Gone to Earth (Corazón salvaje): la olvidada joya neorromántica-folk de Powell y Pressburger

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Uno de los mayores placeres del cinéfilo es descubrir esas películas que se esconden bajo las sombras de las grandes obras maestras. La pedantería que puede transmitirse cuando se las defiende solamente es igualada por la que causa criticar cualquier lista de supuestas mejores películas (o favoritas, que para el caso viene a ser lo mismo) en la que solamente tenga cabida el canon aceptado. Pero no hay que confundirlo, al igual que pasa con cualquier otra filia, ya sea en la literatura o en la música. La realidad es que muy a menudo hay grandes películas que han pasado desapercibidas por motivos muy variados y su recuperación es una cuestión de justicia para el aficionado.

Algo así le pasa a Corazón salvaje (Gone to Earth, 1950). Sus autores fueron la pareja formada por Michael Powell y Emeric Pressburger, posiblemente el dúo más talentoso del cine británico. La produjeron Alexander Korda y el mismísimo David O. Selznick, un año después de haber colaborado en El tercer hombre. Como protagonistas estaban Jennifer Jones, David Farrar y Cyril Cusack. La película lo tenía todo para el éxito, hasta el hecho de adaptar una novela de Mary Webb que había ganado cierta fama con el neorromanticismo de los años treinta en el Reino Unido.

Sin embargo, la película tuvo una historia llena de problemas. Selznick estaba ya para entonces casado con Jennifer Jones y desde los Estados Unidos no paraba de tratar de controlar el rodaje y el guion para que su mujer tuviese más protagonismo. Mientras tanto, en Shropshire y los estudios de Surrey, los directores iban ignorando sus peticiones de manera disimulada mientras Korda lo apaciguaba. En principio eso podría sonar a una producción normal, pero la prueba de que aquí las cosas se fueron de las manos es que los dos productores acabaron en los tribunales, ganando Korda el derecho a distribuir la película a su gusto en el Reino Unido… pero no en los Estados Unidos.

Tal vez esta situación haya llevado a la falta de consideración sufrida por Corazón salvaje, puesto que en 1952 Selznick sacó al mercado su propio remontaje, en el que no solamente conseguía hacer desaparecer casi media hora de metraje sino que sustituía gran parte del resto con rerodajes realizados por el mismísimo Robert Mamoulian que, sin embargo, se negó a firmar el estropicio. Por el camino desaparecían muchos de los elementos más interesantes de la cinta y se incluía una voz de off inicial para tratar de explicar lo que ya contaban las imágenes en la versión original. También se hacían desaparecer pasajes claves para entender la historia al tiempo que se añadía una subtrama con un embarazo surgido de la nada. Lo mejor, sin embargo, es que, al parecer, conseguir una zorra amaestrada en Hollywood no era fácil, así que cuando hace falta su presencia se emplea un zorro disecado… y aquí paz y después gloria. El que aún así existiese algo fascinante en los paisajes es una buena muestra de que el original debía ser excelente.

Debemos suponer que, debido a la escasa distribución de la versión británica, que fue restaurada por el BFI en 1985, muchas de las valoraciones que se han realizado de la película se habrán basado en la versión Frankenstein americana. De ahí que, en ocasiones, uno se sorprenda al ver que muchos autores la sitúan por encima a la hora de tratar a la obra de la productora The Archers. Y es que en esta película aparentemente menor, se encuentra uno de los mejores y más premonitorios tratamientos de la naturaleza de lo rural en el cine.

En esencia, Corazón salvaje no es más que un melodrama romántico de alto octanaje. La historia se basa en un triángulo amoroso formado por una joven medio gitana, un arrebatador noble que ejemplifica la pasión animal y un pastor baptista que da forma al amor más puro. Por supuesto habrá caídas en la pasión, redenciones, dudas… Lo normal en estas historias, contado con gusto pero sin novedades. Donde la película se escapa de sus modelos y construye un nuevo mundo es en su tratamiento del ambiente y del paisaje, unido a su visión de lo fantástico en el mundo rural inglés.

Para empezar, la historia se ambienta en Shropshire, en la frontera entre Gales e Inglaterra, que llegamos a ver físicamente al principio de la cinta. Es Gales, no debemos olvidarlo, lo más cercano a una reserva espiritual que tienen los británicos, la tierra de las hadas y las antiguas leyendas. El Rey Arturo, Rhiannon, el Mabinogion o los druidas forman parte del ideal de lo galés tanto como la dura vida en las minas o el rugby. Y por eso solamente allí, en la frontera de un mundo extraño e irreal, pueda tener lugar la historia de Corazón salvaje.

Porque la protagonista, de nombre Hazel Woodus, es una extraña belleza morena de ojos verdes, una mujer tan terrenal y seductora como inocente. Vive con su padre, un arpista que fabrica ataúdes en mitad del campo, cerca del monte al que llaman la montaña del pequeño dios (Little God’s Mountain), en la que una floración rocosa recuerda a los viejos círculos de piedras. Su madre era una gitana que le legó un cuaderno con todo tipo de conjuros y poemas, cuida de los animales como si fueran familia y le acompaña siempre que puede una pequeña zorra llamada simplemente Foxy. No entiende el poder que tiene sobre el sexo opuesto y coquetea sin saberlo.

Al principio de la película, escucha en la lejanía la llamada de una partida de caza y corre sin mirar atrás, sabedora de que si lo hace el Cazador negro le acarreará la muerte. A partir de aquí empieza nuestra trama, sumergidos en una fábula, una leyenda macabra, en la que la realidad y lo imaginario parecen darse la mano para construir una nueva existencia. La clave la tenemos en una pequeña escena, aparentemente incongruente y sin sentido, hasta el punto de que Selznick la quitaría en su remontaje. Mientras Hazel vuelve a casa caminando en la noche, antes de su primer encuentro con Jack Reddin, el prohombre mujeriego cuya pasión acabará finalmente con ella y cuya partida de caza, suponemos, escuchó en el inicio de la cinta, la cámara la abandona.

Nos vamos entonces a un plano extraño, ajeno al resto de la película, en el que se produce un rápido travelling con zoom a una extraña figura apenas entrevista entre un árbol casi muerto y sobre un fondo vacío que contrasta con el abundante follaje que cubre los lados del camino por el que discurre nuestra protagonista. Subrayada por la banda sonora, la escena parece venir de otra realidad, de otro lugar. De la figura apenas vemos un ojo rodeado de una piel de un color extraño, tal vez verdoso. ¿Qué vemos? ¿El Hombre verde de las leyendas? No lo sabemos, lo que está claro es que nos muestra el poder de lo fantástico, de lo irracional, sobre la existencia de Hazel.

A partir de aquí, la historia se convierte en una lucha entre los dos amores de Hazel, el puro y cristiano contra el pasional y pagano. La chica no sabe elegir, atrapada por la pasión hacia Jack Reddin y la lealtad hacia un Edward Marston que la adora y quiere salvar.

El subtexto de la lucha entre lo religioso y lo pagano está presente en toda la cinta, como cuando Hazel hace referencia a Jesucristo al conocer a Reddin o, sobre todo, en el pasaje central de la película, cuando la historia toma su camino final. Es entonces cuando tenemos una sucesión de escenas que van construyendo la caída de Hazel en la pasión, en lo pagano. Primero la boda, luego la incapacidad de consumar el matrimonio de Edward, el bautizo de Hazel, la seducción de Reddin, una nueva escena de indecisión de Edward, la maravillosa escena de la decisión de Hazel en las antiguas piedras y, por último, su reunión con Reddin, llevando lo que parece un vestido de novia. En apenas unos minutos se nos narra de manera perfecta la caída en desgracia de la joven, atrapada por un destino del que no puede huir y en el que no se nos puede escapar la terrible ironía que supone que crea escuchar a las hadas cuando solamente es su padre el que, en la lejanía, toca el arpa, haciendo que tome la decisión más trascendental de su vida por lo que no parece un error de percepción. Pero nosotros sabemos que es algo más que eso.

La naturaleza de la frontera, del mundo rural británico, domina toda la película. Abundan los planos de cielos, animales y floresta varia. Christopher Challis, uno de los mejores fotógrafos que ha tenido el cine británico, unió su virtuosismo a la banda sonora de Brian Easdale para construir un ambiente opresivo de tragedia que se une a unos colores casi irreales para ayudar a que la historia tenga ese gusto a la narración legendaria.

Corazón salvaje tenía todos los elementos para poder ser un melodrama olvidable, tal y como lo es su versión americana, pero gracias a los detalles más fantásticos y al trabajo técnico consigue superar todos los problemas para convertir escenas que podrían sonar ridículas en auténticas joyas que trascienden lo que muestra la pantalla. En particular, hay que destacar aquí todas las escenas que cuentan con la presencia de la zorra, Foxy, una idea tan arriesgada como bien resuelta. En un momento en el que el cine sigue con el proceso de recuperación del llamado folk horror está bien fijar la mirada en el pasado para encontrar referentes como Corazón salvaje, en la que el terror no tiene lugar, pero abraza la idea de un mundo rural diferente y extraño, de lugares recónditos en los que las viejas creencias siguen teniendo poder y la mirada del Hombre verde puede condenar a las chicas que hayan escuchado al Cazador negro si no tienen cuidado.

Ismael Rodríguez Gómez
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Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas. Twitter: @Darth_Azirafel

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