bastante alejadas de ellos: Blue Oyster Cult, Mercyful Fate, Black Sabbath y, en general, el rock oscuro y progresivo de los setenta y los ochenta, aderezado por la sonoridad pop sesentera de los Beatles o The Beach Boys más etéreos. Sí, Ghost se define por comparaciones, y sin embargo, rezuma una personalidad arrolladora. Porque sin inventarse nada nuevo se han sacado de la manga un sonido que conjuga a la perfección el guitarreo más pesado con la accesibilidad melódica pop, y todo ello de la mano de una estética, lírica y teatralidad digna del Alice Cooper más guasón.

Para empezar, sus músicos son anónimos. Son los conocidos como Nameless Ghoul, los demonios sin nombre (y que se relacionan cada uno con los cuatro elementos y sus signos alquímicos) que acompañan al cantante, cura de ultratumba que ha ido renovándose con cada disco. A saber: Papa Emeritus I (Opus Eponymus; 2011), Papa Emeritus II (Infestissumam, 2013), Papa Emeritus III (Meliora, 2015) y el actual Cardenal Copia (Prequelle, 2018). Cada cual con su maquillaje, personalidad y teatrillo correspondiente. Aquí, como ejemplo, la jubilación anticipada del tercer pope, cortesía del Papa Zero y sus guardaespaldas.

Para seguir, sus letras y actuaciones (botafumeiro mediante) están impregnadas de un satanismo de andar por casa que, lejos de querer sonar intimidatorio, se percibe con la misma coña marinera con la Ozzy Ousbourne decapitaba murciélagos de peluche sobre el escenario. Si Venon cantaba a Satán desde la adoración provocadora y los blackmetaleros noruegos desde sus mentes abolladas, Ghost lo hace reviviendo ese espíritu tan Sabbath que pretende recrear inofensivamente la banda sonora de una película de terror. Pero además le añade un toque coñón irresistible (ojo al delirante vídeo dedicado a él, la bestia con muchos nombres que brilla en la noche y a la cual no podemos ver), pero que parece suficiente, no obstante, como para que algunas asociaciones de meapilas hayan intentado censurar sus conciertos. Ya se sabe que entender la ironía es una de las mejores formas de selección natural que nos quedan.

El asunto del anonimato se consiguió mantener un tiempo, pero entre despistes en redes sociales y chivatazos mediáticos, se acabó sabiendo que al frente del proyecto estaba Tobias Forgue, músico de cierta solera en la escena underground sueca, y también que tal proyecto no era grupal propiamente, si no individual. Forgue pagaba un sueldo a sus instrumentistas, pero la conceptualización y la música de Ghost era enteramente suya. No obstante, que se acabase cayendo el velo de la banda no parece que le haya quitado un ápice de misterio al asunto, ni siquiera tras la célebre demanda que en 2017 le interpusieron al líder varios exmiembros exigiendo una mayor participación comercial en el negocio. Así, la justicia nos descubrió que Ghost era de Forge y se lo follaba cuando quería; su último disco, Prequele, grabado ya con unos nuevos Nameless Ghoul, nos descubrió a su vez que efectivamente el talento era también suyo y nos follaba con él cuando quería.

Y es que la carrera de Ghost, polémicas aparte, parece encaminada inevitablemente al estrellato masivo. Aunque les joda (o reafirme) a muchos de sus detractores. Es algo que, además, ellos han reivindicado siempre. Desde sus propias declaraciones hasta su concepción artístico-musical (uno de sus EP se titula Popestar). El haber caído en gracia a lo más granado de la escena y de la industria, Grammy incluido, ayuda; el apostar ya definitivamente por un pegajoso hard rock para todos los públicos, lo vaticina. Y si no, escuchad su reciente danza macabra y aseguradme que sois capaces de no firmar con ellos un pacto fáustico.

La originalidad de Ghost es que no son originales en nada. Ni musical, ni estética, ni conceptualmente. Todo lo que tocan, cantan, dicen o proponen ya lo hemos visto antes. Sin embargo, Tobias Forgue ha sido lo suficientemente inteligente como para saber que la nostalgia puede ser el motor más creativo en el páramo artístico actual. Y que no hay nada más inspirador que recurrir a las fuentes. Por eso ha cogido todas sus influencias musicales y las ha metido en una batidora a la que ha añadido un ingrediente personal definitivo: el talento innegable para hacer hit singles en potencia. Porque sí, detrás de toda la parafernalia del proyecto, y para sorpresa de muchos, hay una colección de temazos irresistible.

El resultado es una banda revival que, paradójicamente, se ha erigido como un soplo de aire fresco; un grupo cuya propuesta aspira a convertirse en el último gran fenómeno del rock mundial. Y es que la verdadera intención de Ghost está presente en su propio nombre: son un fantasma que ha sido invocado para recordarnos que cualquier tiempo musical pasado fue mejor.

Marcos García Guerrero

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