Greta Thunberg: discutir las formas y romper el fondo

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La pasada semana se celebró en Nueva York la cumbre del clima de la ONU, acto central de una semana internacional dedicada a recordarnos que, si seguimos así, pronto tendremos que buscar otro planeta con el que acabar. Esta vez, incluso algunos de los menos aplicados hicieron propósito de enmienda: Rusia anunció la ratificación del Acuerdo de París y China e India presentaron ambiciosos planes para la reducción de sus emisiones… Trump, por su parte, solo pasó por allí para olvidarse un rato de su posible impeachment y recibir la mirada hostil de la gran protagonista de la semana, Greta Thunberg, que acudió a la Gran Manzana en un yate de carreras fletado por BMW, un banco suizo y la familia real de Mónaco. Canela en rama para un populista como Trump, que contentó mordaz a sus votantes: «Me parece una joven muy feliz a la que le espera un futuro brillante. Admirable».

No fue el único mandatario que acudió a la sede de Naciones Unidas a obtener réditos políticos. Por Nueva York pasó también Pedro Sánchez, que a pesar de estar en funciones declaró solemne que traerá hasta la Península Ibérica el Green New Deal; un acuerdo global de progreso con un nombre de resonancias redistributivas y defendido, entre otros, por la socialista Alexandria Ocasio-Cortez. Una persona de esas que no dejan dormir a nuestro presidente por las noches. Poco antes de irse, Pdr Schz prometió que el próximo gobierno de España (intuimos que pensaba en sí mismo) entregará ciento cincuenta millones al Fondo Verde para el Clima; hay que considerar, eso sí, que en 2014 prometimos ciento veinte y, de momento, solo hemos entregado diecisiete. Para cuando terminó la cumbre, el postureo había sepultado las resoluciones de la ONU y el cabreo en las redes sociales abría en canal las venas del ecologismo.

Twitter e Instagram ardían repletos de mensajes cargados de razón; los líderes de la izquierda internacional destacaban, singularmente, el apasionado discurso de la joven activista sueca. Saben que millones de jóvenes de todo el mundo encuentran en su resolución y sus amenazantes reprimendas una promesa de victoria y reparación. Frente a ellos, muchos ciudadanos preocupados por el medio ambiente, pero incómodos por lo vacuo de su discurso y la evidente instrumentalización de una adolescente con asperger que parece estar comprando demasiados números para convertirse en un juguete roto. Con la generación Z en las ciberbarricadas, a sus hermanos mayores les entran las dudas; negacionistas y kamikazes del capitalismo se frotan las manos.

Estas jornadas son en realidad muy adversas para los que formamos el heterogéneo conjunto de personas que pretende que algo cambie. Es como si viviéramos en un largo domingo en el que nuestro eterno rival nos fulmina siempre al contraataque. Tras una semana demasiado volátil, muy poco seria para todo lo que estaba en juego, solo queda esperar que en Nueva York alguien discurriera cómo quitar el pie del acelerador. La escenificación sin duda ha resultado útil para socialdemócratas de boquilla como Pedro Sánchez y troles de la política como Trump; sin embargo, tras la enésima cumbre histórica parece que el movimiento ecologista corre el riesgo de unirse la larga lista de proyectos que aspiraron a ser palancas del cambio y acabaron rotos en manos de sus líderes.

Es algo de lo que sabemos mucho en España: en el último lustro, hemos visto cómo un proceso de transformación política cimentado exclusivamente en sus líderes tiende a acabar agrietándose. No nos engañemos: las maniobras de los grupos de presión, el juego sucio de los adversarios políticos, son una constante de la historia que todos deberíamos dar por sentada. En esta ecuación solo podemos influir a través de la elección de unos representantes que deben ser absolutamente ejemplares porque, maldición, el votante progresista, el ciudadano ecologista, tiende a ser crítico. Sin embargo, la pulcritud de las formas no está reñido con la dureza del fondo: poseemos el derecho a enfadarnos con Trump sin dar argumentos a quienes tenemos enfrente.

Víctor Muiña Fano

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4 comentarios

  1. ¿Por qué no hay más líderes como Mujica? Y no lo digo por la edad, sino porque esos son los que predican con el ejemplo. Esos son los que duelen.

  2. habéis perdido una oportunidad preciosa de criticar este clarísimo montaje.
    lo más fácil es creerse todo lo que dice la tele y demás massmedia.
    los demás intentamos buscar webs que huyan de ese borreguismo.

  3. Meneame otra vez meneame otra vez daniels los reptilianos como esta niña existen que no os engañe la masmedia o argo

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